
La energía del ser humano (Parte VI)
Todos los humanos manipulan a los demás para obtener energía, esta manipulación puede ser agresiva o pasiva. Se convierte en agresiva cuando violentan a otras personas para que presten atención, y puede ser pasiva cuando lo hacen por simpatía o curiosidad para atraer la atención.
Toda farsa puede ser examinada de acuerdo con el lugar que ocupa y que tiene una escala desde lo agresivo hasta lo pasivo. Sí un ser humano es manipulador y encuentra defectos, además socava las intenciones e interioridades de otra persona para conquistar la energía, tenemos un ser humano que podemos catalogar como “interrogador”. Por el contrario, la farsa del ser humano reservado es menos pasiva que la del humano que da lástima de sí mismo. En consecuencia, tipificando algunas farsas tenemos que pueden ser de: intimidador, interrogador, reservado y de aquel que se tiene lástima.
Por ejemplo, hemos observado que los humanos reservados crean interrogadores, y los interrogadores con su actitud forman a otros reservados y que los intimidadores hacen planteamientos de lástima y, por último, si la mecánica anterior para extraer la energía de otra persona no funciona, se vuelve otro intimidador.
Los humanos pueden llegar a los extremos para extraer energía y llamar la atención de su familia, esta estrategia se vuelve su estilo de control que, en algunos casos, se mantiene toda la vida e, incluso, sirve para extraer energía de otros humanos más allá del entorno familiar.
Para lograr un equilibrio, cada ser humano debe estudiarse a sí mismo, para descubrir cuál o cuáles son sus modelos para extraer la energía de mala manera, aunque el individuo en cuestión se crea libre de las farsas que sostienen su vida. En consecuencia, todo ser humano debe regresar a su infancia, indagar en el tiempo, los lugares y las experiencias para darse cuenta de lo que ocurría en su vida y cómo llegó a convertirse en lo que es actualmente. Una vez este ser humano se da cuenta de su “farsa de control” puede concentrarse en buscar la verdad y la perspectiva controladora que está detrás de los conflictos de energía. Al descubrir esta verdad, el ser humano puede renovar su vida porque se da cuenta qué está haciendo, quién es y qué camino se debe proponer.
El proceso humano para encontrar su auténtica identidad consiste en considerar el conjunto de su vida como una larga historia, que involucra esencialmente el significado espiritual de la existencia. Para esto, cada ser humano debe preguntarse porqué nació en el seno de esa familia, qué principios éticos y estéticos adquirió y como los ha defendido. Además, debe redefinir que la vida es no es solo para disfrutarla y divertirse, por último, debe definir lo que ha logrado y que representó para él -su familia- en el marco de esta percepción de la energía. En contexto de sus reflexiones debe preguntarse cómo se ha distraído, qué ha ocurrido en su vida laboral, profesional, debe reinterpretarlas, así como sus amigos importantes y las coincidencias que han existido a lo largo de su existencia.
Cada ser humano es la creación física y espiritual de sus padres, quienes influyeron directamente sobre lo que es. Para descubrir la verdadera personalidad de cada uno se debe admitir a si mismo que se comenzó a existir en la posición y verdad de sus progenitores. Cuando integramos esta visión de la vida, habremos adquirido una clara conciencia de la ruta espiritual de cada ser humano. Para lograr esta meta hay que evolucionar por sí mismo.
Los hijos de cada ser humano toman el nivel de vibración de la energía de los padres, lo elevan y potencian para continuar con la evolución. En la actualidad, luego de un largo proceso humano, estamos preparados para hacerlo conscientemente y acelerar el transcurso de la evolución espiritual.
Para obtener energía cada ser humano debe observar el ambiente minuciosamente, con este vínculo debe recordar el aspecto que tienen todas las cosas cuando se está lleno de energía, debe intuir su belleza, sus colores, las formas particulares de cada una, en especial de la naturaleza. Se debe sentir la sensación de cercanía, poder tocarlas, conectarse con ellas y luego aspirarlas dentro del propio ser, asumir la energía con que se acaba de conectar. Con esta percepción cada uno debe sentirse pleno, más ligero, eufórico, liviano y total.
Cuando se está conectado a la energía los pensamientos provienen del fondo del ser, son distintos, mejores y crean la conexión con una espiritualidad superior. Por ende, entre más energía se adquiera, los pensamientos se convierten en revelaciones, intuiciones, ensueños, visiones y dirigen o guían a cada ser humano por una senda espiritual.
Una vez que estamos conectados con la energía en el universo –naturaleza -, que es la energía del Creador, nos compenetramos del amor como una sensación de fondo, la cual se expresa al estar conectado con la energía. El amor es, en esencia, una conexión con la energía del Creador y no solamente un concepto intelectual ni un imperativo moral. El amor es energía.
Continuará…
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