La hora de la verdad
¿Ya se va a trabajar papa? —preguntaron al unísono los cinco pequeños que se peleaban por los últimos pedazos de pizza. Alguno había guardado las orillas para Muñeca, la que ya estaba empachada de tanta pasta.
—Tengo que salir, hijos. Es muy importante para la investigación —se resignó el comisario mientras terminaba de trabarse el gorrito del uniforme e intentaba en vano apretar el cincho.
Wenceslao se acercó a cada uno y les clavó un fuerte beso en la cabeza. Fue un beso de disculpa, de perdón o de excusa; quería prolongarlo, pero por otro lado se sentía culpable, ya que minutos atrás había abandonado la mesa y ahora estaba dejando a Wendy y a los cinco pequeños. Se acercó a su esposa. Ella torció la cara, así que el comisario pudo estamparle un beso en la mejilla. El de ella fue al aire.
Cuando cerraba la puerta, Wenceslao escuchó el lamento de Muñeca, quien se había levantado y había renunciado a su parte de pizza con tal de ir a moverle la cola. Wenceslao le acarició la cabeza, con la misma fuerza y disculpa que lo había hecho segundos antes con sus hijos.
Enio lo recibió con una sonrisa, pero le bastó con observar los gestos de su superior para darse cuenta de que atravesaba por problemas familiares. Intentó no ser inoportuno, así que lo saludó. Conforme fueron pasando las cuadras y luego el bulevar Aguilar Batres le fue transmitiendo al comisario cada uno de los datos relevantes de la recién despertada.
—Como el cuento de La Bella Durmiente, ¿verdad? Cabal, así lo expresó usted hace unos días, ¿se acuerda?
A Wenceslao, lo de La Bella Durmiente le hizo recordar a sus hijos y el poco tiempo que compartía con ellos. Hace mucho tiempo que no jugaba pelota con ellos o que tampoco hacía lo posible por encontrar espacio para llenar la piscina plástica y chapotear. Sus investigaciones lo absorbían casi un cien por ciento.
—Perdone la pregunta, comisario, pero, ¿algo le pasa hoy?
—Tranquilo, Enio, la vida está hecha para eso, para sortear todo lo que se nos pone en el camino. Son gajes del oficio. Mejor conduzca más rápido que ya llegamos.
La patrulla alcanzó la zona 10, y en una cuadra larga, en la que permanecían apostadas lujosas construcciones que albergaban hospitales privados, Enio dobló a la izquierda y se estacionó en el parqueo de uno de ellos.
Fabio los esperaba con algo de preocupación, ya que la recepcionista informó en dos ocasiones que había recibido llamadas de amenazas de bomba en el hospital. El detective indagó por todos los pacientes. Repasó la lista por aquello de que hubiera algún político haciéndose el enfermo o algún narco practicándose la cirugía, pero la enfermera explicó que no, que no había alguno de riesgo.
A excepción de la novia, que había despertado, pensó el comisario.
Los tres se dirigieron a la habitación de la susodicha, la cual estaba custodiada por dos agentes policiales a quienes Fabio había designado.
Ingresaron a la habitación que tenía el número 27 B. Era individual y bastante cómoda.
Primero la observaron y se percataron de que debido a los días que había estado ¿durmiendo? O ¿en coma?, su rostro estaba muy pálido, tenía ojeras muy marcadas. Su pelo liso se conservaba bien, como si hubiera dormido sin moverse un centímetro. Los brazos eran bastante delgados y en uno de ellos estaba aplicado un suero.
—Muy bien, señorita, es hora de que hablemos. Por favor, sea bastante explícita. Lo que nos diga va a ser de mucha ayuda para la investigación.
—Con mucho gusto; señores agentes, haré todo lo posible, pero antes tengo un par de preguntas que hacerles; ¿puedo?
Los tres se miraron entre ellos.
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