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¿Una generación bajo examen?

Punto de vista

Hace unos días escribí en X sobre la manera de hacer política de algunos jóvenes que hoy ocupan espacios de poder en Guatemala, particularmente en el Congreso de la República. La reacción fue inmediata: “¿Y qué hizo tu generación?” Me quedé pensando en la pregunta, y no porque no tenga respuesta.

Mi generación tiene, como todas, aciertos, errores, silencios y responsabilidades. En realidad, yo no estaba hablando de qué hizo mi generación. Estaba preguntándome qué está haciendo o, mejor dicho, qué no ha hecho una parte de la generación joven que llegó a espacios de poder con la promesa de representar una renovación.

No pretendo presentar a mi generación como heroica, lejos de eso. Nos tocó vivir una época todavía marcada por el autoritarismo y por las heridas de un momento histórico que atravesó a la sociedad. Tratamos de construir democracia, nuevas leyes, procesos, narrativas y espacios de encuentro, desde el Estado y desde la sociedad civil. Hablamos, discutimos, llegamos a acuerdos y participamos en la construcción y fortalecimiento de la institucionalidad. No resolvimos muchos problemas y lo sabemos. Pero esa es precisamente la cuestión: cada generación tiene su propio examen.

Hoy hay jóvenes que tienen curules, cargos públicos, responsabilidades universitarias, espacios de decisión y aspiraciones de gobierno. Ya no son solamente una promesa: son parte de las instituciones y del poder.

Durante años se habló de que el cambio vendría con un relevo generacional, acompañado de nuevas ideas, nuevas formas de hacer política y nuevas maneras de relacionarnos con el Estado. Algunos nombres incluso llegaron a convertirse en símbolos de esa esperanza.

Pero más allá de los partidos y de sus nombres, queda una pregunta: ¿qué ocurrió con la promesa de renovación en Guatemala?

El Congreso es uno de los lugares donde podemos observarlo. El problema no es que haya jóvenes en el Congreso. Al contrario: Guatemala necesita jóvenes en el Congreso. El problema aparece cuando quienes llegaron con el discurso de la renovación parecen tener más facilidad para denunciar las viejas formas de hacer política que para ejercer el poder de una manera diferente.

No hablo de todos; sería injusto generalizar. Pero sí me preocupa una cierta “pusilanimidad política”, que no tiene que ver con la edad, sino con la dificultad para sostener una posición cuando hacerlo tiene un costo. Porque ejercer el poder no consiste solamente en denunciar, comunicar o señalar al adversario; también implica decidir, negociar, asumir responsabilidades, construir acuerdos y, algunas veces, decir que no, aunque hacerlo tenga consecuencias. Y esto no ocurre solamente en el Congreso.

La Universidad de San Carlos es otro espacio donde podemos observar esta realidad. Durante décadas fue uno de los grandes lugares de formación política del país. Su movimiento estudiantil conoció organización, protesta, persecución, violencia, cooptación y resistencia. Hoy hay jóvenes que siguen pagando costos por defender la universidad pública. Algunos han visto afectadas sus vidas académicas y personales; otros han tenido que marcharse del país. Por eso sería injusto decir que los jóvenes no participan. Sí participan.

Hay estudiantes que resisten. Hay jóvenes científicos que investigan en condiciones difíciles. Hay profesionales que trabajan silenciosamente. Hay jóvenes que crean, emprenden, estudian y construyen. El problema es que muchas veces parecen estar solos o terminan quedándose solos.

Y ahí aparece una de las grandes paradojas de esta generación: nunca hubo tanta capacidad para comunicar, convocar, denunciar y hacer visible una causa y, al mismo tiempo, parece cada vez más difícil organizarse, sostener una posición, negociar y construir acuerdos. Estamos conectados, pero profundamente fragmentados.

Y esa incapacidad para organizarnos no ocurre en un vacío de poder. Mientras nosotros discutimos y nos fragmentamos, otros intereses y estructuras de poder sí saben organizarse, sostener estrategias y aprovechar las vulnerabilidades institucionales.

El crimen organizado y el narcotráfico no necesitan ganar elecciones para ejercer poder. Les basta con encontrar instituciones vulnerables, dinero disponible, corrupción, miedo o simplemente espacios donde nadie quiere asumir el costo de decir que no. Por eso, frente a esas estructuras, el liderazgo, el carácter y la capacidad de organización no son virtudes abstractas: son condiciones necesarias para defender las instituciones.

Una sociedad tampoco cambia solamente por la existencia de individuos excepcionales; necesita convertir esas excepciones en organización, instituciones y liderazgo colectivo.

Mi generación tendrá que responder por su propia historia. La generación que hoy tiene espacios de poder tendrá que responder por la suya. Y si alguien vuelve a preguntar “¿y ustedes qué hicieron?”, mi respuesta seguirá siendo la misma: no cambiemos la pregunta. La pregunta es qué hace cada generación cuando le corresponde actuar.

Porque Guatemala no necesita simplemente jóvenes en el poder, necesita una generación capaz de ejercerlo.

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Libre emisión del pensamiento.

Grisel Capó

Candidata al doctorado de Liderazgo Organizacional de la Universidad San Pablo de Guatemala. Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Magister en Relaciones Internacionales por la Universidad Rafael Landívar. Pos- Grado en Estrategia Nacional del Centro de Altos Estudios Nacionales de Uruguay y egresada del Centro de Estudios Hemisféricos de la Defensa, Estados Unidos. Diplomado en Antropología de las ciudades por la Universidad Rafael Landívar y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de México, entre otros cursos.

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