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Las lluvias y el eterno desastre ‘natural’ anunciado

Poptun

Guatemala vuelve a enfrentar, una vez más, los estragos del invierno. Las lluvias de septiembre y octubre han dejado un escenario que se repite año con año: calles inundadas, deslizamientos de tierra, ríos desbordados, carreteras bloqueadas, viviendas afectadas y, lamentablemente, vidas perdidas. El reciente derrumbe en la carretera a El Salvador —que cobró la vida de una persona— es apenas uno de los rostros más visibles de una tragedia anunciada. Pero mientras el agua arrastra lodo, piedras y vehículos, también deja al descubierto algo más profundo: nuestra fragilidad estructural y nuestra falta de conciencia ciudadana.

Guatemala es un país vulnerable. Lo repiten los informes del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología y los estudios internacionales sobre cambio climático. Estamos en una zona de alto riesgo por ubicación geográfica, por la deforestación, por el crecimiento urbano desordenado y por la ausencia de una planificación territorial real. Pero también somos vulnerables por costumbre: porque hemos normalizado vivir en el filo del desastre y culpar a otros cada vez que la naturaleza nos recuerda nuestras omisiones.

Ante cada lluvia fuerte, las redes sociales se llenan de memes, videos e imágenes de calles inundadas, vehículos flotando, personas empapadas, y, por supuesto, quejas dirigidas a las municipalidades. Y sí, es cierto que las autoridades locales deben responder por el mantenimiento del sistema de drenajes, dragarlos y mantener la infraestructura. Pero hay una parte incómoda que solemos omitir: la que nos toca a nosotros, porque los drenajes no se tapan solos, las alcantarillas están tapadas por basura

Y esa basura no cayó del cielo, la tiramos nosotros. El desastre no empieza con la lluvia, sino con la bolsa que dejamos en la acera o la botella plástica que arrojamos por la ventana del carro o los desechos sanitarios que se tiran en basureros clandestinos. Pero también hay una parte incómoda de la historia que evitamos mirar: lo que nosotros mismos provocamos.

Basta con caminar por la ciudad para notar el descuido. Bolsas de basura amontonadas en las esquinas, botellas y plásticos en las alcantarillas, latas, restos de comida tirados en las calles. Cada pedazo de desperdicio que dejamos fuera de lugar termina, tarde o temprano, en los drenajes. Y cuando llueve, ese sistema saturado no tiene cómo responder. Las inundaciones no siempre son culpa de la lluvia, sino del taponamiento provocado por toneladas de basura que nosotros mismos arrojamos. Es un círculo vicioso que preferimos ignorar.

Cada actividad pública masiva, las calles de la ciudad y los parques se llenan de desechos. Botellas, bolsas, envoltorios, latas, papeles: una estampa que se repite con precisión matemática. Y, sin embargo, días después, esos mismos ciudadanos que dejaron su huella de basura se indignan en redes por los baches provocados por las lluvias y las inundaciones, por el colapso de los drenajes y por la lentitud de la Municipalidad en resolverlos. Lo fácil es señalar, lo difícil es asumir que la ciudad que tenemos refleja cómo la tratamos.

El problema no termina ahí. Lo que no se queda en las calles termina en los ríos, y lo que llega a los ríos termina en el mar. Guatemala ha sido señalada a nivel internacional por la contaminación que vierte en el mar Caribe, compartido con Honduras, este conflicto ambiental lleva años enfrentando a ambos países: el Río Motagua, que desemboca en el mar Caribe, vuelve a ser un río de desechos. Las imágenes de toneladas de basura flotando en el Río Motagua se han vuelto virales, pero detrás del escándalo hay un mensaje claro: esa contaminación empieza en casa, en cada bolsa mal dispuesta, en cada esquina donde se deja la basura a la intemperie, en cada ciudadano que piensa “mi basura no hace diferencia”.

En medio de esa tensión regional, el panorama interno se volvió más complejo tras la resolución de la Corte de Constitucionalidad respecto alAcuerdo Gubernativo 164-2021, que obligaba a clasificar la basura en tres categorías —orgánica, reciclable y no reciclable—, fue declarado inconstitucional el 27 de agosto de 2025, junto con su reforma, el Acuerdo 184-2023. Este Acuerdo constituía una medida ambiciosa, que requería esfuerzo conjunto entre Estado, empresas y hogares, sin embargo, la Corte argumentó que ambos Acuerdos Gubernativos vulneraban la autonomía municipal establecida en el artículo 253 de la Constitución. El efecto jurídico es claro: el reglamento quedó anulado y sin vigencia.

El fallo puede ser correcto desde el punto de vista constitucional, pero el vacío ambiental que deja es preocupante. En la práctica, Guatemala perdió su primer intento serio de ordenar el manejo de residuos a nivel nacional. La responsabilidad vuelve a dispersarse entre municipalidades que, sin recursos ni coordinación, difícilmente podrán enfrentar el problema. La decisión, aunque legalmente fundada, deja al descubierto una carencia más profunda: sin una política ambiental sostenida, el futuro del país dependerá de la conciencia individual.

Hoy, mientras vemos los daños que dejan las lluvias, deberíamos preguntarnos qué tanto de ese desastre es realmente “natural”. Tal vez la lluvia sólo viene a recordarnos lo que no queremos ver: que un país sin educación ambiental, sin planificación urbana y sin cultura cívica, está condenado a repetir el ciclo del colapso cada invierno. Las calles se hunden, los drenajes se desbordan, los cerros se deslizan… pero el verdadero derrumbe ocurre en nuestra conciencia colectiva.

Guatemala necesita mucho más que obras de mitigación. Necesita una transformación cultural. Requiere que entendamos que tirar basura en la calle no es un acto aislado, sino un atentado contra todos. Que cuidar los drenajes es cuidar la vida. Que reciclar, no arrojar desechos, exigir a las autoridades y cumplir nuestra parte no son acciones opcionales, sino las bases mínimas de una ciudadanía responsable.

Las lluvias van a seguir llegando. Los inviernos serán cada vez más intensos por efecto del cambio climático. Pero la magnitud del daño dependerá, en gran medida, de lo que hagamos —o dejemos de hacer— mientras el cielo aún está despejado. No basta con pedir que las municipalidades limpien los tragantes: toca también que limpiemos nuestras costumbres. Porque, en el fondo, el desastre no empieza con la tormenta, sino con la primera bolsa que dejamos tirada.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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