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Ventana Cultural
HOMBRES DE RAÍZ VS. HOMBRES DE MAÍZ
Hace poco abordé la relación entre hombres de raíz y hombres de maíz. En este apartado ampliamos el tema, retomando los aportes de Paul Kirchhoff, así como la información conservada por representantes de los pueblos lencas, xincas, entre otros.
Desde una perspectiva histórica, hay elementos fundamentales que conviene subrayar. Uno de ellos es que el “hombre de maíz” surge a partir de la domesticación de este grano hace aproximadamente siete mil años en Mesoamérica. Diversos estudios sitúan ese proceso en el actual territorio mexicano. Sin embargo, también es cierto que en los Andes existe una variedad que crece de manera autónoma, conocida como choclo, lo que demuestra la amplitud y diversidad de este cultivo en el continente.
El tránsito del hombre de raíz al hombre de maíz no fue inmediato. Los cambios civilizatorios no se producen con rapidez; la historia tiene sus ritmos y ciclos. Se necesitaron siglos para pasar de la vida en cuevas —con registros en pinturas rupestres y petrograbados— a la edificación de centros urbanos complejos.
En los Andes encontramos a Caral, con más de cinco mil años de antigüedad, seguida por sitios como Sechín Bajo y la civilización de Norte Chico. En Mesoamérica destacan Monte Albán, San Lorenzo, La Venta, las metrópolis clásicas como Tikal y Teotihuacán, y, posteriormente, ciudades como Tula y Tenochtitlán.
Nada de esto ocurrió “de la noche a la mañana”. Fue necesario tiempo, organización social, avances agrícolas y transformaciones en la cosmogonía para consolidar el sedentarismo. El maíz no solo transformó la economía; también transformó la concepción del universo.
Si en etapas anteriores predominaban estructuras espirituales más concentradas —una triada principal o pocas deidades asociadas a fuerzas naturales—, con el desarrollo de sociedades agrícolas complejas surgieron panteones más amplios y sistemas teológicos estructurados. Las comunidades no solo organizaron el territorio; organizaron también el más allá. El cosmos dejó de ser únicamente entorno y se convirtió en arquitectura vertical: cielo superior, mundo humano e inframundo.
En la tradición mexica aparece el Mictlán; en el mundo maya, Xibalbá; y en los Andes, el Uku Pacha. No se trata de simples metáforas, sino de espacios espirituales definidos, con jerarquías y funciones específicas. El universo adquiere estructura.
En cambio, cuando observamos culturas con menor centralización política y economías menos intensivas, la espiritualidad suele manifestarse de manera más inmediata. No necesariamente más simple, sino menos sistematizada. Predomina la relación directa con la montaña, el agua, el trueno o la fertilidad. En muchos casos no encontramos un inframundo claramente delimitado ni deidades regentes exclusivas de ese ámbito, al menos no con el grado de formalización que presentan las grandes civilizaciones agrícolas.
La diferencia no radica en la existencia o inexistencia de espiritualidad, sino en el nivel de conceptualización del cosmos. Cuando la sociedad se complejiza, el universo simbólico también lo hace. Cuando la producción exige calendario, la teología demanda estructura.
Así, el paso del hombre de raíz al hombre de maíz no fue únicamente agrícola; fue también cosmológico. Donde antes predominaba una experiencia espiritual directa con la naturaleza, luego emergió un universo organizado, con niveles, guardianes y narrativas escatológicas.
Quizá el debate no deba centrarse en cuál modelo es superior, sino en comprender que ambos forman parte de un mismo proceso histórico. La raíz representa la conexión primaria con la tierra; el maíz, la organización consciente de esa conexión. Uno sostiene, el otro edifica. Y entender esa continuidad nos permite mirar el presente con mayor claridad: ninguna civilización se mantiene en pie si olvida sus raíces, pero tampoco progresa si renuncia a estructurar su futuro.

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