
LOS CUERPOS EN YESO DE POMPEYA
Editado Para La Historia
He visitado muchas veces Italia, pero solo el norte, que lo conozco relativamente bien. Nunca he estado más al sur de Roma. Cuánto quisiera volver para ir precisamente al sur, donde hay tanto que ver. Una de esas cosas es la eterna Nápoles: –Vedi Napoli e poi muori, dicen los napolitanos Cerca están las ruinas de la antigua ciudad de Pompeya.
Y hablando de Pompeya, debemos reconocer una cosa: hay descubrimientos arqueológicos que nos hablan de reyes, de batallas o de grandes héroes, mientras que otros nos hablan de algo mucho más cercano, de personas comunes, de gente como usted o yo. Un panadero que salió a la calle demasiado tarde. Una madre que intentó proteger a su hijo. Un anciano que creyó que todavía tenía tiempo para escapar. Cada vez que pienso en Pompeya, no son las columnas ni los frescos lo que primero viene a mi mente. Pienso en esas personas que hoy son cuerpos inmóviles, conservados en yeso, que parecen haber quedado suspendidos en el tiempo.
La historia comienza en el año 79 después de Cristo. Precisamente en el mes de octubre, a pesar de la creencia anterior que nos hablaba del mes de agosto, se produjo una gran desgracia. La ciudad romana de Pompeya prosperaba a la sombra del Monte Vesubio. Era una ciudad rica, animada, llena de comerciantes, artesanos, tabernas, jardines y villas elegantes. Nadie imaginaba que la montaña que dominaba el paisaje ocultaba una amenaza capaz de borrar una ciudad entera del mapa en solo un día.
Ya el Vesubio había lanzado sus anuncios. Un volcán no explota así como así. Hacía tiempo había temblado y ese día no fue la excepción. Los pompeyanos tuvieron miedo cuando el Vesubio entró en erupción, lanzando a la atmósfera una gigantesca columna de ceniza, piedra pómez y gases. Durante horas, los habitantes observaron aquel espectáculo aterrador sin comprender lo que estaba ocurriendo. Algunos huyeron de inmediato. Otros permanecieron en sus casas, convencidos de que la situación mejoraría. Muchos intentaron escapar, aunque tomaron la decisión demasiado tarde.
La tragedia no llegó de una sola vez. Primero cayó una lluvia constante de piedra pómez y ceniza. Los techos comenzaron a derrumbarse. Las calles quedaron bloqueadas. Luego llegaron las corrientes piroclásticas: nubes ardientes de gases y fragmentos volcánicos que descendieron a enorme velocidad, a la velocidad a la que vuela un avión comercial. La temperatura era tan extrema que los cerebros estallaron ocasionando una muerte súbita.
Durante siglos, Pompeya permaneció enterrada bajo metros de material volcánico. La ciudad desapareció de la memoria colectiva. El tiempo siguió adelante. Imperios nacieron y desaparecieron. Reyes fueron coronados y olvidados. Mientras tanto, bajo la tierra, las casas, los mosaicos y los cuerpos permanecían ocultos.
Las excavaciones comenzaron en el siglo XVIII. Los primeros en excavar la tierra no eran arqueólogos, venían en busca de estatuas para adornar palacios del millesettecento napolitano. Encontraron edificios extraordinariamente bien conservados, utensilios cotidianos, pinturas, inscripciones e incluso alimentos carbonizados. Ahora bien, hubo un hallazgo particularmente conmovedor que ocurrió casi un siglo después.
En 1863, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli observó algo curioso. Al excavar ciertas zonas aparecían cavidades vacías dentro de las capas endurecidas de ceniza. Fiorelli comprendió que aquellos huecos correspondían a los lugares donde habían quedado enterrados los cuerpos de las víctimas. Con el tiempo, los tejidos se habían descompuesto, pero la ceniza endurecida había conservado la forma exacta que ocupaban los cuerpos de los desdichados. Su idea fue tan sencilla como brillante. Decidió inyectar yeso líquido en esas cavidades. Cuando el yeso se endurecía y la ceniza circundante era retirada cuidadosamente, aparecía una reproducción precisa de la persona en el instante de su muerte. El resultado dejó sin palabras al mundo.
Por primera vez no se contemplaban esqueletos dispersos ni restos anónimos. Se veía a seres humanos. Allí estaba el gesto de una mano, la curva de una postura, la posición de unas piernas encogidas, los pliegues de una túnica, incluso las expresiones faciales parecían conservar el terreno de aquellos últimos momentos.
Cuando vi por primera vez la foto de uno de esos moldes no pensé en arqueología. No pude dejar de pensar en la horrible muerte de esas pobres víctimas. Aquellas personas habían vivido casi dos mil años antes y, sin embargo, su sufrimiento resultaba inmediatamente reconocible y se presentaba ante mis ojos.
Entre los moldes más famosos está el de un perro hallado encadenado en una vivienda. El animal aparece retorcido en una postura desesperada, intentando liberarse. También se encontraron grupos familiares, individuos cubriéndose el rostro y personas abrazadas. Durante mucho tiempo se habló de “los amantes de Pompeya”, dos figuras encontradas juntas que parecían aferrarse mutuamente. Estudios posteriores mostraron que eran dos hombres, quizá familiares o amigos. No por ello la imagen dejó de ser poderosa. En una situación extrema, la necesidad humana de compañía resulta tan comprensible hoy como lo era en el siglo I.
La ciencia moderna aportó nuevos conocimientos. Mediante tomografías y análisis avanzados, los investigadores han podido estudiar huesos, dientes, enfermedades, ADN y características físicas de muchas víctimas. Han descubierto detalles sobre su alimentación, su salud y su edad. La arqueología, que durante siglos se ocupó principalmente de emperadores y monumentos, aquí nos habla de la vida de personas corrientes.
Estos cuerpos nos muestran con todo su dolor los últimos momentos de la orgullosa Pompeya. No representan héroes legendarios ni personajes excepcionales. Representan a gente común sorprendida por un desastre imposible de prever, personas que tenían planes para el día siguiente, comerciantes que esperaban abrir sus tiendas, niños que jugaban en las calles y familiares que compartían una comida.
Cuando contemplamos esos cuerpos inmóviles, detenidos para siempre en el último segundo de sus vidas, comprendemos que la arqueología no consiste solamente en estudiar el pasado. Consiste también en reconocer nuestra propia fragilidad. Porque, más allá de los siglos que nos separan, aquellos habitantes de Pompeya eran como somos nosotros. Tenían preocupaciones, rutinas y sueños. La ceniza preservó la forma de sus cuerpos, pero no todo desapareció tras ellos.
Por eso, querido lector, sepa que en nuestras vidas, cada minuto cuenta, cada segundo es importante. Ocúpese, haga cosas útiles y, por sobre todas las cosas, demuestre amor a los suyos y al resto de la humanidad. No olvide cada mañana desearles un buen día a sus familiares al despertar. Lo mismo al terminar la jornada e ir a descansar desear las buenas noches. Y, por sobre todas las cosas, no olvidar pronunciar las palabras mágicas y más hermosas: –Te quiero.


