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MUCHO CONOCIMIENTO, POCA CONCIENCIA

Desde La Ventana De Mi Alma

“Quizá la verdadera evolución de la humanidad no consista en dominar el mundo, sino en aprender a dominar aquello que dentro de nosotros todavía engendra violencia”.

Desde que el ser humano levantó la primera ciudad, también aprendió a levantar murallas.

Desde que descubrió cómo cultivar la tierra, aprendió también a disputársela al vecino.

Desde que inventó la espada, comenzó una interminable carrera por fabricar armas cada vez más poderosas. Y desde entonces, la historia parece avanzar entre dos movimientos contradictorios: mientras nuestra inteligencia conquista nuevos territorios del conocimiento, nuestros instintos más antiguos continúan reclamando sangre.

Mesopotamia, Egipto, Persia, Grecia, Roma. Después las guerras medievales, las Cruzadas, las conquistas imperiales, las guerras religiosas, las revoluciones, las guerras napoleónicas. Y finalmente, el siglo XX, con dos guerras mundiales capaces de convertir la tecnología en una maquinaria de destrucción nunca antes imaginada.

¿Y qué aprendimos?

Esta pregunta debería acompañar cada página de nuestros libros de historia.

Porque hemos aprendido muchísimo sobre el universo, sobre la materia, sobre la medicina, sobre las comunicaciones. Hemos llegado a la Luna, hemos descifrado parte de nuestro código genético y hemos creado máquinas capaces de procesar cantidades extraordinarias de información.

Pero seguimos sin resolver uno de nuestros problemas más antiguos: cómo convivir con el otro sin convertirlo en enemigo.

La paradoja es estremecedora.

Nuestra evolución científica ha sido vertiginosa; nuestra evolución moral parece caminar mucho más despacio.

El hombre de hace miles de años tenía una lanza. El hombre moderno posee armas capaces de destruir ciudades enteras.

Hemos multiplicado nuestro poder, pero no necesariamente nuestra sabiduría.

Y quizá esa sea una de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo:

¿Qué sucede cuando el poder de una civilización crece mucho más rápido que su conciencia?

Las Cruzadas ofrecen un ejemplo revelador.

Miles de hombres atravesaron continentes convencidos de luchar por una causa sagrada. La cruz se convirtió en símbolo de una guerra que para muchos significaba fe, penitencia y salvación.

Pero detrás de las grandes palabras también hubo ciudades incendiadas, familias destruidas, hambre y muerte.

La historia vuelve a mostrarnos entonces una verdad dolorosa: los seres humanos podemos encontrar justificaciones sublimes para cometer actos terribles.

Y eso no pertenece exclusivamente al pasado.

Cada época ha encontrado sus propias razones para matar.

Unas veces fue Dios. Otras, la patria. Otras, la raza, el imperio, la revolución, la seguridad, la ideología o el territorio.

Cambia el discurso.

La condición humana, muchas veces, permanece.

Quizá por eso estudiar las guerras no debería consistir solamente en aprender fechas, nombres de batallas y tratados de paz.

Deberíamos preguntarnos qué ocurrió dentro del corazón humano antes de que comenzara cada guerra.

Porque las guerras no nacen únicamente en los campos de batalla.

Nacen mucho antes.

Nacen cuando el miedo comienza a gobernarnos.

Cuando la ambición deja de tener límites.

Cuando una persona empieza a considerar que su vida vale más que la de otra.

Cuando un pueblo aprende a mirar al extranjero como una amenaza.

Cuando una ideología consigue convencernos de que el otro es menos humano.

Y entonces aparece el verdadero peligro.

Porque para matar al otro primero tenemos que dejar de verlo como semejante.

Tenemos que convertir su rostro en una etiqueta.

Enemigo.

Infiel.

Bárbaro.

Extranjero.

Traidor.

Y cuando dejamos de mirar un rostro y comenzamos a mirar solamente una categoría, la violencia se vuelve mucho más fácil.

Tal vez por eso la verdadera evolución humana no pueda medirse únicamente por la altura de nuestros edificios, la velocidad de nuestros vehículos o la sofisticación de nuestras máquinas.

Tal vez tengamos que medirla por nuestra capacidad de no destruir aquello que tenemos poder para destruir.

Esa sería una forma diferente de entender el progreso.

Un niño que aprende a leer evoluciona intelectualmente.

Una sociedad que aprende a utilizar la ciencia evoluciona tecnológicamente.

Pero una humanidad que aprende a respetar la vida, incluso cuando piensa diferente, evoluciona espiritualmente.

Y allí seguimos teniendo una deuda enorme.

Porque después de miles de años de guerras todavía existen pueblos que lloran a sus muertos, madres que buscan a sus hijos entre los escombros y niños que aprenden demasiado pronto el significado de la palabra guerra.

Hemos construido satélites para observar la Tierra desde el espacio, pero todavía no hemos aprendido a contemplarla como una sola casa.

Hemos conectado al mundo mediante internet, pero seguimos profundamente divididos por fronteras, prejuicios y odios.

Hemos creado inteligencia artificial, pero todavía necesitamos aprender algo mucho más antiguo: la inteligencia del corazón.

Quizá el próximo gran salto de nuestra especie no tenga que ser tecnológico.

Quizá tenga que ser interior.

Porque el día en que el ser humano comprenda que la vida del otro tiene exactamente el mismo valor que la propia, comenzará una revolución diferente.

Una revolución sin ejércitos.

Sin trincheras.

Sin vencedores ni vencidos.

Una revolución de conciencia.

Y quizá entonces podamos mirar hacia atrás y comprender que todas aquellas guerras no fueron solamente capítulos de nuestra historia.

Fueron advertencias.

La sangre derramada durante miles de años nos está preguntando, desde el fondo de la memoria humana:

¿Cuánto más necesitamos perder para aprender a vivir en paz?

Tal vez la historia no sea únicamente el relato de lo que hemos conquistado.

Tal vez sea también el espejo de aquello que todavía no hemos aprendido.

Y frente a ese espejo, la humanidad tiene una pregunta pendiente:

Después de tanta sangre, ¿estamos realmente evolucionando?

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Libre emisión del pensamiento.

Angie Lu

Lcda. en Ciencias de la Educación. Universidad Estatal.Guayaquil. Lcda. en Filosofía y Letras. Universidad Central del Ecuador. Columnista Periódico "EL SOL" Cartagena- COLOMBIA. Columnista Diario. La TRIBUNA. México. Articulista: Revista TOP MAGAZINE. Orlando-Florida Articulista Diario EXTRA. San José. Costa Rica. Articulista periódico Canarias Opina. Telde, Islas Canarias. ESPAÑA. Escribo por vocación para comunicar y por necesidad vital, creo que la palabra escrita es inmortal y es el acto libertario mas poderoso que existe y más aún podemos crear sinergia colectiva a través de la lectura. Escribo para divulgar mis emociones recogiendo metáforas simples o complejas, que me permitan meditar para existir y coexistir buscando la armonía con mis congéneres, y para celebrar con la palabra la belleza de la vida y el universo.

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