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Necesitar y ser la red

Y llegó su turno, el funambulista con pericia subió la alta escalera que lo ubicaba unos 10 metros sobre el suelo. Después de saludar a su público, empezó a caminar por la cuerda floja. Con pequeños gritos de nervios y asombro, aplaudíamos al ver que entre brincos y pasos, el volatinero seguía de pie, guardando equilibrio sobre la cuerda. Luego, el sonido de los redoblantes lo anunciaba… era el momento culminante, su concentración era evidente, y por lo que me pareció tan sólo un instante, volvió su vista hacia abajo y fue entonces cuando  yo me percaté de ella, de la red, puesta entre el suelo y la cuerda. Y hasta yo respiré con más tranquilidad al verla. Se tapó los ojos, y con destreza saltó, dio varios giros dobles y permaneció de pie. La carpa del circo se llenó de aplausos y una sonrisa de satisfacción invadió al aliviado artista quien destapándose los ojos, al terminar su acto, saltó confiado hacia la red que lo aguardaba abajo. Su peso hizo que la red se tensara, justo los suficiente para que al hacerlo rebotar se pusiera de pie para recibir su merecida ovación.
¿Te has sentido alguna vez caminando por la cuerda floja? No sería raro, que en más de una ocasión, nos hayamos sentido así; sin un suelo seguro por el cual transitar; que alguna circunstancia nos haya “movido el piso” y nos encontráramos con temor de dar el siguiente paso sin caer al vacío.  Una cuerda floja, porque a veces la vida es impredecible y aquello que más seguridad nos daba, lo que dábamos por sentado, desaparece ante nuestros ojos… y nos quedamos temblando, arriba, en lo alto, aparentemente solos.  O puede ser también, que nosotros hayamos decidido atravesar a la otra orilla, aún sabiendo que el camino era un tanto incierto. De una u otra forma, puede ser que en algún momento, nos encontremos sobre esa cuerda floja, y con un impulso que nos invita a dar el siguiente paso. Y ése es el momento justo para voltear a ver a nuestra red de seguridad. Sí, esa red, que hemos tejido encuentro tras encuentro, vivencia tras vivencia con las personas importantes y cercanas de nuestra vida; la familia y los amigos. Todos ellos, cuyo apoyo en nuestras hazañas va más allá de buenos deseos, aquellos cuyo aliento se hace presente en los momentos donde ni el aire alcanza. Ellos, son nuestra red de seguridad. ¡Cuán importante es su labor! Su sola presencia calma nuestros nervios, su mera existencia alivia nuestra carga y nos da la certeza que podemos continuar nuestro camino. Todos necesitamos una red de seguridad, todos necesitamos reconocerla, todos necesitamos darnos el permiso de saltar a ella cuando requerimos de un nuevo impulso, un rebote que nos cobije mientras nos pone de nuevo de pie. Usar la red de seguridad, no nos hace malos funambulistas, al contrario, la experiencia de atravesar la cuerda floja, no estaría completa si no se tiene la red de seguridad con quien se pueda compartir el haber llegado a la otra orilla.
¿Sabes quiénes son tu red de seguridad? ¿La has usado? ¿De quién eres tú esa red?  Y es que, todos merecemos en nuestra vida tener, usar y ser una red de seguridad.