
¿Qué es ser libertario?
Generación de Cristal
Unos cuantos artículos atrás critiqué con dureza la posición libertaria. Sigo estando de acuerdo con mis afirmaciones, no cambio tan rápido de opinión. Aun así, tras una relectura, noté el claro error de haber evitado definir con claridad el libertarismo que critico. Intentaré rectificar mis errores y dar, por fin, un mapa de qué implica ser libertario. En una segunda parte de este artículo, daré mis argumentos, con mayor claridad y rigor, sobre por qué no soy libertario.
En primer lugar, es preciso tener claro que el libertarismo, más que una doctrina concreta, es una familia de la filosofía política que con frecuencia está enemistada entre sus hermanas. Existe un libertarismo radical que defiende que el Estado debe ser abolido, un libertarismo más calmado que defiende la existencia de un Estado que proteja los derechos esenciales e incluso un libertarismo de izquierda que está a favor de la redistribución de la riqueza. Su principio esencial, sin embargo, es uno a través de todas sus variaciones: la libertad individual es el valor político fundamental, y esta libertad se entiende como la ausencia de coerción. En palabras de Hobbes, da igual si estoy en una monarquía absoluta o en una república: soy libre en todo lo que las leyes y los hombres no me impidan hacer; la libertad es, por tanto, individual y sus características iguales en todo tipo de sociedad.
Desde luego, aun cuando la libertad es entendida como la ausencia de coerción, y que sea su preservación la principal meta libertaria, hay situaciones donde esta libertad debe ser sometida. El caso más evidente es cuando alguien está amenazando la libertad de otras personas, como un secuestrador, un asaltante o un asesino. Limitar su libertad haciendo uso de la coerción es necesario para preservar una sociedad libre.
No obstante, esta limitación a la libertad no ocurre en el caso contrario. Si bien es necesario limitar la libertad de los que la amenazan, es incorrecto para el libertarismo limitar la misma, ejerciendo coerción, para hacer el bien. En otras palabras, las personas no pueden ser obligadas a hacer el bien a los otros, o incluso a hacerse su propio bien. Esto aplica, en particular, al uso de los impuestos. Como la propia palabra indica, los impuestos no son precisamente voluntarios y, si los pagamos, es por las amenazas de la SAT (puede que algunos paguen por voluntad, pero esto no aplica a todos; ¿por qué hay consecuencias por no pagarlos sino?) De esta manera, por la propia definición de libertad, los impuestos la limitan. Esta limitación es, además, injustificada, pues solo es correcto limitar la libertad de una persona si amenaza la de alguien más. Como en el caso de los impuestos esto no sucede, estos son por naturaleza ilegítimos.
Esta ilegitimidad, para el libertario, no es secundaria. Un principio esencial del libertarismo es que las personas tienen derechos de propiedad sobre sí mismos. Con esto quiero decir que todas las personas tienen 1) derecho a usarse a sí mismas como les plazca, y a rechazar que los demás hagan uso de ellas sin permiso; 2) derecho a transferir estos derechos a otros, ya sea rentándolos, como en un salario, regalándolos, prestándolos, etc.; 3) inmunidad a la pérdida no consensuada de estos derechos; 4) derecho a compensación si alguien hace uso de ellas sin permiso; y 5) derecho a protegerse por la fuerza de la violación o amenaza de violación de estos derechos. En general, estos «derechos de propiedad personales» protegen a las personas sobre los otros actuando sobre ellas contra su voluntad, con la excepción de que su voluntad sea amenazar los derechos de los otros.
El punto clave de relación de este principio con los impuestos es que los libertarios entienden la propiedad privada como las ganancias de la persona. Estas representan, a su vez, su trabajo (o el de alguien más, como en una herencia, pero transferido de forma voluntaria y legítima según el punto 2 del párrafo anterior). Como las personas tienen derecho, según el principio, a no ser obligadas a trabajar por ciertos fines contra su voluntad (punto 1), los impuestos redistributivos son inmorales y, prácticamente, equivalentes al trabajo forzado.
La consecuencia natural de esto es que, sin importar el bien que se pueda conseguir, utilizar los impuestos para ello está mal. Cobrar un porcentaje mínimo de impuestos, incluso si salva a mil personas de morir de hambre a costa de una reducción insignificante en la calidad de vida de unos pocos, sigue siendo por principio inmoral. Aun así, como es evidente, no todos los libertarios rechazan todos los impuestos (es decir: no todos creen que el Estado debe abolirse). Para los libertarios menos radicales, el Estado sí tiene una labor necesaria, siendo la protección de los derechos individuales. El tamaño exacto del Estado, por supuesto, varía de situación a situación: el tamaño necesario para proteger los derechos naturales en Haití es diferente al de un micro país como Kuwait. Algunos libertarios incluso justifican Estados con tamaños sorprendentemente grandes, justificándolo como necesario para proteger una economía de mercado libre. Pese a todo lo anterior, el punto clave es que, sin importar el tamaño efectivo del Estado, sus labores nunca deben ir más allá de la protección de los derechos individuales para los libertarios. El niño con hambre, lastimosamente, deberá permanecer con hambre a menos que alguien, de forma voluntaria, decida alimentarlo.

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