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SEGURIDAD REGIONAL, NARCOTRÁFICO Y NEUTRALIDAD COMPROMETIDA

Del Escritorio Del General

Una reflexión político-estratégica sobre Guatemala, México, Estados Unidos y Centroamérica

La seguridad regional atraviesa una transformación que obliga a abandonar las interpretaciones tradicionales del narcotráfico como un fenómeno limitado al tránsito de drogas. Las organizaciones criminales contemporáneas han desarrollado capacidades financieras, logísticas, tecnológicas y territoriales que les permiten desafiar a las instituciones, corromper autoridades, controlar rutas y comunidades, influir en economías locales y, en los escenarios más graves, penetrar estructuras políticas. Para Guatemala, situada entre los centros de producción sudamericanos, México y el mercado estadounidense, esta evolución constituye un desafío de seguridad nacional y no únicamente un problema policial.

Los acontecimientos registrados en México tienen una repercusión directa sobre el Triángulo Norte de Centroamérica. La presión ejercida contra determinados cárteles, las disputas entre organizaciones y la búsqueda permanente de nuevas rutas pueden desplazar operaciones hacia territorios fronterizos con menor presencia estatal. Guatemala enfrenta una vulnerabilidad particular en su frontera occidental, especialmente en los corredores que conectan San Marcos y Huehuetenango con territorio mexicano, así como en las rutas que se proyectan hacia Petén y el interior del país. El peligro no consiste solamente en el paso de cargamentos. Consiste en que las redes criminales desarrollen relaciones estables con transportistas, financistas, autoridades corruptas, estructuras locales y operadores políticos.

La respuesta guatemalteca necesita, por ello, una arquitectura de seguridad integral. El despliegue de fuerzas militares y policiales es necesario en determinadas circunstancias, pero resulta insuficiente si no está acompañado de inteligencia criminal, investigación financiera, control de pasos fronterizos, depuración institucional, cooperación judicial, vigilancia tecnológica y presencia permanente del Estado. La soberanía no se protege exclusivamente con puestos de control; se protege evitando que actores criminales sustituyan al Estado en territorios, economías y decisiones públicas.

La relación con México es indispensable. Existen mecanismos de coordinación bilateral, intercambio de información y cooperación fronteriza. Sin embargo, coordinación no significa confianza irrestricta. En materia de inteligencia, cada Estado conserva fuentes, métodos y operaciones sensibles. Guatemala debe cooperar con México y, al mismo tiempo, mantener capacidades propias y contrastar información mediante relaciones con Estados Unidos y otros socios regionales. La seguridad nacional exige cooperación, pero también autonomía de análisis y decisión.

En este contexto adquiere relevancia la posición de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su gobierno no ha abandonado el combate al narcotráfico, pero ha insistido en una estrategia mexicana sustentada en soberanía, responsabilidad compartida y cooperación sin subordinación. Ha mostrado renuencia a fórmulas que puedan interpretarse como intervención estadounidense dentro de México y ha mantenido distancia política frente a iniciativas hemisféricas que pudieran reducir el margen de decisión mexicano. Esa posición responde a una tradición histórica de defensa de la soberanía, pero también genera una tensión estratégica: los cárteles operan transnacionalmente mientras los Estados continúan limitados por fronteras, jurisdicciones y diferentes doctrinas de seguridad.

La discusión alrededor del denominado Escudo de las Américas debe entenderse desde esa perspectiva. Una coalición regional contra organizaciones criminales puede ofrecer ventajas en inteligencia, tecnología, coordinación operativa, investigación financiera y persecución judicial. Sin embargo, la adhesión a cualquier mecanismo internacional debe realizarse preservando las competencias constitucionales y la soberanía de cada Estado. El problema aparece cuando la defensa legítima de la soberanía se transforma en argumento para reducir la cooperación efectiva o para evitar decisiones necesarias frente a organizaciones que no reconocen fronteras ni jurisdicciones.

Estados Unidos, por su parte, ha ampliado progresivamente sus instrumentos contra los cárteles. Las designaciones de determinadas organizaciones criminales bajo categorías vinculadas al terrorismo fortalecen las posibilidades de utilizar sanciones financieras, persecución del apoyo material, recompensas, investigaciones federales, extradiciones y operaciones de inteligencia. DEA, FBI, HSI, el Departamento de Justicia y el Departamento del Tesoro disponen de instrumentos capaces de atacar simultáneamente estructuras logísticas y financieras. Una intervención militar unilateral dentro de México pertenece, sin embargo, a una categoría jurídica y política diferente y no deriva automáticamente de la designación de un cartel como organización terrorista.

Para Guatemala, la cuestión esencial no debería ser escoger mecánicamente entre Washington y Ciudad de México. El interés nacional exige una posición propia: cooperación con ambos, fortalecimiento de capacidades nacionales y participación en aquellos mecanismos internacionales que aporten resultados concretos. Guatemala necesita inteligencia oportuna, tecnología, entrenamiento, investigación patrimonial y coordinación judicial. Rechazar cooperación útil por razones ideológicas sería tan inconveniente como aceptar subordinación política o militar incompatible con la Constitución.

La posición del gobierno del presidente Bernardo Arévalo debe evaluarse bajo este mismo criterio. Su administración ha expresado cooperación con Estados Unidos y ha sostenido públicamente que el combate al narcotráfico constituye una prioridad. No existe fundamento suficiente para afirmar como hecho que el gobierno guatemalteco apoya al narcotráfico. Una crítica responsable debe concentrarse en la eficacia de las políticas públicas: cuánto territorio controla efectivamente el Estado, qué capacidad existe para investigar patrimonios ilícitos, qué tan protegidas están las fronteras, cómo se depuran las instituciones y qué resultados produce la cooperación internacional.

Sin embargo, la preocupación política aumenta cuando se observa el fenómeno de la narcopolítica. El crimen organizado no necesita necesariamente ocupar formalmente un ministerio o un partido para influir sobre el Estado. Puede hacerlo financiando campañas, capturando gobiernos municipales, controlando contratistas, comprando protección, penetrando instituciones, intimidando autoridades o construyendo redes de dependencia económica. De cara a los procesos electorales venideros, Guatemala debe impedir que capitales ilícitos se transformen en poder político. Esa tarea requiere fiscalización del financiamiento electoral, trazabilidad bancaria, investigación patrimonial y coordinación entre autoridades electorales, fiscales, financieras y de seguridad.

Es precisamente dentro de este escenario donde propongo el concepto de neutralidad comprometida. Esta expresión, de mi autoría, no se refiere a la neutralidad diplomática tradicional ni a la decisión soberana de un Estado de no participar en conflictos entre terceros. Se refiere específicamente a la conducta política y estratégica mediante la cual un gobierno, frente al narcotráfico y al crimen organizado, adopta una posición aparentemente neutral o distante, pero en la práctica actúa con pasividad, permisividad, tolerancia o inacción ante el desarrollo y expansión de las estructuras criminales.

La neutralidad comprometida surge cuando la ausencia de acciones eficaces permite que las organizaciones del narcotráfico consoliden rutas, estructuras financieras, influencia territorial, penetración institucional o capacidad de intervención política. La neutralidad deja entonces de ser imparcialidad y se convierte en una condición que favorece objetivamente al actor criminal. No necesariamente supone, por sí sola, complicidad penal; esa afirmación requiere pruebas. Pero sí describe una situación política en la cual la permisividad, la inacción o la falta deliberada de voluntad pueden producir consecuencias favorables para organizaciones ilícitas.

El concepto comprende también un escenario más grave: aquel en el cual determinados actores gubernamentales o políticos pudieran participar indirectamente, permanecer en segundo plano, beneficiarse de estructuras criminales o evitar deliberadamente su confrontación. Cuando esta dimensión se atribuya a personas, partidos o gobiernos concretos, debe estar respaldada por evidencia verificable y sometida a investigación y debido proceso. La lucha contra la narcopolítica pierde legitimidad si se convierte en simple acusación partidista; adquiere fuerza cuando se sustenta en hechos, trazabilidad financiera, investigaciones independientes y decisiones judiciales.

La neutralidad comprometida puede entenderse como un proceso progresivo. Primero aparece la tolerancia. Después, la normalización de la presencia criminal. Posteriormente, la organización ilícita desarrolla influencia económica y capacidad para condicionar autoridades. Finalmente, si el Estado continúa debilitándose, puede producirse captura institucional. En ese punto, el narcotráfico deja de ser únicamente un negocio clandestino y se convierte en un factor capaz de intervenir en la orientación política, administrativa y electoral del Estado.

Frente a esta amenaza no debería existir neutralidad estatal. Puede existir neutralidad ante conflictos entre potencias, autonomía frente a agendas internacionales y prudencia frente a intervenciones extranjeras; pero no neutralidad frente a organizaciones que trafican drogas y armas, corrompen instituciones, lavan capitales, intimidan comunidades o intentan controlar decisiones públicas. La obligación fundamental del Estado es proteger a la población, preservar la soberanía y garantizar la vigencia del orden constitucional.

La situación de Nicaragua introduce otro elemento de inestabilidad. El debilitamiento de la competencia política y la concentración del poder pueden aumentar aislamiento, migración y desconfianza entre los Estados centroamericanos. Para Guatemala, la consecuencia principal no es una amenaza militar directa, sino el debilitamiento de una arquitectura regional que debería facilitar respuestas comunes frente al narcotráfico, tráfico de personas, lavado de activos y otras amenazas transnacionales. Una Centroamérica políticamente fragmentada ofrece mayores oportunidades a redes criminales que operan precisamente aprovechando las diferencias entre jurisdicciones.

Guatemala necesita, por consiguiente, una doctrina que combine soberanía y cooperación. No se trata de aceptar automáticamente cada iniciativa extranjera ni de permanecer al margen de los esfuerzos regionales. Se trata de participar desde el interés nacional. Una política eficaz debería exigir resultados medibles: reducción de corredores ilícitos, captura de estructuras financieras, fortalecimiento de fronteras, protección de procesos electorales, depuración de instituciones y recuperación de territorios donde el Estado tenga presencia insuficiente.

La verdadera soberanía no consiste únicamente en impedir que fuerzas extranjeras actúen en territorio nacional. Consiste también en demostrar que el propio Estado tiene voluntad y capacidad para impedir que organizaciones criminales ejerzan poder dentro de sus fronteras. Cuando el Estado renuncia a esa responsabilidad, la soberanía se vuelve declarativa mientras el poder real comienza a desplazarse hacia actores ilegales.

El desafío de los próximos años será impedir que la lucha contra el narcotráfico se transforme en un campo de polarización ideológica. Guatemala necesita una política de Estado que trascienda gobiernos y partidos. Las instituciones de seguridad, justicia, inteligencia, defensa y control financiero deben operar dentro del Estado de derecho y bajo controles democráticos, pero con claridad estratégica. La democracia no puede defenderse tolerando que capitales criminales financien su propia penetración.

En conclusión, la neutralidad comprometida constituye una advertencia sobre el costo de la pasividad. Un gobierno puede no ser formalmente aliado del narcotráfico y, sin embargo, mediante permisividad, tolerancia o inacción, generar condiciones que favorezcan su expansión. La respuesta no es abandonar las garantías constitucionales ni sustituir la justicia por arbitrariedad. Es exactamente lo contrario: fortalecer el Estado de derecho para que ninguna organización criminal, ningún interés económico ilícito y ningún actor político pueda situarse por encima de la ley. Guatemala debe cooperar sin subordinación, preservar su soberanía sin aislamiento y confrontar al narcotráfico sin ambigüedad. Esa es la diferencia entre administrar una amenaza y ejercer verdaderamente la autoridad del Estado.

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Francisco Bermudez Amado

General de División ex Ministro de la Defensa, Analista político.

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