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Si quieren un país rico, dejen de abrir restaurantes

Generación de Cristal

Guatemala es un país con una gran cultura de emprendimiento. Las personas quieren abrir puestos de comida, salones de belleza, barberías, bares, restaurantes y otros tantos negocios. Es más, el 80% del empleo viene de las Mipymes, contribuyendo a un 40% del PIB nacional. Sin duda, estas personas hacen un gran aporte a la sociedad, y todos los instamos a seguir adelante. Tengo, sin embargo, una mala noticia sobre esto: si siguen abriendo restaurantes y barberías, jamás vamos a ser un país rico.

Ilustremos el problema con un ejemplo. Imaginemos que una mujer llamada Natalia abre un restaurante en un pueblo del interior. Alquila un local, contrata a un par de jóvenes para que hagan de meseros y empieza a recibir clientes. Al restaurante le empieza a ir cada vez mejor y, gracias a eso, Natalia consigue alquilar otro local más grande al que mudarse. Ahora, ¿de dónde sacó Natalia este dinero? Por supuesto, de sus clientes; por ejemplo, Pedro lleva a su familia al restaurante todos los viernes. Perfecto, pero ¿de dónde salió el dinero de Pedro? De su negocio, un bar que tiene desde hace quince años. Los clientes del bar, por supuesto, consiguen el dinero de sus empleadores u otros clientes.

No sé si ya lo notó, pero esto genera un círculo. Juan y Marcos, meseros de Natalia, van al bar de Pedro con cien quetzales de su sueldo en mano todos los martes. Al llegar el viernes, Pedro lleva a su familia al restaurante de Natalia con estos mismos doscientos quetzales. Luego, con este dinero, Natalia le paga el sueldo a sus meseros. Si todos facturaran, se daría un incremento en el Producto Interno Bruto, pero, dígame, ¿dónde creció la economía en esa transacción? 

Es claro que hay actividad económica, el dinero está, literalmente, circulando; aun así, la cantidad de bienes y su costo de producción son estáticos. Bien puede crecer el PIB, pero es difícil decir que el pueblo es más rico. ¿Por qué? Sucede que, en esencia, la riqueza de un pueblo (o un país) no está en la circulación de dinero, sino en el acceso que las personas tienen a los bienes. 

El dinero es, en esencia, una mercancía que es muy fácil de intercambiar y, por tanto, sirve como medio predeterminado para comparar precios, almacenar y comerciar. En sí mismo, no obstante, no tiene ningún valor. Toda su utilidad viene de la capacidad de conseguir bienes. Estos, a su vez, se dividen en dos grupos: bienes de consumo y bienes de capital. Los primeros son los que compramos porque nos son de utilidad: comida, muebles, un corte de pelo, una botella, etcétera. Los bienes de capital, por el contrario, son inútiles en sí mismos: tractores, máquinas de coser, oficinas. ¿Por qué los compraríamos, entonces? Aquí está el punto clave: porque hacen más productiva la creación de bienes de consumo.

Volviendo a nuestro ejemplo, el restaurante de Natalia y el bar de Pedro crean bienes de consumo. Estos son, por supuesto, necesarios para el pueblo: las personas quieren buena comida, entretenimiento, verse bien gracias al salón de belleza y ver su casa bien pintada y decorada. Grandioso sería el mundo donde estas cosas fueran gratuitas, pero requieren trabajo y, por tanto, dinero. Cuando solo se producen bienes de consumo, el acceso a estos rota pero, en total, se mantiene igual. A Natalia le sigue costando veinte quetzales y quince minutos de trabajo producir su plato más vendido; es decir, la productividad de dicho bien de consumo es estática. Por culpa de eso, a un vecino sigue sin alcanzarle el dinero para ir al restaurante, salvo cuando el dinero rota hacia él, dejándole acceder al bien de consumo.

Todos queremos un pueblo más rico, uno donde todos puedan ir al restaurante, cortarse el pelo, ir al bar y, claro, tener para comer y conseguir un techo donde vivir. Para eso, la solución no es abrir más restaurantes, bares y barberías, sino hacer más barata la producción de estos negocios; o sea, la producción de bienes de consumo. Para esto lo que hacen falta son bienes de capital y ¿no son esos los que menos parece que queremos producir en Guatemala? De nuevo, todos quieren abrir sus puestos de comida y salones de belleza, pero ¿por qué no vender mejores insumos para estos, y que así produzcan más barato?

Nuestro país tiene un gigantesco problema que ha acrecentado esta mentalidad: las remesas. Es un tema digno de un mayor desarrollo, pero, en esencia, estas causan una inyección constante de dinero que se utiliza para consumir. Es muy común ir por el interior del país y ver casas preciosas en pueblos donde apenas hay producción. Estas remesas, en el mejor de los casos, generan una circulación que termina expandiendo el acceso a bienes a todo el pueblo. Sin embargo, con frecuencia lo único que pasa es que el dinero que sirve para acceder a estos bienes termina escapando del pueblo y, luego, del país. Al final, ¿cómo no va a escapar si se producen mejores cosas y más baratas fuera del país? Las personas terminan importando, rompiendo la circulación de dinero, por dos razones claras: 1) la producción local es ineficiente por la falta de bienes de capital, haciendo más barata la importación; y 2) los bienes de consumo más complejos, como los carros, requieren para su producción más bienes de capital que no hay en el país. 

Cuánta riqueza no habría si se utilizara para producir más alimentos, o comprar maquinaria que haga más eficiente la producción. Pero nos invade la ceguera y buscamos lo más fácil: ponemos la peluquería y la tienda de ropa. Que no se mal entienda, todos estos negocios hacen la gran labor de hacer circular la economía dando empleo y consumiendo en otros lugares. Aun así, si quieren un país más rico, están en el negocio equivocado. Adelante, pongan fábricas y cultiven granos, que solo así llegarán los bienes que todos queremos y necesitamos hasta el más pobre de la sociedad.

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Ian André Castillo Morales

Estudiante de Comercio y Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco Marroquin.

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