
Tiempo de elecciones: promesa, mentira y engaño
Logos
Prometer es comprometerse a ejecutar o no ejecutar un determinado acto. Cumplir la promesa es consumar el compromiso. No cumplirla es no consumarlo. El tiempo de elecciones es tiempo de promesa de candidatos a ejercer una función pública. Es, pues, promesa política. Empero, incumplir esa promesa no es un delito. Por ello, en el caso de los candidatos ganadores, si la incumplen, no pueden ser sujeto de persecución penal. Tampoco pueden ser destituidos.
Los candidatos, pueden, entonces, prometerle al ciudadano todo aquello que sea seductor, comprendido aquello que es imposible. Pueden, por ejemplo, prometerle fabulosas oportunidades de trabajo, plena seguridad de la vida y de los bienes; certera predicción de sismos y erupciones volcánicas; cuantiosa reducción del costo de los alimentos y de las medicinas; canastos, bolsas, cofres y sacos con oro y plata; pena de muerte para los saqueadores del tesoro público y santa honestidad en el ejercicio del poder que el Estado delega.
Mentir es decir deliberadamente una falsedad. El tiempo de elecciones es tiempo de mentira de los candidatos. Y su mentira no es delito y, por ello, si son ganadores, y se comprueba que mintieron, no pueden ser sujeto de persecución penal. Tampoco pueden ser destituidos.
Los candidatos pueden, entonces, mentirle ilimitadamente al ciudadano. Pueden decir mentirosamente, por ejemplo, que financian su actividad política con recursos propios; que nunca han estado sometidos a proceso judicial penal; que los hijos les han erigido un monumento por su grandiosa paternidad; que cumplen sus promesas; y que Dios se ha comunicado con ellos y ha adquirido el compromiso de iluminarlos para que procuren un mayor bien de los ciudadanos.
Engañar es provocar intencionalmente la creencia en que es verdadero o en que es real aquello que no lo es. El tiempo de elecciones es tiempo propicio para que los candidatos engañen al ciudadano; pero engañarlo no es un delito. Por ello, en el caso de los candidatos ganadores, si se comprueba que han engañado, no pueden ser sujeto de persecución penal. Tampoco pueden ser destituidos.
Los candidatos pueden, entonces, engañar holgadamente al ciudadano. Pueden engañarlo, por ejemplo, sobre honestidad: no son honestos; pero provocan la creencia en que lo son. O sobre su aptitud: no son aptos; pero provocan la creencia en que lo son. O sobre su intención: emplearán el poder público para procurar, con licenciosa deshonestidad, su propio bien; pero provocan la creencia en que su intención es procurar, con plena honestidad, el bien público. O pueden engañar al ciudadano sobre la causa de su pobreza: es pobre porque la riqueza está injustamente distribuida, y ellos, los candidatos, se esforzarán por una justa distribución.
El tiempo de elecciones es también tiempo de manifestación arrogante de la pseudo-democracia. Es aquella que impide el pleno ejercicio del derecho de los ciudadanos a asociarse libremente para lograr una finalidad política. Es aquella que somete a los ciudadanos que se han asociado para tal finalidad, a la dictadura de magistrados de un tribunal electoral.
Es la pseudo-democracia que despoja a los ciudadanos del derecho a elegir a quienes tienen el mayor poder que el Estado delega, que es el poder de decretar leyes. Es aquella que confiere ese derecho a los propietarios o a los miembros dirigentes de los partidos políticos, o a sus familiares y amigos, o a sus financistas.
No pretendo, en el actual proceso electoral, sugerir una acción del ciudadano en el caso de aquel prometer seductor, y de aquel mentir ilimitado, y de aquel engañar holgado, de los candidatos. Tampoco pretendo sugerir una acción en el caso de aquella pseudo-democracia. Empero, pretendería invitarlo a meditar sobre una futura acción cuyo propósito fuera, no una mera reforma, sino una completa sustitución, del régimen legal electoral vigente. Lo sustituiría un régimen de libertad política, que provoque el interés de los mejores ciudadanos por competir para ejercer el poder del Estado, y se reduzca el riesgo de triunfo de los corruptores de la promesa, los fabricantes de la mentira y los artífices del engaño.
Post scriptum. En el actual régimen legal electoral rigen tres leyes de los candidatos. Primera. Ley de la Sagrada Promesa: En un proceso electoral el propósito de prometer no es cumplir la promesa, sino ganar votos. Segunda. Ley de la Lícita Mentira: En un proceso electoral la mentira es tan lícita como lícito es obtener más votos. Tercera. Ley del Necesario Engaño: En un proceso electoral el engaño es tan necesario como necesario es aumentar el número de votos. Son leyes primordiales de la inmoralidad electoral, que no necesariamente son leyes de todos los candidatos.

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