¡Túmulos!
Teorema
El primer automóvil llegó a Guatemala en diciembre 1905 y empezó a circular en enero de 1906. Era un Oldsmobile Curved Dash propiedad del doctor Juan José Ortega, quien lo compró nuevo por US $650 (unos $23,000 de hoy, ajustados por inflación). A ese precio hay que sumar los impuestos, el transporte por barco y traerlo del puerto a la ciudad. Imagine las tribulaciones en la aduana para establecer cuánto debía pagar el novedoso “caballo de hierro”.
En esa fecha, las carreteras eran de tierra, cuando las había. La red vial del país estaba formada principalmente por caminos y senderos de un solo carril para el paso de personas a caballo, caminando o en las pocas bicicletas llegadas 20 años atrás. El Oldsmobile de Ortega debió transitar, desde el puerto hasta la Capital, en pocos tramos de carretera de tierra de dos carriles usados por las carretas tiradas por bueyes, las diligencias y los carruajes.
En 1909, Estrada Cabrera sancionó el primer reglamento para la circulación de vehículos. Los caballos se asustaban con las explosiones de los escapes y los bocinazos. Hubo accidentes de caballos desbocados. Se puso límites a la velocidad y al uso de las bocinas. En 1927 don Lázaro Chacón hizo lo propio con un Reglamento de Tránsito. En 1946 se emitió la Ley de Transporte, que mantuvo vigencia hasta 1996. Ese año, Arzú sancionó la Ley de Tránsito actual, (DL 132-96, que se reglamentó en 1998).
En 2014 fue aprobado, dentro de un convenio internacional que buscaba asegurar carreteras libres de obstáculos el DL 8-2014. La Ley, que mantiene vigencia, contiene prohibición expresa de instalar cualquier tipo de obstáculos en las carreteras del país. Incluye, desde luego, los túmulos que son el principal problema así como las boyas, los vibradores, las talanqueras y garitas, entre otros. Esa ley insertaba a Guatemala dentro del mundo de los países civilizados, con educación y gobiernos que respetan a sus ciudadanos y los ayudan a proteger sus bienes.
El DL 8-2014 también llamado por la prensa y el público la Ley de los túmulos enfrentó enemigos. No eran muy poderosos, pero sí abundantes, tanto como profusa es la bobería humana, la que reluce cuando, quienes adquieren una cuota de poder, no resisten la oportunidad de manifestarlo.
Hace 30 años y más, quienes transitamos por la CA-9 Sur antes de que operara la autopista Palín-Escuintla, atravesábamos la ciudad de Palín. Admiramos la ceiba que da sombra al mercado y es reproducida en las monedas de cinco centavos. Al entrar a Palín, de Escuintla hacia Guatemala, hay una cuesta. En ella, en vez de un rótulo de bienvenida había un maldito túmulo que causaba que se detuviera el tránsito vehicular, generando largas colas que hacían a los conductores deshonrar a la desconocida madre del Alcalde.
Las personas con menor intelecto tienden a sobreestimar sus propias capacidades, si reciben una cuota de poder el efecto se multiplica. El individuo cree que sus decisiones son brillantes simplemente porque “él es el jefe”. Así, el hombre que se cree sabio, siendo necio, al darle autoridad se convierte en tirano.
La cabecera municipal de Sto. Tomás la Unión y la de Samayac tienen una población conjunta de 41 mil habitantes. Están comunicados por una carretera de 9.5 km con 42 túmulos que la hacen innecesariamente difícil de transitar. En promedio hay un túmulo cada 442 metros. Algo parecido sucede en la carretera que va de Itzapa a Monterrico, con una distancia de 34 km. Es una carretera en buenas condiciones pero llegar de un lado al otro, la enorme cantidad de túmulos hace que recorrerla tome cerca de una hora en períodos de tránsito bajo. Estas no son excepciones. Esa es la regla en nuestro país.
Los alcaldes son los grandes evasores de la ley y, ante su mal ejemplo, los vecinos hacen lo propio. En esos poblados remotos, el dueño de la tienda pone “su” túmulo para que los vehículos paren a comprar. La señora lo hace para evitar que sus cerdos o gallinas no corran peligro de ser atropellados. Son pocos los que hacen corrales o cercan con malla su propiedad. Somos una sociedad con sectores muy primitivos; la mayoría de los alcaldes lo son más.
El DL 8-2014 busca que las carreteras del país estén libres de obstáculos y así evitar accidentes viales. La Dirección General de Caminos está a cargo de retirar la pléyade de túmulos y otros obstáculos con apoyo de la PNC. Empero, en 2015 solo había logrado quitar cerca de 10% de los existentes en el país. Hoy, en vez de disminuir han aumentado. Los alcaldes y otras autoridades menores, así como algunos pobladores, los más primitivos, se aferraban a la idea de que los túmulos, al reducir la velocidad previenen accidentes, las estadísticas demuestran que no es así. Sin rótulos que los señalen, pueden ser causa de colisiones. En 2026, congestionamiento de las calles y carreteras y sus baches y el no precisan de túmulos para hacer que el tránsito fluya lentamente.
Un maratonista olímpico corre a 20 KPH. Una persona que camina rápido lo hace a 6 KPH. Según la Municipalidad de Guatemala, en horas pico la velocidad vehicular promedio está entre 8 y 12 KPH en las vías de mayor tránsito. En las calles y avenidas secundarias, baches, concreto rajado y túmulos hacen que todos vayan despacito ante la mirada indiferente de la Dirección General de Caminos, encargada de hacer cumplir la ley. Su negligencia ha afectado la salud, la calidad de vida y la economía de los pobladores.
El tránsito lento causa estrés y enojo a los conductores y a sus pasajeros. A baja velocidad, los continuos arranques y paradas hacen que los motores expulsen más CO2 y óxidos de nitrógeno. Algunas personas sufren pérdida de audición y de sueño. El tiempo extra que las personas pasan en el tránsito reduce la productividad y frena el dinamismo económico. La marcha lenta causa desgaste prematuro de piezas mecánicas y aumenta el consumo de combustible, elevando el costo del recorrido. Los retrasos en la distribución de mercancías encarecen los costos de transporte, lo que puede reflejarse en aumento de precios al consumidor final.
El impacto más fuerte es la pérdida de tiempo. Se sacrifican actividades familiares, de recreación, de ejercicio físico o de ocio. En ciertas áreas, el tránsito lento deja a pasajeros y conductores vulnerables ante robos cuando el tránsito se ha detenido. A baja velocidad, los vehículos pesados ejercen presión más alta y prolongada sobre la cinta asfáltica, acelerando que surjan baches y fallas estructurales. El microclima urbano se altera creando islas de calor urbano que elevan la temperatura ambiente de las zonas aledañas. El flujo lento del tránsito también degrada la calidad del aire que respiramos.
Continuará: Reflexiones acerca de los vibradores sobre la pista de rodadura.



