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FALSAS APARIENCIAS

Antropos

Porque a veces engaña la apariencia y yo he visto ocasiones repetidas aparecer culpada la inocencia con pruebas alteradas o fingidas más teniendo un poco de paciencia dichas pruebas se encuentren desmentidas. Trozo del poema, Las falsas apariencias del poeta guatemalteco José Batres Montúfar. 

Las falsas apariencias han estado presentes en la historia de la humanidad. Hoy es más vigente que nunca porque vivimos en un mundo de ilusiones, de falsas interpretaciones, de prejuicios, palabras fingidas, artificiales y espurias que nos conducen a las acciones fraudulentas. Con el agregado que ahora las redes sociales digitales nos envuelven en un mar de engaños y fantasías.  

Me resulta curioso volver los ojos al ámbito de las fábulas, para comprender con relativa sencillez lo que dicen y significan las falsas apariencias. Ejemplos como El lobo y el pastor, de Esopo, en el que se relata que mientras el pastor estaba presente, el lobo permanecía con las ovejas sin hacerles daño, pero cuando el pastor se ausentó para ir al pueblo, a su regreso, el lobo se había comido todas las ovejas. O sea que sin bien debemos darle la oportunidad a los demás y confiar en ellos, cuando ya conocemos o sospechamos de sus intenciones, debemos escuchar a nuestra intuición y no cometer el error de guiarnos por una falsa apariencia de bondad o inocencia. Fedro, en la fábula El bufón y el campesino, enseña que debemos aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para no dejarnos engañar nunca por las apariencias.

Recorriendo el camino de la historia, también hemos encontrado en la tradición cultural de la civilización China, el nombre del sabio Chuang Tzu, filósofo taoísta (siglo IV a.C.) quien “Enseñaba la similitud entre la apariencia y la verdadera realidad, aunque siempre detrás de esa multiplicidad de formas se esconde un fondo último invariable, el Tao. Esto lo ilustraba con un sueño que dijo tener”:

—Una noche soñé que era una mariposa que revoloteaba despreocupadamente de aquí para allá. De repente, me desperté asombrado de ser yo mismo y haber vivido durante el sueño como si de verdad fuera una mariposa. Desde entonces ya no sé si soy un hombre que ha soñado ser una mariposa o si soy una mariposa soñando ser un hombre.

En el marco de esta enorme y compleja herencia histórica, nos trasladamos al siglo veinte en el qué Mao Tsetung, afirmó en un discurso frente al Partido Comunista Chino: “hay que hacer todo lo posible para no caer en el engaño de las falsas apariencias”.  En esta línea de ideas, anteriormente Carlos Marx, nos ilustró con la idea que “las falsas apariencias son las ilusiones que crea el sistema capitalista para ocultar la explotación y la desigualdad”. 

Estas formas de conceptuar las falsas apariencias, también las encontramos reflejadas en el mundo griego clásico, con el mito de la caverna escrito por Platón, en uno de sus libros, en donde relata que existe un mundo de sombras que es considerado por los que ahí habitan, como real, sin embargo, por otro lado, describe este filósofo lo que es la verdadera realidad iluminada por la luz del sol. 

Bajo el paradigma del estoicismo Séneca, afirmó que las falsas apariencias son trampas del juicio humano. Con una tendencia a buscar la aprobación ajena, el lujo o la fama vacía en lugar de cultivar la paz. Franciso de Asís, sostuvo que “el valor de una persona no reside en los bienes terrenales sino en el amor sincero a Dios y a la naturaleza”. En la época moderna, el filósofo alemán E. Kant nos abrió los ojos a través de sus escritos en el sentido que “las falsas apariencias no son simples engaños de los sentidos, sino ilusiones inevitables de la razón cuando esta intenta trascender la experiencia posible”.  Dado que, decía “sólo podemos conocer los objetos tal como se nos presentan no como son en sí mismos”. 

Así mismo, en las tradiciones religiosas, descubrimos variadísimas formas de conceptuar las falsas apariencias.   En el cristianismo por ejemplo se señala en torno a este tema que “las personas procuran mostrar una imagen externa de piedad religiosa y de santidad, pero tanto sus acciones y su vida interior están a la distancia de lo que predica el evangelio”. En ese sentido en la Biblia, Juan 7.24, expone que “no juzgues según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”. Y en Mateo 7.20 para reafirmar esta idea, dice el apóstol “Así que por sus frutos los conoceréis”. Porque “Dios no juzga por la apariencia externa, sino por el corazón”.

El “concepto Hindú dice acerca de las falsas apariencias que estas se relacionan con la simulación y el engaño donde se aparenta ser algo diferente. “Ser aparente, es algo diferente a lo que realmente es, con propósitos de fraude”.

A través de este recorrido logramos comprender mejor de cómo algunos individuos muestran externamente semblantes distintos de lo que son en realidad. Observamos en ellos, rostros con formas atractivas en su conducta, pero en el fondo, nos ocultan mentiras con disimulo tras una mascarada de normalidad, adornadas con palabras hermosas como bondad, éxito o perfección, lo cual encubren malas intenciones. Por ejemplo, una sonrisa bien disimulada a flor de labios puede ser atractiva, pero pueden ocultar en su interior, otros propósitos distintos a los que aparenta su cara llena de dulzura o amabilidad fingida, lo cual sucede a cada instante en los espacios donde nos relacionamos con otras personas.

Es un hecho que estas imágenes pueden expresar mentira y fraude. Paralelamente también está presente el engañoso juicio que hacemos de las personas sólo través de la primera impresión. Convivimos en una sociedad en donde sobresalen los individuos que muestran apariencias de éxito, de eficacia, de inteligencia, de fuerza, de salud, armonía familiar, trabajo, generosidad cristiana. Y la verdad, es que son antifaces que tapan la bondad, lo cual se traduce según la tradición popular de que vivir de falsas apariencias es cómo construir castillos en el aire: “hermoso a la vista, pero insostenible en la realidad”. 

Con el fin de ilustrar estas palabras, comparto un ejemplo acerca de un programa televisivo mexicano, simpático y sencillo, pero muy ilustrativo, como es el que disfrutamos siendo niños, con personajes como el chavo del ocho, según me hizo recordar, Estefanía Solera, amiga de la casa, en la que Kiko el otro niño consentido y rico aparentaba ser amigo del Chavo, pero su actuar se traducía en burla porque el Chavo, siendo pobre y despojado de bienes materiales no poseía los juguetes que el otro ostentaba. Pero y además vivía en un tonel a donde corría a esconderse cuando ya no soportaba las impertinencias sarcásticas del Kiko. Todo esto, muestra con cierta dosis de ingenuidad, lo que son las falsas apariencias, que dimensionan la vanidad por encima de la honestidad y la empatía. Lo cual choca con los valores reales al priorizar el que dirán por encima de la autenticidad personal.  

Con el fin de fortalecer lo dicho acerca de las falsas apariencias, lo   ejemplifique con el programa del Chavo del Ocho, fruto de la cultura popular para hacer más visible lo tratado. Pero también, está presente la problemática a la cual hemos hecho referencia, con la otra cara de la cultura de las letras, la obra formidable y compleja de la literatura universal como es El lobo estepario de Hermann Hesse.  Ahí Harry Heller protagonista central de la obra, está atrapado por una dualidad. Por un lado, el hombre educado y por el otro, el lobo salvaje que se burla con mediocridad del personaje culto y sensitivo. En este drama interno, Harry descubrió que para salir de esta ruda falsedad que sostenía la rigidez de su forma de ser, la ruta era a través de disfrutar con el humor, la risa y el baile, los placeres de vivir sin miedo y con dignidad. 

Finalmente habrá que tomar en cuenta también, otra forma de entender las apariencias, similitudes y verdades, como es estar ahora envueltos por las redes sociales que nos crean ilusiones, maquillajes, rumores, noticias falsas, narraciones emotivas sobre montañas de engaños que extralimitan las falsas apariencias. Frente a estas embestidas de simulaciones, deberíamos asumir con fuerza la actitud de crear muros de dignidad y decoro a fin de no seguir ocultando lo que somos, dado que esto perjudica nuestras buenas y transparentes relaciones con los otros, y nos despoja a su vez, de nuestra propia esencia identitaria. 

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