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Un Futuro Incierto

Guatemala es un país que vive en una constante crisis debido a un cada vez más evidente y deliberado «contubernio político, social, económico y ahora hasta militar». Algunos sectores estatales se dedican a «provocar» y otros a «sofocar» crisis que surgen en momentos oportunos y, tristemente, también inoportunos, con el único propósito de saquear las arcas nacionales. Esta dinámica perversa ha creado un ambiente de desconfianza y desesperanza entre los ciudadanos, que ven cómo sus recursos son dilapidados por una élite corrupta.

De manera más clara, se puede observar cómo los cuatro tradicionales factores del poder se coluden para robar, y paradójicamente, el quinto poder (una pseudo-prensa fafera) también participa en esta pérfida dinámica. La prensa, que debería actuar como un vigilante y fiscalizador del poder, se ha convertido en cómplice, alimentando la corrupción y la manipulación informativa. Lamentablemente, ahora se debe incluir al factor militar. Aunque ya era una práctica recurrente de cada gobierno, nunca se había visto al mando militar tan coludido en esta dinámica y, lo que es peor, sirviendo de caja de resonancia para lograr los perversos objetivos de este gobierno progresista e ineficiente.

Recientemente, el ministro de la Defensa, en visita al Congreso, expuso ante el pleno que la ampliación presupuestaria era necesaria, pues el ministerio de Defensa estaría desfinanciado a partir de octubre y, por lo tanto, dejaría de cumplir parte de su misión. Estas declaraciones son inauditas, ya que a la fecha el ministerio de Defensa y en general todo el gobierno apenas alcanzan un 30% de ejecución presupuestaria. Sin embargo, estos problemas han sido constantes en la cartera de Defensa, pero nunca antes un ministro había «llorado» por aumentos; más bien siempre se ingenió reajustes y estrategias financieras internas para resolver el problema. La razón está clara: se ha coludido deliberadamente con el gobierno actual para ejercer presión y lograr una ampliación presupuestaria que ni el propio ministro de Finanzas pudo explicar.

Gracias a Dios, hoy en día en el Congreso existe una lucha de poderes fácticos que, «por el momento», está conteniendo la embestida progresista y las intenciones autócratas del Ejecutivo y su inexistente partido político. La crisis es tal que todos saben que es el producto de la ausencia de políticas y estrategias ante los riesgos, que son la suma de las amenazas y las vulnerabilidades. Pero si tenemos un Estado donde los cuatro factores del poder se coluden para robar, lo natural es que nadie prevea los riesgos y las crisis sean inevitables, convirtiéndose en un rocío fresco y humectante que cultiva la maldita corrupción y se generaliza al galope.

De cualquier manera –y a costa del malestar ciudadano– el Gobierno no ejecuta. Sin embargo, como un efecto secundario de ello, quienes hasta ahora vivían del erario mediante contrataciones amañadas se encuentran en dificultades. Incluso, más allá de los agentes que fueron retirados a algunos diputados, otros diputados han tenido que prescindir de agentes privados de seguridad porque ya no pueden pagarlos. Este es un reflejo claro de cómo las malas prácticas y la corrupción terminan afectando a aquellos que, en algún momento, se beneficiaron del sistema.

¿El juego a largo plazo le rendirá cuentas a Arévalo, o conseguirá exacerbar la oposición en su contra? Con temas tan importantes como la elección de cortes en el horizonte, todos los involucrados harían bien en recordar el refrán que dice: «más vale un mal arreglo que un buen pleito». La elección de cortes es un tema crucial que podría determinar el rumbo del país en los próximos años, y la falta de consenso y acuerdo podría llevar a una crisis aún mayor.

Mientras tanto, las iniciativas «transformadoras» duermen el sueño de los justos. Hasta ahora no hay propuestas innovadoras para abordar la desnutrición crónica infantil, crear polos de desarrollo o generar oportunidades de empleo, entre otras necesidades. La desnutrición infantil, en particular, es un problema alarmante que requiere atención inmediata y acciones concretas. Sin embargo, el gobierno parece estar más enfocado en sus propios intereses que en el bienestar de sus ciudadanos. Si se le preguntara a la famosa marmota, diría que la primavera se retrasará aún más.

Por otro lado, a seis meses de gobierno, el presidente Arévalo sigue cambiando a su gabinete. Esto indica  que el gobierno no tenía un plan claro y bien estructurado desde el inicio, lo que lleva a ajustes constantes y cambios de dirección, que pueden ser interpretados como una señal de inestabilidad política, generando desconfianza tanto entre los ciudadanos como en la comunidad internacional. Los constantes cambios reflejan conflictos internos dentro del gobierno, pues son vistos como una muestra de ineficiencia administrativa, dificultando la implementación de políticas y la consecución de resultados concretos. En general, la percepción del gobierno erosiona la confianza de la población y de los inversores, afectando negativamente la economía y la estabilidad social.

La pregunta es: ¿Hasta cuándo se permitirá que la corrupción y la ineficiencia sigan siendo la norma? ¿Hasta cuándo los ciudadanos tendrán que soportar un gobierno que no cumple con sus promesas y que pone sus propios intereses por encima del bienestar del país? La respuesta, lamentablemente, aún no está clara, y el futuro de Guatemala sigue siendo incierto.

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Redacción

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