
36 años contando la historia… y dejando que la contemos
Poptun
En marzo, El Siglo cumple 36 años de contar la historia. No es una cifra menor en un país donde los proyectos periodísticos suelen enfrentar tormentas políticas, económicas y tecnológicas que no siempre permiten sobrevivir. Treinta y seis años significan persistencia, adaptación y, sobre todo, compromiso con la palabra.
Para mí, la historia con El Siglo comenzó el 31 de marzo de 2011. Recuerdo que la primera oportunidad fue una columna breve, de apenas 1,500 caracteres, publicada cada martes. Un espacio reducido, pero suficiente para abordar temas jurídicos y de interés nacional. Era el tiempo del periódico impreso, cuando el papel aún marcaba el ritmo de la lectura y el café de los martes acompañaba la opinión.
Poco tiempo después, el medio dejó su versión física y asumió plenamente el formato digital. Lejos de ser un retroceso, fue un acto de visión. Adaptarse no es rendirse; es entender que la forma cambia, pero el fondo debe permanecer. Hoy, El Siglo es eminentemente digital y, paradójicamente, más amplio: las columnas ya no se limitan a un espacio mínimo, sino que pueden desarrollarse con mayor profundidad —aunque siempre recordándonos que el lector moderno exige claridad, síntesis y respeto por su tiempo.
En lo personal, estos quince años han sido un ejercicio constante de libertad. Nunca se me ha impuesto un tema. Nunca se me ha coartado una opinión, lo cual considero profundamente valioso que en un espacio de opinión no se me imponga qué escribir ni desde qué perspectiva hacerlo. Poder desarrollar una columna sin sentir el yugo de una línea predeterminada, sin la sombra de una censura implícita o explícita, es una forma auténtica de libertad intelectual. Esa confianza —la de permitir que quien escribe elija el tema, el enfoque y el tono— no solo dignifica al columnista, sino que fortalece al medio. Escribir sin limitaciones indebidas, con la responsabilidad que implica la palabra pública, pero sin ataduras ideológicas, convierte la opinión en un ejercicio genuino de pensamiento y no en una repetición complaciente.
En un país donde la polarización se ha vuelto casi un deporte nacional, resulta valioso que un medio permita convivir columnas con pensamiento progresista, de izquierda, de derecha o simplemente independientes. Que todas tengan cabida sin que se les exija uniformidad ideológica habla de una convicción democrática auténtica: la pluralidad no se tolera, se protege.
He tenido la oportunidad de que algunas de mis columnas sean replicadas en otros medios digitales. Sin embargo, la casa donde han nacido ha sido siempre El Siglo. Y esa casa editorial ha demostrado que la libertad de expresión no es un discurso, sino una práctica cotidiana.
Escribir opinión no es un ejercicio de complacencia. Implica asumir responsabilidades. Significa argumentar con rigor, disentir con respeto y sostener posturas aun cuando puedan incomodar. Pero esa tarea solo es posible cuando el medio respalda el derecho a pensar y a decir.
Treinta y seis años después de su fundación, El Siglo no solo ha contado la historia del país; ha permitido que muchos la interpretemos desde nuestras propias convicciones. Esa es, quizás, su mayor fortaleza: no imponer una sola voz, sino abrir el espacio para muchas.
En tiempos donde la información se consume a la velocidad de un clic y la desinformación compite con titulares responsables, sostener un espacio de opinión plural es un acto de resistencia democrática. La libertad editorial no siempre es visible para el lector, pero es la columna vertebral de cualquier medio serio.
Hoy, al mirar hacia atrás, me siento profundamente satisfecha de haber sido parte de este recorrido durante quince de esos treinta y seis años. No solo por la permanencia, sino por la coherencia. Porque la palabra ha sido libre. Y cuando la palabra es libre, el periodismo cumple su función más noble: servir a la sociedad.
Feliz aniversario, El Siglo. Que sigan contando la historia. Y que sigan permitiéndonos escribirla.

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