
Un día para las madres, trescientos sesenta y cuatro para el olvido
Poptun
El domingo 10 de mayo Guatemala se vistió de fiesta por la celebración del Día de la Madre. Pero el lunes todo volvió a la rutina, especialmente para miles de madres trabajadoras de la iniciativa privada que regresaron a sus jornadas laborales como cualquier otro día, pues muchas ni siquiera tuvieron un descanso compensatorio al haber coincidido la fecha con el fin de semana.
Y es precisamente ahí donde surge una pregunta que ninguna felicitación puede responder: ¿qué hace este país por las madres el resto del año? Celebrarle un día al año no basta si el resto del tiempo el Estado les niega las condiciones mínimas para ejercer esa maternidad con dignidad.
La celebración del Día de la Madre tiene reconocimiento oficial en Guatemala desde 1968, cuando el Congreso de la República aprobó el Decreto 1794 y declaró el 10 de mayo como asueto con goce de salario para las madres trabajadoras. Sin embargo, la regulación dejó fuera un detalle revelador: no previó el traslado del descanso cuando la fecha coincide con fin de semana. Y quizá eso resume bastante bien la relación de Guatemala con ellas.
La madre guatemalteca suele sostener simultáneamente el trabajo, el hogar y el cuidado de los hijos en condiciones que las políticas públicas apenas han comenzado a reconocer. A pesar de ello, el Código de Trabajo guatemalteco ni siquiera contempla una licencia para que una madre o un padre pueda ausentarse laboralmente para cuidar a un hijo enfermo.
La omisión no es menor. El artículo 61 del Código de Trabajo regula distintas licencias con goce de salario, pero no reconoce la posibilidad de ausentarse para cuidar a un hijo enfermo. Para muchas madres o padres, faltar para cuidar a un hijo implica exponerse al descuento salarial, a sanciones laborales o incluso a perder el empleo.
A ello se suma el reciente fracaso de la Ley de Lactancia Materna en el Congreso de la República. La iniciativa, presentada en marzo de 2026, ni siquiera planteaba medidas extraordinarias: únicamente buscaba que instituciones públicas y empresas privadas habilitaran un espacio digno y privado para que las madres pudieran extraerse leche. Una silla, privacidad y un pequeño refrigerador. Nada más. La propuesta fue rechazada.
La paradoja es evidente: mientras el Código de Trabajo reconoce actualmente dos períodos de media hora diarios —acumulables en una hora— para amamantar durante diez meses, muchas mujeres ni siquiera cuentan con un lugar adecuado para ejercer ese derecho.
A esta problemática se suma la ausencia de una red pública accesible de guarderías o estancias infantiles para la mayoría de madres trabajadoras del país. El círculo termina siendo cruel: no hay dónde dejar a los hijos, no existe permiso para cuidarlos cuando enferman y tampoco suficientes garantías para amamantarlos en condiciones dignas. Y después nos preguntamos ¿por qué cada vez nacen menos niños en Guatemala?
Mientras tanto, en otras latitudes los gobiernos han entendido que sostener la maternidad es una inversión en el futuro de la sociedad. En Suecia, el permiso parental remunerado se extiende hasta 480 días —más de 16 meses— por hijo, compartidos entre ambos progenitores, calculados sobre el salario íntegro. Desde que el niño cumple un año hasta que inicia la escuela obligatoria, los padres tienen derecho a llevarlo a una guardería subvencionada por el Estado. En Noruega, cada familia recibe una ayuda mensual por hijo desde el nacimiento hasta los 18 años, y las madres tienen derecho a 49 semanas de baja con el 100% del salario. En Polonia, las licencias de maternidad son progresivas: más semanas por cada hijo adicional, hasta 33 semanas por el tercero.
Se podría argumentar que esos beneficios solo son posibles en países desarrollados y que Guatemala no tiene capacidad económica para replicarlos. Y probablemente sea cierto. Pero reconocer esa limitación no significa resignarse a la inacción. Aunque el país no pueda ofrecer 480 días de licencia parental o subsidios estatales amplios, sí puede comenzar por medidas básicas y razonables: ampliar el tiempo de lactancia reconocido en la ley, crear permisos para cuidar hijos enfermos, habilitar espacios dignos de lactancia y construir una red accesible de cuidado infantil.
Porque estas políticas no son lujos ideológicos ni concesiones románticas. Son la respuesta racional de Estados que comprendieron que cuando una mujer siente que debe elegir entre desarrollarse profesionalmente o ser madre, muchas veces opta por la estabilidad laboral y posterga —o incluso renuncia a— la maternidad, porque no se siente acompañada por el Estado. Y cuando eso ocurre de forma masiva, el país pierde.
Las consecuencias demográficas de no apoyar la maternidad ya son visibles en Guatemala: la tasa de fecundidad cayó de siete hijos por mujer en 1960 a apenas 2.2 en 2023. En 2024 se registró la mayor caída de nacimientos en una década: 86 mil 939 nacimientos menos que en 2014, una reducción del 25% en diez años. El departamento de Guatemala ya registra una tasa de 1.6, por debajo incluso del promedio latinoamericano. Las proyecciones oficiales muestran que la pirámide poblacional guatemalteca, de base ancha en 1995, apunta para 2050 hacia una estructura invertida, con predominio de población adulta y envejecida.
Las consecuencias no son abstractas: menos personas en edad productiva, menos cotizantes para sostener pensiones y más demanda de cuidados con menos manos para proveerlos.
Una sociedad que no se reproduce no solo cambia su estructura; lentamente se agota.
Y precisamente por eso el debate sobre la maternidad no puede seguir reducido a homenajes simbólicos una vez al año. El verdadero reconocimiento a las madres guatemaltecas no cabe en un ramo de flores. Cabe en una ley de lactancia aprobada, en políticas o en artículos del Código de Trabajo que reconozcan más derechos y que permitan que ser madre y ser profesional no sean proyectos incompatibles. De lo contrario, el país seguirá celebrando un día a las madres mientras les niega, durante el resto del año, las condiciones mínimas para ejercer la maternidad con dignidad.




