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Artemis II: el futuro se coordina

Punto de Vista

Las lecciones de la misión Artemis II no se limitan al cohete, la cápsula o la órbita: son una invitación urgente a mirar la exploración espacial como un fenómeno que activa otras ciencias y que, por lo mismo, merece una evaluación verdaderamente multidisciplinaria.

Ahora más que nunca, porque el espacio dejó de ser un monólogo de Estados y es un ecosistema donde conviven agencias, empresas, universidades, fuerzas armadas, start-ups, creadores de contenido y audiencias globales que consumen la misión en tiempo real. Artemis II ocurre en un mundo hiperconectado, polarizado y competitivo, donde cada decisión técnica tiene lectura política, económica y cultural.

En lo estrictamente científico, Artemis II empuja preguntas que no caben en una sola disciplina, se mezcla la ingeniería de sistemas, la seguridad, la ciencia de materiales y la manufactura avanzada, incluso la biomedicina y la psicología. Y, por supuesto, la analítica de datos y la inteligencia artificial atraviesan todo, desde la detección de anomalías hasta la planificación de trayectorias.

Incluso entra a orbitar el marketing, que se vuelve arte y ciencia aplicados de la atención, porque esta misión estuvo todo el tiempo compitiendo con las crisis inmediatas globales, regionales y nuestras rencillas locales, con el entretenimiento infinito y superficial y por qué no decirlo hasta con la desconfianza institucional.

¿Cómo se construyen sentimientos, emoción y pertenencia alrededor del espacio? Con símbolos, rituales y objetos que viajan más rápido que cualquier cohete: parches, gorras personalizadas, juguetes que condensan una narrativa (pienso en el muñeco “Rise”), o incluso los helicópteros Seahawks alineados en un portaviones. Rise, además, se volvió un puente: en él viajaron nombres que la gente envió para “ir” también, y por eso lo vimos bajar en manos del capitán. No son solo souvenirs: son elementos culturales que se traducen en orgullo, curiosidad y apoyo sostenido.

En liderazgo, Artemis II es escuela. Dirigir una misión tripulada implica tomar decisiones a veces con información incompleta y mantener tolerancia cero a la complacencia: si hay errores, se enfrentan, porque la vida está en juego. También exige liderar a cientos de equipos especializados, con lenguajes, incentivos y egos distintos, pero que al final operan como si fueran un solo organismo.

Y está la coordinación interagencial, que rara vez recibe aplausos porque su éxito luce como normal. Artemis II no es un proyecto de una sola entidad: convoca a la NASA y a una constelación de contratistas, se mueve entre marcos regulatorios, depende de cadenas de suministros y dialoga con aliados internacionales que aportan experiencia, hardware, estándares y legitimidad. En esa trama, la gobernanza aparece como materia de estudio y de una importancia sin igual: quién decide qué, cómo se reparten responsabilidades, cómo se gestionan cambios y cómo se protege el propósito cuando aparecen presiones políticas, sociales o comerciales.

Ni que hablar de lo que despierta Artemis II: habilidades STEM que se revalorizan, vocaciones que se encienden, nuevas cadenas productivas y conversaciones públicas sobre el riesgo y la inversión. Artemis II también nos pone a prueba frente a la desinformación en un entorno saturado de ruido y falsedad: ahí la pedagogía científica tiene que aparecer, explicar y dar contexto.

Pero hay una dimensión que hoy debería preocuparnos tanto como la ingeniería: el desarrollo y la fragilidad del derecho espacial. Vivimos tiempos incómodos: Estados que se distancian de foros multilaterales, que relativizan compromisos o que violan tratados internacionales. Ese clima también importa en órbita y en la superficie lunar. Por eso urge hablar en serio de responsabilidad por daños, del uso de datos y frecuencias, y de cómo evitar la lógica del “primero en llegar”. El progreso es posible si existe coordinación.

Por eso, Artemis II puede y debe evaluarse como plataforma, no como evento aislado. Porque Artemis II y las misiones futuras son laboratorios de ciencias duras y blandas a la vez: tecnología, salud, datos, comunicación, liderazgo, gobernanza y derecho. Y porque, al final, la exploración espacial también compite en el terreno más difícil: el de los modelos a seguir.

Y aquí sí quiero detenerme en una figura concreta: la astronauta Christina Koch. En un tiempo en el que lo visual domina la conversación, ella ofrece algo valioso: la prueba de que la imagen también puede ser puerta de entrada a la ciencia. La vimos en redes sociales, sí, pero no para quedarse en la pose: la vimos para traducir ciencia, disciplina y trabajo en equipo. Ese es el frescor que me cautiva: usar el mismo escenario sin permitir que el algoritmo reduzca a una mujer a una sola dimensión. Para niñas y jóvenes (y también para quienes ya crecimos), es un recordatorio de que se puede brillar con presencia, pero sobre todo con un propósito superior: trascender.

En resumen, si regresamos a la Luna más temprano que tarde, más nos vale volver también en la Tierra a la idea de mérito, propósito y cooperación. Y en ese regreso, vale decir sus nombres: Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. Y gracias de verdad a las personas que casi nunca se ven: equipos de ingeniería, control de misión, técnicos, diseñadores, médicos, entrenadores y quienes sostienen la coordinación para que lo imposible se vuelva rutina. Artemis II no se acaba: empieza hoy.

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Grisel Capó

Candidata al doctorado de Liderazgo Organizacional de la Universidad San Pablo de Guatemala. Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Magister en Relaciones Internacionales por la Universidad Rafael Landívar. Pos- Grado en Estrategia Nacional del Centro de Altos Estudios Nacionales de Uruguay y egresada del Centro de Estudios Hemisféricos de la Defensa, Estados Unidos. Diplomado en Antropología de las ciudades por la Universidad Rafael Landívar y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de México, entre otros cursos.

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