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Cuando la presencia no es suficiente

Poptun

El pasado domingo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, día que nos invita a una reflexión más profunda: preguntarnos no solo cuánto se ha avanzado en materia de igualdad, sino también si esos avances han logrado transformar realmente las estructuras culturales y políticas que durante tanto tiempo limitaron la participación de las mujeres.

Hace algunos meses escribí en este mismo espacio que uno de los grupos que podría enfrentar mayores retrocesos en sus derechos era precisamente el de las mujeres. Aquella reflexión no parte de una visión pesimista, sino de señales que comienzan a observarse en el escenario político internacional. 

Una de las señales más visibles de esta fragilidad se observa en los espacios de liderazgo político. Basta revisar algunos ejemplos recientes. En Estados Unidos, el hecho de haber tenido una vicepresidenta mujer representó un hito importante. Sin embargo, los escenarios políticos actuales vuelven a mostrar estructuras de poder donde predominan nuevamente los liderazgos masculinos.

Algo similar ocurre en el ámbito internacional. Hace pocos días circulaba la fotografía oficial de la llamada Cumbre “Escudo de las Américas”. En la imagen aparecen más de una decena de jefes de Estado y de gobierno. Entre todos ellos, apenas una mujer: la primera ministra de Trinidad y Tobago. La escena resulta reveladora. En un mundo donde más de la mitad de la población está conformada por mujeres, las decisiones políticas globales continúan concentrándose, en gran medida, en manos de hombres.

Esa imagen resume una realidad que, aunque no es nueva, sigue reproduciéndose. Durante décadas se ha insistido en la importancia de que las mujeres participen en los espacios donde se toman decisiones políticas y económicas. No obstante, los avances han sido lentos y, en algunos contextos, incluso frágiles.

En América Latina, varios países han logrado elegir a mujeres como presidentas o jefas de gobierno. Cada uno de esos momentos ha sido celebrado como un avance histórico. Sin embargo, la experiencia demuestra que esos logros no siempre logran consolidarse ni repetirse con facilidad. Incluso cuando una mujer alcanza el poder, las transformaciones estructurales en favor de la igualdad suelen enfrentarse a un obstáculo profundo: el modelo patriarcal que continúa arraigado en nuestras sociedades.

El caso de México es un ejemplo reciente. La llegada de una mujer a la presidencia constituye, sin duda, un hecho histórico que marca un precedente importante. Sin embargo, sería ingenuo pensar que la sola presencia de una mujer en el cargo más alto del Estado pueda desmontar, por sí sola, estructuras culturales que han tardado siglos en consolidarse.

Guatemala tampoco escapa a esa realidad. En nuestra historia reciente tenemos, por segunda vez, a una mujer en la vicepresidencia de la República. Sin embargo, el país aún no ha logrado elegir a una mujer como presidenta. Ese dato, por sí solo, evidencia que las barreras culturales siguen teniendo un peso decisivo en nuestra vida política.

Recuerdo una conversación en el año 2007, cuando una líder femenina conocida nacional e internacionalmente anunció su candidatura presidencial. Un político comentó, con absoluta naturalidad, que aquello no representaba una preocupación para su partido porque Guatemala era un país “machista” y, por lo tanto, difícilmente elegiría a una mujer como presidenta.

Lo revelador de aquella frase no era únicamente su crudeza, sino la certeza con la que se pronunciaba: reflejaba la convicción de que ese prejuicio formaba parte de la cultura política del país. Y, en buena medida, los años han demostrado que esas barreras culturales siguen teniendo un peso significativo en nuestra vida pública.

Esa realidad plantea, en el fondo, un desafío doble. Por un lado, continúa siendo necesario derribar las barreras que históricamente han limitado el acceso de las mujeres a los espacios de poder. Pero, por otro, también resulta indispensable reflexionar sobre el sentido de ese liderazgo cuando finalmente se alcanza.

Que una mujer llegue al poder no significa, automáticamente, que el poder cambie para las mujeres. La presencia femenina en los espacios de decisión representa un avance importante, pero no garantiza, por sí sola, una agenda que responda a las necesidades o demandas del conjunto de las mujeres.

Es indispensable que las mujeres continúen avanzando y conquistando espacios de liderazgo político, social y económico. Sin embargo, también es necesario reconocer que, en ocasiones, algunos espacios dentro de colectivos o movimientos terminan siendo utilizados como plataformas de posicionamiento personal o político. Cuando ello ocurre, la agenda colectiva pierde fuerza y la sororidad —que debería ser el principio que articule la defensa de los derechos de las mujeres— corre el riesgo de quedarse únicamente en el discurso.

La sororidad no debería limitarse a una consigna. Su verdadera prueba aparece cuando se toman decisiones que pueden abrir —o cerrar— oportunidades para otras mujeres.

Erradicar el machismo, además, no es una tarea que corresponda únicamente a los hombres. Se trata de una estructura cultural que se ha transmitido durante generaciones y que, en ocasiones, también puede ser reproducida —consciente o inconscientemente— por mujeres. Reconocer esa realidad no debilita la lucha por la igualdad; al contrario, la vuelve más honesta, porque permite comprender que el verdadero cambio exige revisar muchas de las prácticas y actitudes que la sociedad ha normalizado durante décadas.

El desafío, por lo tanto, sigue siendo doble. Por un lado, abrir más espacios para el liderazgo femenino en todos los niveles de decisión. Pero, por otro, construir una cultura política que permita que esos liderazgos se ejerzan con una verdadera conciencia de transformación.

Que más mujeres lleguen al poder es, sin duda, un avance. Pero el verdadero desafío consiste en que ese poder contribuya a transformar las estructuras que durante tanto tiempo las mantuvieron fuera de él.

Porque llegar al poder es un paso; cambiarlo es el verdadero desafío.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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