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Cuando la sociedad abandona a sus niños

Desde La Ventana De Mi Alma

“Escribo desde la observación profunda del alma humana, convencida de que toda transformación social comienza en la conciencia, la sensibilidad y el amor con que educamos a nuestros niños.”
Lucy Angélica García Chica

Cada día observo el mundo con una mezcla de tristeza y asombro.

Abro las noticias, recorro las redes sociales o simplemente escucho conversaciones cotidianas, y encuentro la misma realidad repetida una y otra vez: violencia, jóvenes endurecidos, niños perdiéndose demasiado pronto, seres humanos cada vez más desconectados de su sensibilidad.

Y no puedo evitar preguntarme: ¿En qué momento nos acostumbramos a esto?

A veces veo el rostro de un criminal y, en lugar de mirar solamente al hombre peligroso en que se convirtió, mi imaginación lo recrea de niño. Lo imagino pequeño, frágil, inocente, necesitando amor, aprobación y protección. Entonces algo dentro de mí se quiebra, porque comprendo que antes de existir aquel ser endurecido… hubo primero un niño vulnerable.

¿Qué ocurrió en el camino?

¿Quién dejó de escucharlo?

¿Quién ignoró sus heridas?

¿Quién apagó lentamente su sensibilidad humana?

Tal vez esta reflexión nace también desde mis propias vivencias. Porque conocí la marginación silenciosa que muchas veces existe dentro de espacios que deberían formar seres humanos íntegros. Vi maestros con alumnos preferidos por pertenecer a familias pudientes, mientras otros niños crecían sintiéndose invisibles. Observé instituciones donde las recomendaciones y apariencias parecían tener más valor que la verdadera vocación de enseñar.

Y esas experiencias dejan marcas.

Muchas veces creemos que la violencia nace únicamente en las calles peligrosas o en ambientes extremos. Pero no siempre es así. También puede comenzar dentro de un aula, en una humillación repetida, en una indiferencia constante, en un niño que siente que no vale lo mismo que otros.

La educación moderna parece haber olvidado algo esencial: el alma humana.

Se priorizan títulos, calificaciones y rendimiento académico, pero se descuida la formación espiritual y emocional. Se preparan estudiantes para competir, producir y sobresalir, pero no necesariamente para desarrollar empatía, conciencia, sensibilidad o compasión.

Y esa ausencia tiene consecuencias profundas.

Un maestro no solo enseña matemáticas, lenguaje o ciencias.

También puede enseñar dignidad.

Puede sembrar seguridad en un niño inseguro o destruir lentamente su autoestima.

Hay palabras que acompañan toda una vida.

Y también silencios que hieren profundamente.

Lo mismo ocurre dentro de muchos hogares. Vivimos en una época acelerada, donde los padres enfrentan enormes presiones emocionales y económicas. Pero en medio de esa lucha diaria, muchos niños están creciendo emocionalmente solos. Tienen acceso a tecnología, pero no siempre a conversaciones sinceras. Reciben objetos, pero no atención verdadera. Y un corazón infantil que no es escuchado empieza lentamente a endurecerse.

Después, cuando algunos jóvenes aparecen convertidos en seres violentos o desalmados, la sociedad entera se horroriza. Los juzgamos, los condenamos y los señalamos… pero pocas veces nos atrevemos a mirar el origen profundo del problema.

Porque ningún niño nace odiando.

La maldad no aparece de un día para otro. Muchas veces es el resultado de heridas acumuladas, abandono emocional, humillaciones, carencias afectivas y una sociedad que perdió la capacidad de mirar con profundidad el sufrimiento humano.

Esto no significa justificar el mal. Cada persona debe asumir responsabilidad por sus actos. Pero sí nos obliga a reflexionar como sociedad sobre el tipo de humanidad que estamos formando.

Quizás aún estamos a tiempo de comprender que educar no es solo llenar la mente de información. Educar también es enseñar humanidad. Es ayudar a un niño a descubrir su valor interior, a manejar su dolor, a respetar la vida y a reconocer la sensibilidad como una fortaleza, no como una debilidad.

Necesitamos más maestros con vocación humana.

Más padres emocionalmente presentes.

Más instituciones que valoren la ética y la sensibilidad tanto como el conocimiento académico.

Porque detrás de muchos adultos rotos, violentos o vacíos… alguna vez existió un niño que solo necesitaba sentirse amado, visto y comprendido.

Y tal vez el verdadero futuro de la humanidad dependa precisamente de eso: de cómo estamos tratando hoy a nuestros niños.

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Angie Lu

Lcda. en Ciencias de la Educación. Universidad Estatal.Guayaquil. Lcda. en Filosofía y Letras. Universidad Central del Ecuador. Columnista Periódico "EL SOL" Cartagena- COLOMBIA. Columnista Diario. La TRIBUNA. México. Articulista: Revista TOP MAGAZINE. Orlando-Florida Articulista Diario EXTRA. San José. Costa Rica. Articulista periódico Canarias Opina. Telde, Islas Canarias. ESPAÑA. Escribo por vocación para comunicar y por necesidad vital, creo que la palabra escrita es inmortal y es el acto libertario mas poderoso que existe y más aún podemos crear sinergia colectiva a través de la lectura. Escribo para divulgar mis emociones recogiendo metáforas simples o complejas, que me permitan meditar para existir y coexistir buscando la armonía con mis congéneres, y para celebrar con la palabra la belleza de la vida y el universo.

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