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De Cumpleaños

Antropos

Yo he visto la libertad
En sueños y postales
-me aplasta su figura
Recostada en el cielo
¿por quién levantará la antorcha?
¿Qué querrá iluminar?
El miedo
O la miseria.
José Luis Villatoro, poeta guatemalteco.

Rodeado de mi compañera Beatriz, tres hijas, Carolina, Olivia, Cristina e Ignacio, así como de mis cuatro nietas Sofía, Alejandra, Isabel y Olivia, celebré un día más de mi vida este 26 de Julio. Mis descendientes dichosamente no sólo poseen una vida saludable de calidad, sino que se han realizado profesionalmente y construido sus nidos de amor familiar. Me acompañaron también alumnos, amigos, compañeros de lucha, estudio y docencia universitaria. Escritores, poetas, campesinos, músicos, historiadores, teólogos, filósofos, innovadores de la tecnología, científicos, juristas, economistas, así como emprendedores y personas de apoyo a nuestras casas.

Fue un día de regocijo, porque el poeta laureado costarricense Alfonso Chase, le entregó a mi compañera de vida, Beatriz Villarreal, el libro recién salido de la Editorial Oscar de León: EDUCACION Y LIBERTAD, con unas palabras elogiosas y un pedido especial a leerlo y estudiarlo ahora que ha entrado en crisis la educación a nivel continental.

Afirmó Chase que “es un libro abierto en el cual las ideas de la autora están allí, para ser complementadas por nuestras propias ideas, tomando en cuenta el ámbito de los lugares en donde nos habrá tocado manifestar nuestro destino existencial”.

Este 26, antes de partir el pastel, logré hacer un recorrido por la vida de cada uno de los asistentes y de la manera como nos hemos relacionado. Entusiasmo me generó compartir con alumnos que hoy son profesionales en el campo de la informática educativa responsables de la incorporación de las computadoras en todo el sistema educativo nacional. Hoy los pude ver después de algunos años contentos y realizados. Nos abrazamos con cariño y afecto.

Mi vida ahora al dar un vistazo al pasado, me percato que tiene tantos vericuetos que a veces se me dificulta desentrañarlos. Pero es un hecho, que las hijas e hijo, juegan desde que nacieron un papel central en mi propio recorrido. Han estado presentes y he visto su crecimiento espiritual, emocional, profesional, familiar, y sobre todo caminar con dignidad ciudadana. Es algo en lo que he contribuido, principalmente inculcando valores eternos de la humanidad, como es el respeto, el amor y sobre todo, la libertad para que se expresen sin dificultad ante las desigualdades sociales que nos inundan día con día.  

Ellos, heredan a través de mi persona, ese sentido de la vida tan profundo como es vivir en comunidad con los hermanos cristianos. Fueron mis padres Manuel España y Virgilia Calderón, pastores evangélicos en todo su caminar. En sus ratos libres me contaban historias y me dormían con la luz endeble de un candelabro. Siempre fueron rectos y respetuosos. Nunca calumniaron y asumieron una forma sencilla para vivir con armonía inspirada en los textos de la Biblia. Sus hijos Gloria Amparo, Francisco Javier y mi persona, crecimos a la par de las enseñanzas de los sermones bíblicos.

Este 26, estuvo presente mi amigo Cesar Sulecio, quien me hizo recordar esos días aciagos en el que tuvimos que migrar a la fuerza a esta tierra bendita que es Costa Rica, porque los enemigos de la inteligencia estaban dedicados en mi país de origen Guatemala, a perseguir personas que nos expresábamos con libertad y con criterio crítico. Dichosamente las universidades ticas nos acogieron para concluir nuestros estudios y con el pasar de los días, convertirnos en docentes universitarios. En mi caso me encaminé por los senderos complejos de la filosofía, César por la psicología y David Pinto por la literatura.

El grupo de invitados a mi santo fue diverso, afable, amistoso y dialogante. Me acompañaron destacados intelectuales, poetas y escritores con quienes hilamos una profunda y respetuosa amistad de compañeros de lucha por una mejor universidad. Recordamos tiempos idos entre uno y otro sorbo de vino tinto y un bocadito para mitigar la fiesta. A veces estas pláticas tocaban temas de fondo alrededor de un recorrido académico de cada experiencia vivida. O bien la hilaridad de las bromas que nos acogieron en los recintos universitarios, bares o cantinas que también frecuentamos para componer a través de conversaciones acaloradas, los destinos de la patria y del mundo. Y todo esto me hacia recordar el verso de la canción “parece que fue ayer”.

No puedo olvidar en este 26 de julio, después del retorno a Guatemala, la estancia como académico en la Universidad de San Carlos y la amistad con el filósofo jesuita Antonio Gallo, de la Universidad Rafael Landívar. Este 26 abrí las cortinas del tiempo, y ante mis ojos desfilaron tantas y tantos amigos y compañeros. A unos se los tragó el disparo de los enemigos de la inteligencia, como a Oliverio Castañeda de León, Hugo Rolando Moran, Irma Hichos Ramos, Jorge Romero Imery, Leonel Carrillo, Luis de Lión, Mario Dary, Oscar Arturo Palencia, Rosario Godoy, Santiago López Aguilar, Thelma Grazioso, Manolo Andrade, Alberto Fuentes Mohr, Alejandro Cotí, Mario López Larrave, Manuel Colon, Alfonso Figueroa, Juan Luis Molina, José María López, Hugo Rolando Melgar, Guadalupe Navas, Adolfo Mijangos, Vitalino Girón, Luis Colindres, Rita Navarro, Aura Marina Vides, y muchos mártires que sólo en la USAC, suman más de 600 quienes lucharon con sus ideas por una patria libre y digna, por eso he dicho que a esta universidad le pasó encima una aplanadora, porque otros, además, tuvieron que refugiarse en otros países. Lamentablemente la pandemia del Covid, se llevó a dos amigos, Bayardo Mejía, destacado educador y a Mario Roberto Morales, escritor y pensador. Sin olvidar al poeta chiquimulteco Carlos Interiano.

Pero no sólo tengo recuerdos dramáticos y tristes, sino que mi estancia en la USAC, fue de alegría y de realizaciones. Logramos impulsar programas de doctorado, de acreditación internacional, así como políticas de homologación y de créditos. Se publicaron muchos libros acompañados de los debates respectivos con destacados intelectuales. Realizamos encuentros nacionales e internacionales como participación en dos conferencias mundiales de educación superior promovidos y organizados por Unesco. Aún los estudiantes de doctorados me escriben y me tienen dichosamente, entre sus buenos recuerdos. Hice amistad con intelectuales y escritores a quienes aprecio profundamente y están aún bullendo como seres vivos, las ideas e inquietudes de cada uno de ellos, así como de los docentes e investigadores universitarios. Tampoco puedo olvidar que Amílcar Alvarado me abrió la puerta para publicar mis escritos que de alguna manera abren las compuertas para expresar mi pensamiento.

Vibra en mi conciencia ese dolor que siento por la inequidad de cómo viven los pueblos originarios. Del racismo. Del desprecio a la inteligencia y creatividad de las mujeres. De la pobreza urbana y rural. De la desnutrición cabalgante, De la contaminación de las aguas dulces. De la deforestación. Del mal estado de la salud pública y de la mala calidad educativa que no se logra resolver a pesar de esfuerzos reales y convincentes. De la pésima infraestructura e inseguridad que se come a sus hijos. Me causa escozor la práctica de los politiqueros que se hamaquean en sus ambiciones desmedidas y de la corrupción que campea haciendo más daño a la Nación. No puedo olvidar con tristeza ese caminar peligroso de los cientos de jóvenes que migran al norte tras un sueño realizable para alcanzar una mejor calidad de vida frente a un desempleo galopante en su propio país. Cada uno de estos problemas no me deja en paz, porque añoro que algún día tengamos una sociedad feliz, en la que sus hijos e hijas, puedan vivir con dignidad humana.  

En fin, este 26 de julio, tuve el momento de recordar también de manera rápida, algo de mi pueblo Quetzaltepeque, Chiquimula, lugar de correrías de niño. De las pozas donde aprendimos a nadar. La comida de nances que nos dimos. De zapotes, chicos, jocotes y guayabas. El gusto por el desfile del 15 de septiembre. Sus tradiciones culturales. Los himnos que aprendimos y el cultivo de hortalizas que fue parte de nuestra formación. Así como de mi propia familia Calderón, migrante de El Salvador, dedicados a la agricultura y a la ganadería, que por cierto Juanita, una de las primas, estuvo presente en mi cumpleaños. La otra familia España, originaria de la aldea San Vicente, de Concepción las Minas, todos evangélicos, campesinos, obreros, sobre todo, gente brillante por su gallardía de ser afectuosos. Con la palabra dialogaban y no era necesario el revolver al cinto, como es la costumbre por esas tierras. De este pueblo donde crecí, nuestros padres nos llevaron a la ciudad para estudiar. Primero en el colegio América Latina y después en la centenaria Escuela Normal, donde recibí las enseñanzas de brillantes profesores. Fue también el lugar donde viví con intensidad las jornadas estudiantiles de marzo y abril contra el régimen de turno.

Hasta aquí unos retazos de mi caminar, pero procuraré en los próximos días, ahondar en cada una de las etapas de mi vida, porque siento una obligación contar y narrar desde mi propio rancho, como he vivido y comprendido una parte de la historia inmediata de la región. Se los prometo, que así será.

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