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El mercado y los héroes, no son los ricos sino los pobres

Idealis Mundi

Los políticos de izquierda han hecho creer que el mercado son empresarios egocéntricos y, los de derecha, que los ricos son héroes que deben ser beneficiados. Así, ambos justifican que los gobiernos intervengan, con lo que ellos hacen grandes negocios, muchas veces corrupción de por medio. 

Muchos millonarios apoyan estas ideas, ya que utilizan al gobierno para armar negocios privilegiados, como cuando piden controles aduaneros para impedir la competencia exterior y lograr enormes ganancias, empobreciendo a las personas comunes (el mercado real) que tienen que pagar más caro los productos de estos empresarios que no compiten. 

Cuando el mercado es todo lo contrario: las personas comunes que se relacionan voluntariamente en pos del beneficio de todos. Así, los héroes reales, no son los políticos que solo parasitan, menos aún generales que asesinaron a miles, en “epopeyas patrióticas” según la historia oficial. Sino las personas, que son las que producen, y sobre todo las más pobres -más castigados por la intervención estatal- que tienen que trabajar de manera inhumana, en muchos casos, para sobrevivir. 

A ver. Sin dudas, a pesar de la demagogia de los políticos, los más castigados por las intervenciones estatales son los más pobres, de hecho, el Estado no es el principal factor de empobrecimiento sino el único. Por caso, las leyes de salario mínimo lo que en la realidad logran es que los empresarios no puedan contratar a quienes deberían ganar menos, precisamente, los más pobres, los que más lo necesitan. Y, por cierto, la elevación de los salarios solo puede -y debe- lograrse mediante la capitalización de la sociedad, cuando el Estado no la impide con altos impuestos, que conlleve un aumento en la demanda de trabajadores. 

Y hablando de impuestos, más allá de la demagogia, lo cierto es que, hasta aquellos dirigidos a los ricos, siempre recaen con más fuerza sobre los más pobres. Efectivamente, cuanto más alta es la condición económica de una persona, con más fuerza deriva los impuestos hacia abajo. Por caso, un empresario necesariamente los paga subiendo precios o bajando salarios ya que no debe comprometer la rentabilidad de su empresa so pena de pasar de ser empresario a entidad de beneficencia.

Y los pobres nada pueden hacer, salvo absorber esa subida de precios o ese bajón en sus salarios. La demagogia dice que estos impuestos vuelven a los pobres. Más allá de que esto no es cierto, aun si lo fuera, qué sentido tiene quitarle por vía impositiva dinero a los pobres, pasarlo por una enorme burocracia estatal que absorbe buena parte y devolverles lo poco que queda.   

Los superricos no son un resultado natural del mercado que de suyo tiende a nivelar las fortunas, y a dar infinitas chances a cada persona, ya que supone una sana competencia de modo que, cuando alguien está ganando mucho dinero, atrae a otros al mismo negocio repartiendo su rentabilidad entre todos a la vez que alentando el mejoramiento de todos para poder competir y servir mejor al público. Por eso John D. Rockefeller llegó a afirmar que “la competencia es un pecado, y procederemos a eliminarla”.

Unos años atrás, Time elaboró un escalafón de las personas de toda la historia que alcanzaron las mayores fortunas del mundo. Comenzando desde atrás, el décimo habría sido el conquistador Gengis Kan (1162-1227) fundador del primer Imperio mongol. Lo seguía Bill Gates, el más rico del globo entonces. Octavo estaba Alan Rufus (1040-1093), sobrino de Guillermo el Conquistador, a quien se unió en la conquista de Normandía. Luego, John D. Rockefeller (1839-1937) que, con Standard Oil, llegó a controlar el 90 % de la producción petrolera norteamericana.

En sexto lugar aparece Andrew Carnegie (1835-1919), el norteamericano más rico de la historia. Vendió su compañía, US Steel, a JP Morgan por US$ 480.000 millones, equivalente al 2,1 % del PIB del país. Luego aparece Stalin, el todopoderoso de la URSS, a la que controlaba totalmente cuando tenía una riqueza correspondiente al 9,6 % del PIB global. 

En el cuarto puesto estaba Akbar I (1542-1605), de la India, que controló el Imperio mogol cuando representaba un cuarto del PIB mundial. Luego, el emperador chino Song Shenzong (1048-1085), que dominaba un imperio que producía el 25 % del PIB mundial.

El segundo personaje más rico de la historia habría sido César Augusto (63 a. C. – 14 d. C.). No solo estuvo a cargo del Imperio romano, que llegó a representar casi el 30 % del PIB global, sino que se habría hecho con una quinta parte de la economía imperial. Y, finalmente, Mansa Musa de Malí (1280-1337), rey de Tombuctú y el mayor productor de oro del mundo y, por tanto, la persona más adinerada de la historia, según Rudolph Ware de la Universidad de Michigan.

De esta lista, al menos siete hicieron su fortuna por fuera del mercado, utilizando las armas, la coacción del Estado. Los otros, empresarios privados, la consiguieron en base a privilegios que les dio el gobierno “regulando” –imponiéndose coactivamente- el mercado a su favor. Por caso, Microsoft se enriqueció gracias a las leyes de “copyright” que otorgan el monopolio de una idea al más rápido en llegar a la oficina de patentes.

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Alejandro A. Tagliavini

Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

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