OpiniónColumnas

¿Es el capitalismo el nuevo valor universal?

Poptun

La semana pasada, Donald J. Trump asumió nuevamente la presidencia de Estados Unidos, marcando el inicio de una nueva etapa para ese país. Sin embargo, lo que más llamó la atención durante su toma de posesión fueron los rostros que ocuparon las primeras filas del evento, entre ellos: Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg, tres de los hombres más ricos del mundo. Su presencia no es un detalle menor; simboliza el rumbo que Estados Unidos parece estar adoptando: una nación donde el poder del capitalismo se impone, cada vez más, sobre los valores democráticos.

Estados Unidos ha desempeñado históricamente un papel crucial como defensor global de la democracia, especialmente durante las dos guerras mundiales. En la Primera Guerra Mundial, promovió la autodeterminación y un orden internacional sustentado en ideales democráticos. Posteriormente, durante la Segunda Guerra Mundial, fue fundamental para derrotar a las potencias del Eje, que representaban una amenaza directa a los valores de libertad y democracia en el mundo.  En la actualidad, sigue proyectándose como un defensor de la democracia, promoviendo elecciones libres, derechos humanos y el Estado de derecho, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Sin embargo, la presencia de estos magnates en la ceremonia de toma de posesión subraya una pregunta fundamental: ¿Estados Unidos sigue siendo el gran defensor de la democracia o ahora prioriza el capitalismo global como su principal bandera? Aunque en su discurso Trump habló de “fortalecer los valores estadounidenses”, sus acciones previas y el simbolismo de esta toma de posesión sugieren que el eje rector de su gobierno será la expansión económica, incluso si esto implica sacrificar los ideales democráticos.

En la narrativa tradicional, la democracia y el capitalismo han sido inseparables. Ambos sistemas se promocionaron como modelos complementarios, donde la libertad de elección política iba de la mano con la libertad económica. Sin embargo, en las últimas décadas, el capitalismo ha adquirido una autonomía tal que, lejos de depender de las instituciones democráticas, a menudo las supera o incluso las socava.

El capitalismo global, representado por figuras como Musk, Bezos y Zuckerberg, no se rige por fronteras ni ideologías. Estos hombres no responden a los votantes, sino a los mercados y accionistas. Musk lanza satélites para conectar al mundo, Bezos redefine el comercio global y Zuckerberg controla gran parte del flujo de información digital. Sus logros son innegables, pero también lo es el poder que han acumulado, un poder que trasciende a los gobiernos democráticos y, en ocasiones, los eclipsa.

La presencia de estos magnates en la toma de posesión de Trump refleja el pragmatismo que ha caracterizado su visión del liderazgo. Para Trump, la democracia no es un ideal en sí mismo, sino una herramienta que puede moldearse para servir a intereses económicos. Esto quedó claro durante su primer mandato, cuando priorizó acuerdos comerciales sobre los derechos humanos y estableció relaciones cercanas con líderes autoritarios.

La relación de Trump con el poder económico no es nueva, pero su regreso al poder en un contexto global post-pandemia y de crisis climática es particularmente revelador. Mientras el mundo enfrenta desafíos que requieren soluciones colectivas, el mensaje de esta toma de posesión es claro: el capitalismo, y no la democracia, será el motor principal de Estados Unidos.

Este enfoque no es exclusivo de Trump, pero él lo encarna de manera extrema. Bajo su liderazgo, Estados Unidos ha redefinido su papel global. Ya no se presenta como el paladín de la democracia, dispuesto a intervenir en cualquier parte del mundo en nombre de la libertad. Ahora, es un país que prioriza el comercio, las inversiones y la competitividad global, incluso si esto significa hacer alianzas incómodas o mirar hacia otro lado frente a violaciones a los derechos humanos.

La imagen de Trump en su toma de posesión, rodeado por Musk, Bezos y Zuckerberg, es poderosa y simbólica. Es un recordatorio de que el poder en el siglo XXI no está exclusivamente en manos de los gobiernos, sino también en las corporaciones y los individuos que las controlan.

La pregunta clave, tanto para Estados Unidos como para cualquier país, es si es posible construir un modelo donde la democracia y el capitalismo se complementen en lugar de competir. La respuesta a esta pregunta definirá no solo el legado de Trump, sino también el futuro de las relaciones entre ambas naciones y el bienestar de millones de personas en el mundo.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más de la autora:

Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

Avatar de Mireya Batún Betancourt