OpiniónColumnas

Incoherencias ideológicas

Zoon Politikón

Maná no trabaja con racistas. Así lo anunció el conjunto musical después de que el cantante Nicki Jam respaldara públicamente a Donald Trump como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Sin embargo, el vocalista de Maná, Fher Olvera, apareció vistiendo una playera con el rostro del Che Guevara, conocido como el «carnicero de La Cabaña«, quien llegó a decir que los mexicanos eran una «bola de indios iletrados».

En Bolivia, donde fue ajusticiado por militares, el Che Guevara afirmó que tanto allí como en Perú se podría utilizar a la “indiada”, ya que había miles de indígenas y eran fácilmente reemplazables. Para el comunismo, el individuo no tiene valor; solo la masa importa. De hecho, el propio Che sostenía que pensar como individuo era criminal, y que los jóvenes debían aprender a pensar en masa, es decir, a no razonar por sí mismos, sino a ser ideologizados.

En cuanto a la población negra, el Che Guevara sostenía que su color era resultado de un «desapego al baño». Además, los describía como «indolentes, soñadores y frívolos», y afirmaba que se gastaban el dinero en emborracharse. Los contrastaba con los europeos, a quienes atribuía una cultura de trabajo y ahorro, sugiriendo así una supuesta supremacía cultural y étnica.

El uso de la imagen del Che Guevara por parte de artistas influyentes tiene un impacto cultural profundo, ya que estas figuras moldean la opinión pública, especialmente entre los jóvenes. La popularización de su figura simplifica la narrativa histórica, presentando a Guevara como un héroe incuestionable y favoreciendo la desinformación. Además, fomenta una «cultura de íconos», donde el valor simbólico supera la verdad histórica, trivializando las atrocidades que cometió y debilitando los esfuerzos actuales para combatir el autoritarismo y la represión.

Pero eso no es todo. El Che Guevara también instauró las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, conocidas como UMAP, como parte del régimen comunista que impuso el servicio militar obligatorio para los varones. Este patriarcado, que según las feministas nos oprime, era visto como una forma de resguardar las vidas de los hombres, pero no aplicaba para aquellos con atracción hacia el mismo sexo. En las universidades, las mujeres revolucionarias les pasaban un algodón a los hombres para ver si llevaban maquillaje. Si lo tenían, eran enviados a campos de trabajo forzado. Esto afectaba, por ejemplo, a estudiantes de teatro, quienes, simplemente por estar maquillados, eran castigados con trabajos forzados. Es irónico pensar que, en un contexto progresista actual, donde se alienta la libertad para que los hombres se maquillen, esto sería inconcebible. Sin embargo, en la Cuba comunista, era una realidad.

En la cultura popular, los símbolos se destacan por ser fácilmente reconocibles y condensar ideas complejas. El rostro del Che Guevara, convertido en ícono de resistencia, aparece en camisetas y posters, pero muchas veces sin cuestionar lo que realmente defendía. Esta desconexión entre su imagen y los hechos históricos permite moldear su legado sin considerar sus contradicciones. La industria cultural ha comercializado su imagen como símbolo de rebeldía, despojándolo de su contexto histórico y reduciendo su complejidad a un estereotipo que glorifica figuras controvertidas sin una revisión crítica.

El socialismo del siglo XXI ha cambiado su enfoque. Ya no es guerrillero ni busca una lucha armada; ahora apunta a las mentes, no a las armas. Por eso, no necesita hombres fuertes y combativos, sino más bien emasculados, porque no tolera la resistencia. Mucho menos a un hombre viril dispuesto a proteger su patria, ya que no es funcional al globalismo, que nos prefiere aminados y debilitados.

Es importante destacar que el Che Guevara no es el héroe que muchos nos han hecho creer, sino todo lo contrario. Para quienes deseen profundizar en su verdadera historia, recomiendo el trabajo de Nicolás Márquez, quien viajó personalmente a Cuba, donde incluso fue detenido. Allí escribió sobre el «canalla» y el «carnicero de La Cabaña».

Como complemento a lo expuesto en este artículo, es crucial subrayar la contradicción inherente en la postura de quienes, como el vocalista de Maná, critican abiertamente el racismo mientras rinden tributo a figuras históricas que, como el Che Guevara, han expresado opiniones profundamente racistas y despectivas hacia ciertos grupos étnicos y culturales. Esta incoherencia no solo socava la legitimidad de sus críticas, sino que también pone en evidencia una falta de conocimiento más profundo sobre las personas y símbolos que se eligen para representar ideales de justicia social.

Además, es necesario recordar que los crímenes de Guevara no se limitan a declaraciones desafortunadas o prejuicios personales. Sus acciones como líder revolucionario, como el establecimiento de campos de trabajo forzado para disidentes y minorías sexuales, constituyen claras violaciones a los derechos humanos. Reivindicar hoy a una figura que promovió y ejecutó tales políticas represivas es un peligroso acto de blanqueamiento de su legado. Este tipo de romantización no solo distorsiona la verdad histórica, sino que perpetúa modelos autoritarios que, en su momento, justificaron la represión bajo el pretexto de una ideología.

Por otro lado, es fundamental destacar que el socialismo que Guevara promovía, basado en la lucha armada y el control totalitario, no solo deshumanizaba a quienes pensaban diferente o no encajaban en su visión revolucionaria, sino que también fomentaba una cultura de violencia y sumisión colectiva. En este sentido, utilizar su imagen como símbolo de libertad o igualdad resulta incoherente, ya que sus propuestas y acciones iban en una dirección contraria a esos valores.

Finalmente, la apropiación cultural que se realiza al portar imágenes del Che Guevara sin un análisis consciente de su legado también revela una preocupante falta de responsabilidad moral. Así, la crítica al racismo, al patriarcado o a cualquier forma de opresión pierde fuerza cuando se idolatra a figuras que, en la práctica, contribuyeron a perpetuar dichas dinámicas opresivas.

En definitiva, es crucial que, al reivindicar figuras históricas, se haga con un análisis consciente y riguroso. Solo así se evitará la perpetuación de símbolos que, lejos de representar valores morales, esconden tras de sí un legado de opresión y violencia.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:

Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

Avatar de Edgar Wellmann