OpiniónColumnas

Guatemala no sabe quién es

Generación de Cristal

De Guatemala se han escrito libros celebrándola por su belleza natural, su posición geográfica, su clima, la amabilidad de su gente. Salga a preguntarle a cualquiera en el Parque Central sobre esto y le dirá más o menos lo mismo. Seguro presumirá de varias de las características antes mencionadas. Pero pregúntele sobre nuestra historia, sobre nuestros ideales, nuestra identidad, hacia dónde vamos… y verá que no tiene idea de quién es Guatemala.

Pese a nuestras virtudes evidentes, somos un país sin rumbo. No es que nos falte talento, recursos o voluntad, sino que hemos dejado de imaginar un proyecto colectivo que nos una más allá de la supervivencia. Gritamos al aire que necesitamos más seguridad, mejores oportunidades laborales, mejor salud, pero, sin una visión común, ¿A dónde nos lleva eso? Son necesidades urgentes, claro. Dudo que alguien se atreva a negar que flaqueamos muchísimo en proveer condiciones dignas a la mayoría de la población. Pero, aun así, es necesario algo que sostenga todo el esfuerzo. Un proyecto, una visión, un ideal. En palabras de José Ingenieros, una hipótesis perfectible.

Una analogía que permite comprenderlo es un soldado en guerra. Piense sobre qué lo motiva a seguir luchando en condiciones terribles. Tras analizarlo, lo más seguro es que responderá que es «el instinto de supervivencia». Parece una respuesta lógica y coherente, pero no es la correcta. El principal motivador para seguir luchando no es la supervivencia de uno mismo, sino algo más grande: un ideal de nación, de comunidad. Se lucha por un pueblo, una familia, una gente. Sin algo que lo trascienda, incluso el instinto de sobrevivir se agota. Es eso lo que hoy nos ocurre como país. Luchamos por nosotros, y quizá por nuestra familia, pero por nadie más.

Ya no tenemos razones para luchar por una mejor nación. Y es que, en realidad, ¿cómo hacerlo si no hay un proyecto común? Toda acción solo tiene sentido conforme a lograr algo y, además, es solo cuando nos importa esa meta que trabajamos con fuerza para conseguirla. Todo el mundo conoce la historia de un fumador que, después de años de intentarlo, deja su vicio en el momento que tiene hijos: ahora tiene algo más allá de sí mismo por el que luchar. Es justo ese sentido de responsabilidad colectiva lo que le falta a Guatemala. Sin este, solo sobrevivimos. No hay comunidad, no hay unión, no hay construcción. Es solo cuando hay una meta poderosa, un ideal, que se pueden cambiar las cosas de raíz.

Lo peor es que en cuanto notamos esa falta de identidad, no respondemos con la ambición de desarrollarla, sino más bien con lo opuesto: la conclusión automática y derrotista de que nunca la tuvimos. Como sí admitir que no sabemos quiénes somos nos diera permiso para ignorarlo. Ese pesimismo disfrazado de lucidez esconde, con ironía, un desconocimiento aún mayor de nuestra historia. Hace poco más de cien años, en 1917, inició una crisis gigantesca en Guatemala. Primero, sucedió una seguidilla de cuatro terremotos que dejaron la ciudad devastada. Segundo, entre 1918 y 1919, llega al país la Gripe Española y la pandemia de la Fiebre Amarilla, dejando, según estimaciones, entre 75,000 y 150,000 mil muertos. Por último, del lado político, llevábamos más de veinte años sufriendo una dictadura por parte de Manuel Estrada Cabrera. Y en medio de todo eso, llega 1921, y estallaron diez días de festejos por el centenario de nuestra Independencia.

Ahora, un siglo después, encontramos una absoluta indiferencia. ¿Cuántos festejos hubo por el bicentenario? ¿Cuántos días salimos a las calles? Ninguno. Hace cien años cruzábamos terremotos, pandemias, una dictadura. Y, aun así, salimos a celebrar diez días por la patria. Teníamos ideales. Hoy tenemos libertad, presupuesto, redes sociales… y no hicimos nada. No porque no podíamos, sino porque ya no sabíamos por qué hacerlo.

Es difícil pensar en qué hacer, pero es por eso exactamente que debemos hacerlo. No hay que esperar a que se hagan políticas de Estado que fomenten la identidad si sabemos que no va a pasar. Somos nosotros los que debemos construir. Vayamos a una biblioteca y leamos sobre nuestra historia. Viajemos a nuestros pueblos y escuchemos las historias de los ancianos. Enseñémosles a nuestros hijos no solo a sobrevivir, sino a construir Guatemala. Busquemos un futuro en el que un niño, en un rincón olvidado del país, pueda responder «sí, yo conozco Guatemala, y es allí a donde va».

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:

Ian André Castillo Morales

Estudiante de Comercio y Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco Marroquin.

Avatar de Ian André Castillo Morales