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Independencia también es no dejarse manipular

Poptun

Hoy Guatemala amanece vestida de azul y blanco. Las calles se llenan de banderas, las bandas escolares afinan sus instrumentos y miles de niños esperan el momento de salir a desfilar. Anoche, las antorchas recorrieron calles, barrios y carreteras llevando consigo una tradición que, más allá de su significado histórico, se ha convertido en una de las expresiones más arraigadas del sentimiento patrio. Es 15 de septiembre y Guatemala celebra 205 años de independencia.

Pero quizá, precisamente por eso, esta fecha debería invitarnos a preguntarnos ¿qué significa realmente ser independientes?

La pregunta no es menor. La independencia que celebramos cada año suele reducirse a recordar un acontecimiento ocurrido en 1821, cuando Guatemala dejó de estar bajo el dominio de la Corona española. Repetimos fechas, nombres y acontecimientos históricos, pero pocas veces nos preguntamos si aquella aspiración de libertad tiene alguna expresión en nuestra vida cotidiana. ¿Somos realmente independientes cuando pensamos, cuando tomamos decisiones, cuando recibimos información? ¿O también podemos ser manipulados hasta creer que pensamos por nosotros mismos?

El pasado 11 de septiembre, mientras algunos colegios realizaban sus actividades y desfiles patrios, distintos bloqueos afectaron calles de la ciudad y carreteras del interior de la República. Miles de guatemaltecos quedaron atrapados en el tráfico y muchos niños que habían preparado durante semanas sus actividades de independencia vieron alterados sus planes. Para un adulto puede parecer un inconveniente más; para un niño que esperaba marchar frente a sus padres, participar con su banda o lucir orgullosamente su uniforme, puede significar perder un momento que llevaba tiempo esperando.

La protesta social es un derecho y nadie debería desconocerlo. En una democracia, las personas tienen derecho a manifestar su inconformidad y exigir respuestas frente a aquello que consideran injusto. Pero los derechos no pertenecen únicamente a quienes protestan. También existen para quienes necesitan circular, trabajar, estudiar, acudir a una cita médica, atender una emergencia o simplemente regresar a casa. Una sociedad democrática debería ser capaz de sostener ambas verdades al mismo tiempo.

El problema comienza cuando dejamos de buscar soluciones y empezamos únicamente a buscar culpables. Cuando aumenta el precio de los combustibles, por ejemplo, la explicación más sencilla suele ser señalar inmediatamente al Gobierno. Es comprensible la molestia ante el aumento del costo de la vida, pero una cosa es exigir al Ejecutivo que actúe dentro de sus competencias y otra atribuirle el control absoluto de un mercado condicionado por factores internacionales.

El precio de los combustibles no se determina exclusivamente en Guatemala. Las guerras, las tensiones geopolíticas, la producción mundial, la oferta y la demanda y las decisiones de grandes actores internacionales tienen consecuencias que terminan llegando al bolsillo del consumidor. Un gobierno puede adoptar medidas, fiscalizar, explicar y actuar dentro de sus posibilidades, pero no puede controlar a voluntad aquello que ocurre en los mercados internacionales. Decirlo no significa defender al Gobierno. Significa exigirle responsabilidad por aquello que realmente está bajo su responsabilidad.

Esa distinción, tan sencilla en apariencia, es cada vez más difícil de hacer en una sociedad acostumbrada a reaccionar antes de comprender.

Vivimos en una época en la que la información viaja mucho más rápido que nuestra capacidad para verificarla. Una publicación puede despertar indignación en segundos. Una fotografía puede circular sin contexto. Un video puede presentarse como prueba de algo que nunca ocurrió de la manera en que se cuenta. Una acusación puede alcanzar a miles de personas antes de que alguien tenga oportunidad de comprobarla.

Y nosotros participamos de ese mecanismo. Compartimos aquello que confirma lo que ya pensamos. Creemos con mayor facilidad aquello que nos indigna y rechazamos automáticamente lo que contradice nuestras convicciones. Poco a poco dejamos de informarnos para comenzar a buscar confirmación.

Ese es uno de los grandes peligros de nuestro tiempo: que alguien consiga manipularnos sin necesidad de obligarnos a nada. Basta con decirnos qué debemos temer, qué debemos odiar, quién es el enemigo y quién es el culpable. Entonces dejamos de pensar y empezamos a reaccionar. La manipulación más eficaz no es aquella que consigue cambiar nuestra opinión, sino aquella que consigue que dejemos de hacernos preguntas.

Por eso la independencia también debe ser individual. No basta con que un país sea políticamente independiente si sus ciudadanos están dispuestos a entregar su criterio a cualquiera que tenga la capacidad de provocarles miedo, rabia o indignación.

Ser independiente hoy significa pensar por cuenta propia. Significa no compartir una noticia únicamente porque coincide con nuestras ideas y cuestionar incluso aquello que queremos creer. Significa poder criticar al Gobierno sin atribuirle responsabilidades que no le corresponden, pero también reconocer sus errores cuando sí le corresponden. Significa estar en desacuerdo con una protesta sin despreciar a quienes protestan y defender el derecho a manifestarse sin considerar enemigos a quienes resultan afectados.

La democracia no consiste en que todos pensemos igual. Consiste en que podamos pensar diferente sin convertirnos en enemigos.

Quizá por eso las celebraciones de estos días tienen un significado que va mucho más allá de las antorchas y los desfiles. Cuando las llamas recorren las calles y los niños salen a marchar con sus banderas, deberíamos recordar que la libertad que celebramos no pertenece solamente al pasado. También nos compromete en el presente: a exigir sin destruir, a protestar sin atropellar, a cuestionar sin odiar y a informarnos antes de indignarnos.

Guatemala no necesita ciudadanos obedientes, pero tampoco ciudadanos permanentemente indignados. Necesita ciudadanos libres. Libres para cuestionar al poder, pero también para cuestionar a quienes cuestionan al poder. Libres para defender una causa, pero también para reconocer cuando esa causa comienza a perjudicar injustamente a otros. Libres, sobre todo, para no permitir que alguien más decida por nosotros quién merece nuestro miedo, nuestro enojo o nuestro desprecio.

Hace 205 años, Guatemala quiso decidir su propio destino. Hoy la independencia nos plantea otro desafío: decidir qué hacemos con nuestra propia conciencia. Porque las cadenas ya no siempre son visibles. Algunas se construyen con miedo, otras con desinformación y otras con polarización. Algunas son tan sutiles que creemos estar ejerciendo nuestra libertad cuando, en realidad, simplemente estamos repitiendo la opinión que alguien más consiguió instalar en nuestra cabeza.

Este 15 de septiembre, mientras las bandas escolares llenen las calles y miles de banderas ondeen en todo el país, vale la pena mirar la independencia desde otra perspectiva: no solamente como el recuerdo de una nación que dejó de obedecer a una potencia extranjera, sino como la responsabilidad permanente de una ciudadanía que se niega a obedecer ciegamente cualquier relato.

Porque ser independiente también es tener el valor de detenerse, preguntar, verificar y pensar. Pensar antes de compartir. Pensar antes de acusar. Pensar antes de odiar.

La independencia de Guatemala comenzó hace 205 años. La nuestra, como ciudadanos, comienza cada vez que decidimos no dejar que otro piense por nosotros.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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