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EL YO MÚLTIPLE: COSMOVISIÓN DEL SER EN LAS LENGUAS ANCESTRALES

Ventana Cultural

¿Es posible concebir el ser sin nombrarlo mediante un equivalente directo de «ser»?

La pregunta parece sencilla, pero abre una puerta hacia algo más profundo: una lengua no solo sirve para comunicarnos; también organiza nuestra manera de mirar el mundo y de responder a una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿quién soy?

El estudio de las lenguas en El Salvador parece haber dejado en segundo plano su pasado nativo y, con él, la diversidad cultural heredada. Al reducir esa pluralidad al castellano, no solo se pierden palabras: también pueden perderse otras formas de organizar la experiencia.

Como señala Rafael Lara Martínez, la escasez de archivos lencas testimonia el desdén acumulado durante dos siglos de literatura monolingüe y el progresivo olvido de los sustratos ancestrales. María de Baratta también dejó constancia de la presencia del lenca como lengua de uso entre los indígenas, mientras el español aparecía principalmente en el contacto con los ladinos.

Las lenguas no solamente tienen distintas palabras para decir «yo». También organizan de manera diferente la relación entre quien habla, quien actúa, quien recibe la acción, aquello que se posee, lo que ha concluido y aquello que todavía está en proceso.

¿Qué significa ser?

En castellano, «yo soy» parece expresar una identidad definida: soy maestro, agricultor, escritor. El verbo «ser» parece colocar al individuo ante una identidad estable.

En inglés encontramos I y me, formas que permiten distinguir entre posiciones gramaticales del hablante. En francés aparecen je y moi, que también permiten observar distintas posiciones del Yo. No significa que la gramática determine por sí sola una filosofía, pero sí que cada lengua ofrece distintas posibilidades para representar al hablante.

Y al llegar a las lenguas ancestrales, esas posibilidades se multiplican.

Náhuat: quien actúa y quien recibe

En náhuat encontramos naja como pronombre independiente; ni-, ligado al verbo como sujeto, y nech-, asociado al participante que recibe la acción.

El Yo deja de aparecer únicamente como una identidad fija: puede ser quien actúa y también quien recibe. El ser adquiere movimiento.

Ch’ortí’: ser es hacer

En el ch’ortí’, lengua maya, determinadas formas gramaticales relacionan sujeto, acción y posesión. El análisis de Lara Martínez permite observar una concepción del Yo vinculada con la actividad: el sujeto no se define únicamente por lo que «es», sino también por aquello que hace.

La identidad deja así de parecer una etiqueta permanente y comienza a entenderse como una construcción. Ser es hacer.

Lenca: el ser como trayectoria

En las diferentes variedades del lenca, el Yo aparece asociado con proceso, posesión, recepción y conclusión. Unani/Uno funciona como pronombre independiente; -(k)on se relaciona con el sujeto en formas incompletivas, mientras U aparece vinculado con el objeto y la posesión. Las formas perfectivas introducen, además, la acción concluida.

Esto abre una pregunta fascinante: ¿pueden pertenecer la posesión y la recepción de una acción a una misma concepción del Yo?

El ser no aparece entonces como una sustancia inmóvil, sino como una trayectoria: comienza actuando, atraviesa distintos estados, puede concluir una acción y también situarse ante la negación.

No solamente soy.

Estoy siendo.

Cacaopera: el ser que habla y proyecta

En el cacaopera o kakawira, la documentación es mucho más escasa, por lo que cualquier interpretación debe hacerse con cautela. Sin embargo, las formas registradas relacionadas con yami/yamigi y determinados tiempos verbales permiten observar un Yo capaz de hablar de lo que hace, de lo que ha hecho y de lo que hará.

El Yo, por tanto, no queda encerrado en lo que ya fue. También existe como posibilidad, como proyecto.

¿Qué perdemos cuando desaparece una lengua?

La pregunta deja de ser únicamente lingüística.

Silenciar una lengua no significa perder solamente palabras. Puede significar perder determinadas maneras de organizar la experiencia, la identidad y la relación con el mundo. El estudio de estas lenguas permite observar que cada sistema lingüístico construye, de manera particular, una «cartografía de lo Real».

Por eso, recuperar las lenguas ancestrales no debería significar únicamente conservar vocabularios antiguos. Significa recuperar otras posibilidades de pensar.

Quizá por eso el Yo es múltiple.

No somos únicamente lo que somos. Somos también lo que hacemos, lo que recibimos, lo que poseemos, lo que concluimos, lo que negamos, lo que recordamos y aquello que todavía podemos llegar a ser.

El ser no es solamente el ente: es identidad, acción, recepción, proceso, posesión, memoria, proyecto, comunidad y mundo.

Y cuando una lengua desaparece, quizá no perdemos solamente la manera de decir «yo». Perdemos también una de las maneras posibles de comprender quiénes somos.

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Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

El arte siempre lo llevé de la mano con la literatura, me dediqué al teatro, a la danza por más de quince años, y a las artes marciales, ahora soy miembro de diferentes asociaciones y academias de poesía: Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana, donde participo con crítica literaria, Academia Nacional e Internacional de Poesía de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, América Madre, Unidos por las Artes, Movimiento Literario de Centroamérica, y locutora de la radio el barco del romance con el programa Una Ventana al Mundo, donde hablo de los viajes, la historia y la cultura, recito poemas y leo cuentos o fragmentos de otros autores y propios.

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