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La ausencia del silencio

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Pareciera ser que la vibración que se propaga en forma de ondas y que es percibida por el oído humano, no es permisible cuando no escuchamos lo suficiente o nada, algo así como una barrera, un muro, llamado silencio, que conlleva a la abstención de hablar, en el ámbito de la comunicación humana. 

Es muy cierto que el silencio colabora, ayuda a reflexionar en momentos que se requiere pensar, con el propósito de tener más claridad, diría de concentración para la elaboración de un proyecto, tarea, etc.; que, ante la posibilidad de algún ruido no esperado, la “musa se espante”.

Pero si por un momento “escondieses los problemas”, y te dedicaras a escuchar todo lo que proviene en cuanto a sonido, donde escuchas con atención – que a diferencia de oír (escuchar y oír, dos caras de una misma moneda) -, biológicamente se genera una tensión para decodificar el mensaje, y separar del significante (sonido) su mejor significado como puede ser el trinar de las aves, la lluvia cuando cae, el agua cuando avance a través del cauce, cuando la pluma o lápiz rasga su tinta o crayola sobre la superficie de la hoja, cuando las teclas de tu computadora/ordenador, tableta, teléfono son presionadas.

Para cualquier persona racional lo que pretenda escuchar debiera ser agradable, algo que lo haga sentir bien, por ejemplo, música cuya selección irá abalada por su estado anímico que le ocasionará un sinnúmero de satisfacciones vinculadas a recuerdos que pueden variar en el rango de las emociones, positivas (alegría, amor, felicidad, humor); de las negativas las cuales solemos evitar (ansiedad, miedo, ira, rechazo, tristeza, vergüenza), pero que no son tan sencillas de lograrlo. 

 ¿Y lo ideal que debiéramos descartar (lo más posible)? Evidentemente un sonido no deseado o molesto, al que llamaremos ruido, el cual se define en el contexto ambiental como «cualquier sonido que interfiera con la tranquilidad o que cause incomodidad o daño a la salud. En términos de comunicación, se refiere a cualquier señal no deseada que puede interferir con la transmisión o recepción de un mensaje.

Por ejemplo, hablar en voz alta (gritar) por parte del emisor, peor cuando es devuelta por el receptor; poner música estruendosa, que sobre pase los 100 decibeles – decibel unidad de medida del sonido (db) – siendo el caso de la sirena de una ambulancia (110), el de un iPod cuyo volumen máximo alcanza los 120 db; fuegos artificiales 160 db, por supuesto no permisibles que afectan a los oídos, aunque existen excepciones como el de un niño llorando que puede alcanzar los 120 db, comparable al ruido de un avión al despegar (¡What/Qué!), que tampoco deben dejar de atender (al niño/a) del porque el llanto.

Por supuesto tanto separar un sonido desagradable / agradable no resulta tan sencillo ya que ambos forman parte de nuestro entorno, donde habitamos, ¿sería posible evitar como parte de lo cotidiano: los vendedores ambulantes, los músicos callejeros, la música de los parlantes, los personajes populares que ofrecen sus productos y avisan su llegada con un sonido en particular (organillero, afilador de cuchillos, heladero, chinchinero, etc.), ¿las campanas de las iglesias?

Al parecer vivimos en un mundo donde tendremos que lidiar entre el mundano ruido – que no lo excluyo totalmente, ya que pueden resultar agradable teniendo en cuenta el factor cultural – y la búsqueda constante de los mejores espacios donde hacer florecer los mejores sentimientos. 

Y descartar

La escucha es el único sentido que no se puede «apagar», muestra de ello es que a media noche si se escucha una explosión, o una olla que cae de la cocina, nos despertamos. Es más, no podemos ver lo que hay detrás de la puerta cerrada, pero si podemos oírlo.

El músico y académico canadiense Murray Schafer, en la década de los ’70, acuñó el concepto de paisaje sonoro para referirse a los sonidos que nos rodean. Así como podemos ver un paisaje, este también tiene la cualidad de ser entendido a través de la escucha. La ciudad tiene una gran cantidad de estímulos sonoros, algunos interesantes y misteriosos, otros excesivamente fuertes y molestos (ruidosos), pero todos ellos construyen desde lo aural, lo que entendemos como el lugar que habitamos.

La música, única entre todas las artes, es a la vez completamente abstracta y profundamente emocional. No tiene la capacidad de representar nada particular o externo, pero sí una capacidad única para expresar estados o sentimientos interiores. La música puede atravesar el corazón directamente; no precisa mediación. Oliver Sacks – ‘Musicofilia’

Para mí la música es una de las herramientas más polivalentes que conozco, me acompaña gran parte del día y en diferentes momentos vitales. Entre sus funciones nos ayuda a comprendernos, nos da una vía de expresión y nos acerca a los demás. Durante este periodo de crisis seguro que ha formado parte de momentos importantes y seguramente habrá alguna melodía que se quede guardada en nuestra memoria como parte de esta etapa.

La conexión

La música nos ayuda a conectarnos con nosotros mismos y con los demás. En los conciertos podemos compartir una experiencia emocional con otras personas que están allí y no conocemos de nada. También, cuando cantamos podemos sentir emociones similares con los demás, un ejemplo muy común de ello es cantar el “cumpleaños feliz”. Los momentos de reunión se suelen acompañar de alguna melodía y son propicios para tocar instrumentos musicales. A veces salimos con amigos para escuchar música y bailar.

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Ernesto González Valdés

Nació en la ciudad de La Habana, Cuba y es nacionalizado Nicaragüense tiene estudios superiores de Licenciatura en Pedagogía y posgrados en Química Orgánica y elaboración de materiales didácticos.

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