
La Construcción de Valores como Desafío Actual
Ventana Cultural
Hace poco aludí al mito de la caverna de Platón. No abordaré la alegoría de forma directa, pero aún podemos verla en la vida cotidiana: la “cueva” hoy se manifiesta en las pantallas de los dispositivos y en la experiencia de habitar “mundos alternos” cuando ingresamos a las redes sociales. Allí se configura una “realidad” donde se amplifican conceptos que, en ocasiones, carecen de fundamento.
Lo fundamental en el ser humano es la educación: la capacidad de sacar lo mejor de cada quien para ponerlo al servicio de la comunidad. Cuando educamos en comunidad, asumimos la responsabilidad de la formación en valores; el ejemplo suele ser nuestro argumento más poderoso… y también el más gastado.
Ahora bien, no podemos educar en valores sin recurrir a ejemplos, y qué mejor que hacerlo mediante las historias y los relatos que nos llegan como ecos desde la historia y la naturaleza. Pueden ser mitos, leyendas o, simplemente, tradición oral.
En la antigüedad se enseñaba a través de relatos y mitos. En el continente americano contamos con múltiples tradiciones: los hermanos Ayar; Manco Cápac y Mama Ocllo; las hazañas de Hunahpú e Ixbalanqué en el Popol Vuh; además de innumerables mitos y leyendas propios de cada país. Europa también nos ofrece un vasto repertorio mítico, tejido por diversas culturas y civilizaciones.
Los mitos no son solo relatos fantásticos; constituyen un recurso pedagógico que transmite lo justo y lo injusto, ofreciendo modelos de conducta y advertencias sobre sus consecuencias. Lejos de haber desaparecido, persisten en la cultura contemporánea bajo nuevas formas: en los medios de comunicación, en las narrativas cinematográficas o en los héroes modernos que encarnan valores colectivos. Basta pensar en películas como Matrix, por citar un ejemplo.
Al mismo tiempo, el mito permanece como metáfora de la búsqueda de la verdad frente a la apariencia. Nos recuerda que, aunque cambien las formas del relato, seguimos necesitando historias que iluminen el camino entre ilusión y realidad, y que, más allá del entretenimiento, dejen una enseñanza.
La paideia griega concebía la educación como un proceso integral orientado a la formación del carácter y a la búsqueda de la virtud, entendida como la capacidad de obrar bien en la vida pública y privada. En contraste, la educación actual oscila entre el desarrollo de competencias técnicas y la —a veces relegada— necesidad de fortalecer la formación ética. En este escenario, escuela y familia mantienen un papel fundamental: son los espacios donde se transmiten y practican valores como la justicia, la solidaridad y el respeto, indispensables para sostener una convivencia justa en sociedades cada vez más complejas.
Entre los elementos que deben prevalecer en toda sociedad, la justicia es un horizonte indispensable para la vida en comunidad. No conviene confundir la justicia como marco normativo con la igualdad ante la ley que todas las personas deberían disfrutar en la práctica. Las desigualdades económicas, la discriminación de género, el racismo, la exclusión digital o los abusos contra el medio ambiente evidencian la distancia entre lo que está escrito y lo que realmente se vive. Frente a ello, la educación —más allá de la instrucción académica— cobra un papel esencial: permite interpelar esos desequilibrios y despertar la conciencia crítica necesaria para transformarlos.
En esta tarea, mito, educación y justicia se entrelazan. El mito, como relato fundacional, inspira valores y ofrece modelos simbólicos sobre lo correcto y lo incorrecto. La educación actúa como mediación, transmitiendo y adaptando esos valores a nuevas realidades sociales. La justicia, como valor central, orienta dicho proceso y recuerda que la finalidad última de la formación no es solo el dominio técnico, sino también la construcción de una convivencia basada en la equidad y el respeto.
En suma, sin una educación consciente los valores quedan a merced de mitos distorsionados que perpetúan apariencias y desigualdades. La propuesta es clara: formar ciudadanos críticos, capaces de distinguir entre sombras y realidades; de reconocer cuándo una narrativa sostiene la injusticia y cuándo ilumina el camino hacia la verdad. Solo así podremos avanzar en la construcción de valores sólidos que impulsen una justicia más humana y efectiva.

Le invitamos a leer más de la autora:



