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América Latina ante el nuevo orden geopolítico

EL NUEVO TABLERO LATINOAMERICANO: CHINA REESCRIBE LAS REGLAS DEL JUEGO

¿Cuándo perdió Estados Unidos el control de su «patio trasero»? No con un golpe dramático ni con declaraciones incendiarias, sino con la construcción silenciosa de puertos, la instalación de antenas 5G y el pragmatismo comercial de una potencia que construye mientras otros amenazan. La cifra es elocuente: China concentra más de la mitad de las entregas navales globales y supera el 70% del orderbook mundial en construcción naval; Estados Unidos tiene una participación marginal en construcción comercial. Entre ambos extremos se escribe la historia de cómo América Latina dejó de ser zona de influencia exclusiva para convertirse en el tablero donde Beijing mueve sus piezas con la paciencia estratégica que caracteriza al pensamiento oriental. La reciente llegada de Donald Trump a su segundo mandato encuentra una región profundamente transformada, donde los gritos desde Washington ya no bastan para revertir quince años de inversión sistemática china.

Desde una perspectiva geopolítica, la influencia no se mide en discursos sino en acero y concreto. El mega-puerto de Chancay en Perú, inaugurado en noviembre de 2024 con inversión inicial superior a 1,300 millones de dólares y planes de expansión que podrían triplicar esa cifra, reducirá el tiempo de tránsito marítimo entre América del Sur y Asia de 35 a 25 días. No es casualidad que COSCO, empresa estatal china, lo opere: quien controla los puertos controla el flujo de mercancías, y quien controla el flujo de mercancías controla el comercio mundial. Estimaciones académicas sitúan los proyectos chinos de infraestructura en América Latina entre 2005 y 2024 en torno a 130,000 millones de dólares, concentrados en ferrocarriles, hidroeléctricas, metros urbanos y conectividad digital. El contraste es instructivo: Washington amenaza con aranceles; Beijing firma contratos.

En primer lugar, conviene entender algo antes de celebrar o lamentar esta reconfiguración: la dependencia del siglo XXI no se construye con tanques, sino con servidores, antenas y algoritmos. Chile, Brasil y Uruguay muestran ventaja relativa en digitalización económica en la región. ¿Con qué infraestructura digital? Proveedores chinos como Huawei y ZTE son actores principales en la infraestructura de telecomunicaciones de Brasil, Argentina, Chile y Colombia. Cuando la red que sostiene tu economía digital depende significativamente de tecnología china, la soberanía tecnológica se convierte en una ilusión cómoda. La construcción naval es la metáfora perfecta de este desplazamiento: incluso en sectores estratégicos, las cadenas de suministro globales —donde China pesa decisivamente— limitan la autonomía industrial de Occidente. China no solo construye más de la mitad de los barcos del mundo; controla las cadenas de suministro que hacen posible la economía global.

Paralelamente, China no solo compite con infraestructura física sino con arquitectura financiera alternativa. Mientras Estados Unidos usa el dólar como arma de sanciones, China ofrece swaps de divisas en yuanes que permiten comerciar sin depender del sistema SWIFT controlado desde Washington. Argentina renovó swap por 5,000 millones de dólares con Beijing en abril de 2025; Brasil negocia comercio bilateral en yuanes. La desdolarización no es retórica: es una realidad gradual que erosiona la palanca histórica del poder estadounidense. Cuando los países pueden comerciar sin pasar por Nueva York, el alcance de las sanciones se reduce proporcionalmente.

Desde el punto de vista político, América Latina ofrece a China una ventaja estratégica: la fragmentación ideológica. El mapa político de 2025 muestra una región dividida entre gobiernos de izquierda y de derecha, sin capacidad de coordinación efectiva. Para Beijing, esto no es problema sino oportunidad: China no pregunta por sistemas políticos, derechos humanos ni condiciones democráticas. Pregunta cuánto litio tienes, dónde construye el puerto y cuándo firma el contrato. Venezuela chavista recibe préstamos por petróleo que superan los 60,000 millones de dólares; Argentina bajo Milei renueva swaps pese a retórica anticomunista; Chile profundiza tratados independientemente del color político. El pragmatismo chino neutraliza la ideología latinoamericana.

Ante esta coyuntura, el World Economic Forum identifica la confrontación geoeconómica como el riesgo número uno a corto plazo para 2026. América Latina se encuentra entre una potencia que busca recuperar influencia mediante aranceles y amenazas, y otra que ya instaló la infraestructura física y digital que define la economía del siglo XXI. ¿Qué sucede si Estados Unidos sanciona países con puertos operados por empresas estatales chinas? ¿Qué pasa si Beijing corta acceso a tecnología 5G? ¿Qué ocurre si la tensión por Taiwán obliga a elegir bandos? Las regiones atrapadas entre potencias en conflicto no negocian condiciones: las sufren.

El regreso de Trump promete aranceles masivos y retórica del «America First». Pero China lleva quince años de ventaja, y la infraestructura no se construye con amenazas. El comercio entre China y América Latina alcanzó 489,000 millones de dólares en 2023, mientras que con Estados Unidos superó el billón de dólares según datos aduaneros regionales. La brecha con China se reduce consistentemente cada año. Más revelador aún: mientras China invierte en puertos y redes de telecomunicaciones, Estados Unidos ofrece programas antinarcóticos y condicionalidades democráticas que la región interpreta como injerencia. La pregunta no es si Estados Unidos puede recuperar influencia, sino si está dispuesto a competir con inversión y no solo con intimidación.

En ese sentido, América Latina enfrenta tres opciones, ninguna cómoda. Puede alinearse con Estados Unidos y arriesgar aislamiento de mercados asiáticos; puede alinearse con China y enfrentar sanciones occidentales; o puede intentar un balance pragmático que requiere coordinación regional inexistente. CELAC es declaración de intenciones sin capacidad ejecutiva; UNASUR colapsó por rivalidades ideológicas; la Alianza del Pacífico y MERCOSUR compiten en lugar de complementarse. Cada país negocia por su lado, debilitando el poder colectivo. China lo aprovecha; Estados Unidos se frustra.

Guatemala ilustra esta dinámica: depende de remesas estadounidenses que representan cerca del 19% de su PIB según datos de 2024, mantiene relaciones diplomáticas con Taiwán en coherencia con su tradición democrática, pero enfrenta una contradicción práctica: China se ha consolidado como actor comercial de primer orden sin vínculos diplomáticos formales. Esta esquizofrenia geopolítica no es sostenible, y cuando colapse, no será Guatemala quien decida los términos.

La historia nos ha enseñado que las regiones fragmentadas no negocian: son negociadas. Europa aprendió tras dos guerras mundiales y construyó instituciones que le dan voz común. Asia desarrolló mecanismos que permiten a países pequeños como Singapur proyectar influencia desproporcionada. América Latina repite el patrón del siglo XIX: fragmentación, rivalidades y subordinación a potencias externas. La respuesta no está en Washington ni en Beijing. Está en Buenos Aires, Brasília, México, Bogotá y Lima. ¿Estamos dispuestos a asumirlo? Si América Latina no construye capacidad de negociación colectiva, no será protagonista del nuevo orden: será su campo de batalla. La diferencia entre ambos escenarios no es semántica: es existencial.

Continuará…

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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