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La trampa de las competencias: La batalla invisible que América Latina ya está perdiendo

Zoon Politikón

Ciudad de Guatemala — La geopolítica del siglo XXI no se define por control territorial ni siquiera por dominio de recursos naturales bajo tierra. Se define por competencias humanas avanzadas y capacidad institucional para traducirlas en poder económico. Dos documentos recientes —el marco de la OCDE sobre competencias críticas para 2030 y el Repositorio Regional de Inversiones Chinas en América Latina del Núcleo Milenio ICLAC— revelan, al leerse en conjunto, una verdad incómoda que las élites latinoamericanas prefieren ignorar: la región entra tarde a un tablero ya configurado, sin las herramientas que definen el juego.

El marco «Learning Compass 2030» de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos no es manual pedagógico neutral sobre educación del futuro. Es mapa de poder que identifica qué competencias determinarán quién controla las cadenas de valor más rentables de la economía global. Las competencias críticas que identifica la OCDE no son herramientas de superación personal, sino vectores de poder: inteligencia artificial y aprendizaje automático, ciberseguridad de infraestructura crítica, análisis avanzado de datos masivos, tecnologías verdes para transición energética, pensamiento sistémico para gestionar complejidad, y capacidad de reconciliar dilemas que antes parecían irresolubles.

Quienes dominen estas competencias controlarán cadenas de valor globales, definirán estándares tecnológicos que otros deberán adoptar, y capturarán las rentas más sustanciales de la economía digital y verde. Quienes no las dominen quedarán relegados a eslabones de bajo valor: extracción de materias primas, ensamblaje de manufactura simple, prestación de servicios básicos.

Los datos son contundentes. Estados Unidos y China, y en menor medida Europa, concentran estas competencias de manera significativa. Según estimaciones del World Economic Forum para años recientes, China produce aproximadamente 4.7 millones de graduados STEM anuales, India cerca de 2.6 millones, Estados Unidos alrededor de 568,000, y América Latina entera aproximadamente 450,000. En inversión en investigación y desarrollo, las asimetrías son similares. China invierte 2.4% de su PIB, Estados Unidos 2.8%, Corea del Sur 3.2%, Israel 5.4%. América Latina promedia 0.7%.

El marco OCDE presupone infraestructura educativa funcional, ecosistemas de innovación conectados con sectores productivos, y Estados con capacidad de ejecutar política pública sostenida más allá de ciclos electorales. América Latina carece de estas tres condiciones. Adoptar el marco sin capacidad de apropiación estratégica no cierra brechas: las profundiza, porque forma talento que luego tiende a migrar hacia economías que sí pueden emplearlo productivamente.

China documenta la brecha, luego la aprovecha

Aquí es donde el segundo documento ofrece respuestas incómodas. El Repositorio Regional de Inversiones Chinas en América Latina, desarrollado por el Núcleo Milenio ICLAC de Chile en colaboración con The Inter-American Dialogue de Washington, mapea con precisión la Inversión Extranjera Directa china en Argentina, Chile y Perú entre 2003 y 2023. Los datos confirman algo crucial: China invierte estratégicamente en sectores donde América Latina carece de competencias para capturar valor agregado.

El comercio bilateral China-América Latina se multiplicó por 35 en dos décadas: de 14,000 millones de dólares en 2000 a 500,000 millones en 2022, según datos de CEPAL. Pero este crecimiento espectacular esconde asimetría fundamental en captura de valor. La inversión china se concentra en tres áreas: energía (40% del total), minería (30%) e infraestructura (20%). En todos los casos, el patrón es estructuralmente similar: China aporta capital y tecnología, América Latina aporta recursos naturales y mano de obra, China captura el valor agregado en procesamiento, refinación y manufactura final.

El caso del litio ilustra perfectamente esta dinámica. Chile y Argentina controlan más del 50% de las reservas mundiales de litio, el mineral crítico para baterías de vehículos eléctricos. En teoría, deberían estar en posición de poder equivalente a Arabia Saudita en la era del petróleo. En la práctica, exportan carbonato de litio —producto de procesamiento básico, valor relativamente bajo— mientras China refina hidróxido de litio —valor 3 a 5 veces superior— y fabrica baterías completas —valor 20 a 30 veces superior al carbonato inicial.

Chile y Argentina capturan menos del 15% del valor total de la cadena del litio. China captura más del 70%. ¿Por qué esta asimetría? No porque China imponga condiciones coloniales, sino porque Chile y Argentina carecen de tres elementos: las competencias técnicas para refinación avanzada, la escala industrial para fabricación competitiva de baterías, y las capacidades institucionales para imponer transferencia tecnológica como condición no negociable de inversión. China no extrae este valor mediante coerción. América Latina no puede capturarlo porque carece de las competencias que el documento OCDE identifica como críticas.

En energía, el patrón se repite con precisión similar. State Grid Corporation of China controla participaciones significativas en transmisión eléctrica chilena (27.79% de Transelec por 1,300 millones de dólares) y distribución (Chilquinta por 2,200 millones). Empresas chinas han construido 15 proyectos de energía renovable en Chile desde 2012. Chile captura inversión en infraestructura, pero no capacidades operacionales avanzadas. La gestión de redes inteligentes, la integración de fuentes renovables variables, el almacenamiento energético a escala permanece como conocimiento controlado por empresas chinas.

En infraestructura portuaria, el control chino es creciente y estratégicamente significativo. El megapuerto de Chancay en Perú, inaugurado en 2024 con inversión de 3,000 millones de dólares, está operado por COSCO Shipping. Terminales en Callao, proyectos en Mejillones, y participación en Buenos Aires dan a China presencia en puntos críticos de conectividad en ambas costas sudamericanas.

Margaret Myers, directora del Programa Asia & América Latina del Diálogo Interamericano y coautora del repositorio ICLAC, señala algo crucial: «La inversión china no está diseñada prioritariamente para desarrollar capacidades locales. Está diseñada para asegurar acceso a recursos, construir infraestructura de conectividad global, y crear vínculos de interdependencia que se traduzcan en influencia política”.

Tres países, un patrón común

El repositorio documenta diferencias importantes entre Chile, Argentina y Perú, pero todas operan dentro del mismo modelo estructural. Chile negocia desde mayor capacidad regulatoria relativa, con instituciones que funcionan con cierta previsibilidad. Aun así, ha permitido penetración china en sectores estratégicos sin exigir transferencia tecnológica significativa. Argentina negocia desde debilidad fiscal estructural, con historia de defaults recurrentes y necesidad considerable de capital. Perú muestra el caso más agudo: con 60% de sus exportaciones dependientes de China, seis presidentes en siete años, y fragilidad institucional extrema, carece prácticamente de poder de negociación.

Francisco Urdinez, director del Núcleo Milenio ICLAC y académico de la Universidad Católica de Chile, resume la dinámica con precisión: «Lo que estamos documentando no es simplemente inversión extranjera. Es construcción sistemática de dependencia estructural en ausencia de capacidad regional de coordinación o negociación estratégica. China negocia como Estado unitario con visión de décadas. América Latina negocia país por país, gobierno por gobierno, cada uno con horizonte de cuatro años”.

Esta asimetría temporal e institucional produce resultados predecibles. Las diferencias entre Chile, Argentina y Perú importan porque determinan márgenes de maniobra, pero ninguno de los tres ha logrado lo fundamental: construir capacidad nacional de captura de valor agregado en los sectores donde recibe inversión masiva.

Lo que revelan los dos documentos —OCDE e ICLAC— al leerse en conjunto es una convergencia crítica. El marco OCDE identifica las competencias que definirán poder económico futuro. Estados Unidos y China, y en menor medida Europa, las dominan significativamente. América Latina no. El repositorio ICLAC documenta cómo China aprovecha estratégicamente esta brecha para construir arquitectura de interdependencia: invierte en sectores donde América Latina carece de capacidades para capturar valor agregado, controla infraestructura estratégica, y extrae recursos mientras retiene conocimiento crítico.

Sin competencias propias, no hay negociación posible con ningún actor externo. Solo administración de dependencia. La pregunta no es con quién alinearse diplomáticamente, sino si se tiene capacidad institucional para convertir cualquier alineación en desarrollo nacional verificable. Sin esa capacidad, cualquier socio externo —Washington, Beijing, Bruselas— termina siendo vector de subordinación funcional, no de asociación estratégica mutuamente beneficiosa.

Ese vacío institucional es abstracto en el plano regional. En Guatemala, tiene nombre, costos concretos y decisiones inaplazables.

Continuará: Guatemala entre Washington, Beijing y el vacío institucional

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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