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Lazos Culturales III

Ventana Cultural

Cuando estudiamos la historia, solemos abordar a los pueblos precolombinos desde sus sistemas político, económico, religioso y social. Hablamos de grupos étnicos, de pueblos nativos, de culturas originarias; sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar con profundidad sobre el significado real de estos términos y sobre las implicaciones que tienen en nuestra identidad actual.

De ahí surge una pregunta fundamental: ¿qué es una etnia? Una de las definiciones más aceptadas la entiende como una población humana cuyos miembros se identifican entre sí a partir de una genealogía o ascendencia común, real o presunta, así como de lazos históricos, culturales, lingüísticos o simbólicos compartidos.

Tanto Centroamérica como el resto de Hispanoamérica —o Latinoamérica— poseen una herencia étnica profundamente diversa y rica. Mayas, aztecas, toltecas, olmecas, pipiles, xincas, lencas, chibchas, incas —por mencionar el tercer horizonte cultural peruano más conocido—, guaraníes, araucanos, mapuches, entre muchos otros, conforman este vasto mosaico cultural. Solo en Centroamérica existen más de 56 naciones indígenas, agrupadas en siete familias lingüísticas y tres lenguas únicas, una de las cuales es la lenca.

Todos los seres humanos tenemos un origen étnico. Muchos de nuestros ancestros llegaron durante los procesos de conquista, exploración y colonización de lo que hoy conocemos como Hispanoamérica. La llamada minoría blanca tiene, en su mayoría, un origen íbero, celta o nórdico; los mulatos y zambos poseen una ascendencia africana, producto de la diáspora forzada. Esta mezcla, lejos de ser homogénea, ha dado lugar a identidades complejas y diversas.

Numerosos pueblos, como los xincas o los lencas, perdieron en gran medida parte de su identidad cuando sus comunidades fueron renombradas por los españoles o por indígenas tlaxcaltecas aliados, utilizando términos del náhuatl, lengua que resultaba más fácil de pronunciar y recordar que los nombres originales xincas o lencas. En Guatemala persisten ejemplos como Santa María Ixhuatán, San Juan Tecuaco o Taxisco; incluso algunos departamentos conservan nombres en náhuatl en lugar del quiché o el kakchiquel, entre otras lenguas mayas. Algo similar ocurre con comunidades lencas que han logrado mantener su identidad en lugares como Lislique, Corinto, Tamanique, Arcatao o Anamorós, tanto en El Salvador como en Honduras y Nicaragua. En el Perú, tampoco cabe duda de que existe una profunda tergiversación de los nombres de lugares que originalmente fueron nombrados en quechua, aimara u otras de las más de cuarenta lenguas reconocidas.

Al observar a los pueblos originarios desde una mirada contemporánea, solemos recurrir a términos que nos resultan más familiares para intentar comprender realidades culturales distintas. Así, al analizar estructuras y filosofías espirituales indígenas, empleamos conceptos como “cofradía”, palabra de origen español, para describir prácticas que responden a lógicas propias. De este modo, intentamos explicar el mundo indígena a partir de categorías europeas, lo que muchas veces limita una comprensión auténtica.

En el contexto actual, resulta indispensable que las comunidades indígenas logren distinguir qué elementos forman parte de su patrimonio ancestral y cuáles provienen de la herencia española. Si bien los países hispanoamericanos comparten una herencia mestiza, esto no implica que las comunidades originarias deban diluir su identidad. La participación en rituales o tradiciones europeas, o la mestización cultural, no debería significar la pérdida de la memoria, la lengua ni el sentido de pertenencia que las define como pueblos.

Reconocer los lazos culturales que nos constituyen no implica negar la historia ni idealizar el pasado, sino comprenderlo con mayor honestidad. Nombrar correctamente, distinguir herencias y valorar las identidades originarias es un acto de responsabilidad cultural y educativa. Solo desde ese reconocimiento es posible construir sociedades más conscientes de su diversidad, más respetuosas de sus raíces y, sobre todo, más capaces de dialogar consigo mismas y con los demás. Entender quiénes fuimos y quiénes somos es el primer paso para decidir, con claridad y dignidad, quiénes queremos ser.

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Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

El arte siempre lo llevé de la mano con la literatura, me dediqué al teatro, a la danza por más de quince años, y a las artes marciales, ahora soy miembro de diferentes asociaciones y academias de poesía: Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana, donde participo con crítica literaria, Academia Nacional e Internacional de Poesía de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, América Madre, Unidos por las Artes, Movimiento Literario de Centroamérica, y locutora de la radio el barco del romance con el programa Una Ventana al Mundo, donde hablo de los viajes, la historia y la cultura, recito poemas y leo cuentos o fragmentos de otros autores y propios.

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