
Nuestros Niños
Antropos
CANCION DE CUNA
Porque no duermes
En la noche suave
Si tu reposo cabe
Entre mis manos?
Alaide Foppa, poeta guatemalteca.
Cada vez que me siento frente a mi computadora pensando en la escritura de un algo, veo desde la ventana, los árboles y ardillas que corretean de rama en rama. Los pájaros sobrevuelan y se acercan con agilidad a recoger algún pedacito de pan y trinan haciendo gorgojeos de un lado hacia otro.
Después de ver esta maravilla de la naturaleza, empiezo a rumiar poco a poco alguna idea para escribir. Hoy me asalta el tema de la niñez y sin poder escapar de los recuerdos infantiles de los pueblos donde crecí, se asoman en vivo y a todo color instantes de los ríos donde aprendí a nadar, de los cerros y las vegas por donde corríamos de carcajada en carcajada, los árboles frutales de los cuales comimos nances, mangos, zapotes, naranjas, jocotes o nísperos. Los juegos de niños de capirucho, trompo o arranca cebollas y a maestros en el aula procurando que nosotros, los alumnos pudieran aprender. Y sin embargo, aun en medio de la escasez de aquella vida pueblerina, nos sentamos en las sillas que se acoplan con el pupitre alimentados por un desayuno de huevos, frijoles, queso, tortilla y fresco. Y esto lo contrasto con la tristeza de que hoy abunda en la niñez como es la desnutrición. Se duermen en las clases y les cuesta traer la tarea escolar para otro día porque sus cuerpos están debilitados y además conviven en un entorno familiar lleno de pobreza material y pobreza educativa.
De esa cuenta, estamos rodeados por una niñez enflaquecida por el hambre y azotada por la violencia. Es un drama que está presente en casi todos los países del mundo. Y las causas de este deterioro humano, son diversas y múltiples. Pero lo que sí entendemos, es la ausencia de equidad que se impone con agresividad para que los niños y niñas no gocen la maravilla de la vida.
De ahí que las organizaciones mundiales y los Estados nacionales, frente a tantas tristezas que se acrecientan contra lo más sagrado de la humanidad como son los niños, han logrado emitir documentos que se convierten en políticas públicas para proteger a la niñez. Contamos con La Declaración de Ginebra de 1924 sobre los Derechos de los Niños, La Declaración de los Derechos del Niño del 20 de noviembre de 1959 y el Acuerdo Gubernativo del Gobierno de Guatemala que declara el 1 de octubre como Día del Niño. Estas declaraciones sin duda alguna marcan palabras para que se transforman en grandes orientaciones morales a favor de los infantes.
Soy del criterio, eso sí, que el Estado de Guatemala no debería celebrar el Día del Niño, porque desde hace décadas los han dejado abandonados. Antes bien, habrá que poner en práctica, lo que dicen estos documentos. De esa manera instituciones como el Ministerio de Salud, Educación, Desarrollo Social, alcaldías, de forma articulada y coherente, deberían encaminarse con una firme convicción sin demagogia, a la superación de los dramas de inequidad e ignominia contra la niñez que deambula por las calles en busca de afecto. No es justo, dije en algún escrito, que hoy tengan que recorrer esquinas oscuras en busca de alimentos, donde niñas se prostituyen en el flagelo de la descomposición social.
No hay ninguna duda, he dicho, que estos seres humanos marginados por la ausencia de equidad se conviertan en una señal lacerante que toca cada mañana, la puerta de nuestras conciencias para que sintamos de cerca el dolor de la niñez que aún vibra con la esperanza de la vida, porque ellos son los que más temprano que tarde, sostendrán el bordón de nuestro caminar. De tal suerte que el Estado y la sociedad, deben renovar los esfuerzos que permitan resguardar el tesoro de la vida humana que hiere hasta hoy día, la tierna piel de la niñez provocada por descuido social. De ahí, que deberíamos de preguntarnos si frente a una realidad lacerante, como lo es la inequidad, cabe el futuro de nuestra propia patria.
Porque los seres humanos, afirmé en otro escrito, logran alcanzar su perdurabilidad de lo que son capaces, no sólo de procrear, sino de formar conscientemente las nuevas generaciones que renuevan la vida humana. El papel de la educación ha consistido en transmitir conocimientos, valores e ideales que forjan a las personas del mañana.
Esto es lo que ha conducido a una especie de secreto compartido por todos los habitantes de la Tierra, de perdurar en la conciencia de nuestros herederos. Son ellos, los del futuro, quienes conseguirán que no se apague el fuego de la humanidad.

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