OpiniónColumnas

¿Otro San Juan Pablo II?

Idealis Mundi

El Papa León XIV, explicando la razón de su nombre, aseguró que: “la principal es porque León XIII, con la histórica Encíclica Rerum Novarum, afrontó la cuestión social…”. 

En esa Encíclica de 1891, afirmaba que es clarísimo el efecto de justicia, progreso, arraigo y paz que se sigue de la difusión más amplia posible de la propiedad privada, y que “ricos y proletarios” se necesitan entre sí y, por tanto, estaban llamados por la naturaleza a juntarse.

La Centesimus Annus, de Juan Pablo II, cien años después de la Rerum Novarum, fue un duro golpe al comunismo. Allí aseguraba que la primera obligación del gobierno es garantizar la propiedad y libertad individuales, de manera que quien produce pueda gozar del resultado de su trabajo. A la inversa de los estatismos donde el trabajo es un instrumento para la «grandeza de la comunidad”.

Luego, en la Laborem Exercens, escribió que el proceso de producción, el trabajo, es la causa primaria, mientras que el capital -los medios de producción- es un instrumento. El socialismo fracasó, afirma, por estar en contra de la naturaleza humana, error antropológico que niega la sublime «creatividad» con la que Dios bendijo a cada persona.

Según Mikhail Gorbachov, «lo que ha pasado en Europa del Este… habría sido imposible sin Juan Pablo II», que fue quien más hizo por la caída del comunismo, demostrando que, hasta las cuestiones más críticas y urgentes, pueden resolverse sin violencia sino con autoridad moral, ergo, libre, no coactiva. 

La verdadera autoridad, la capacidad de lograr objetivos concretos no se basa en el materialismo de la fuerza física (que empeora todo), sino en el liderazgo moral. “Las sociedades se mantienen, no principalmente por el miedo de los más al poder coactivo de los menos, sino por una difundida fe en la decencia de los demás”, escribió Aldous Huxley[i]. Si todos los ciudadanos salieran juntos a robar, no habría policía estatal capaz de contenerlos. 

En su encíclica Veritatis Splendor, recuerda que las normas morales deben seguirse siempre y en todos los casos, condenando el relativismo de las teorías que proponen considerar supuestas consecuencias y proporciones de los actos morales. 

Este relativismo moral podría llevar a pensar, por dar un ejemplo, que no sería malo cobrar impuestos, abusivos, si la supuesta «buena» consecuencia fuera que los pobres serán beneficiados por el Estado con estos fondos. Y digo supuestas (por los ideólogos) porque las consecuencias y proporciones reales de la moral son siempre, de suyo, positivas.

Juan Pablo II amaba profundamente la paz (la ausencia de violencia) y sabía que el argumento a favor de la libertad es la moral que es, precisamente, la adecuación del hombre al orden natural, a la naturaleza de las cosas. Ergo, es lo primero en cualquier orden social. No tiene sentido, por caso, el sistema de precios si las personas obtuvieran las cosas robando. 

Claramente, la economía presupone (por tanto, depende de) la moral, es un derivado de la moral que sí es una ciencia, es el estudio de las leyes fenomenológicas que adecúan al hombre al orden natural de donde, por cierto, queda en evidencia que no es un conjunto de normas de “buen comportamiento” que alguna “autoridad” pueda imponer.

El 8 de diciembre de 2007, el ahora Papa León XIV, en una Carta pastoral en la Diócesis de Chiclayo, aseguró que “Los cristianos deben resistir las tentaciones ideológicas del colectivismo extremo que esclaviza el alma en nombre de la justicia social.”  Justicia social que, sin dudas, es un objetivo imperioso, pero siempre dentro del orden natural -como consecuencia de la naturaleza de la sociedad humana- que repudia toda violencia, ergo, toda imposición coactiva como veremos.

“El comunismo ha penetrado incluso en ambientes cristianos disfrazado de solidaridad. Es nuestro deber pastoral desenmascararlo”, denunció el 14 de mayo de 2010 en una Conferencia ante obispos latinoamericanos. Y, en su primera alocución como Papa León XIV dijo: “Reafirmo con claridad: la Iglesia no puede ceder ante ideologías comunistas ni ante imposiciones culturales que niegan la ley natural. Cristo es la verdad, y sólo en Él hay libertad”. Palabras que parecen de Juan Pablo II.

Siglos antes, Tomás de Aquino asegura que: «La violencia se opone directamente a lo voluntario como también a lo natural, por cuanto es común a lo voluntario y a lo natural el que uno y otro vengan de un principio intrínseco, y lo violento emana de principio extrínseco»[ii]. Al punto que, Etienne Gilson asegura que para el Aquinate «Lo natural y lo violento se excluyen, pues, recíprocamente»[iii]

Por otro lado, Aristóteles -de quién Santo Tomás toma la Metafísica- ya aseguraba «siempre que fuera de los seres existe una causa que los obliga a ejecutar lo que contraría su naturaleza o su voluntad, se dice que estos seres hacen por fuerza lo que hacen… Esta será para nosotros la definición de la violencia y de la coacción»[iv].

Entonces, es violencia aquello que se opone a lo voluntario y/o a lo natural, todo aquello que pretende extrínsecamente desviar el desarrollo de las cosas. Así, aunque cueste asumirlo y, probablemente ni el mismo Santo Tomás tuvo conciencia plena, la violencia tiene que desaparecer a medida que madure, evolucione la sociedad humana (como he explicado exhaustivamente en mi ensayo “La Sociedad del Futuro (Superando a la IA”).

Corolario: el Estado, en tanto institución coactiva definida cono el monopolio de la violencia, tiene que tender a desaparecer y dejar lugar, en todo caso, al “poder blando” (el liderazgo por influencia, moral), como podrían ser, quizás, las monarquías modernas, según Joshep Nye.

Antonio Camuñas en un muy interesante programa de TV del destacado economista español Daniel Lacalle, recuerda que con la elección de León XIV se completa el novedoso plantel de las figuras que van a dar forma al tablero mundial en estos próximos y decisivos años. Y nos recuerda el origen agustiniano del Papa. 

Y, por cierto, San Agustín de Hipona (354-430 d.C.) tenía muy claro que el poder coactivo era despreciable: «Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. Aquella se gloría en sí misma, ésta en Dios», escribió[v]


[i] La Filosofía Perenne, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1967, pp. 289-0.

[ii] S.Th., I-II, q. 6, a. 5

[iii] ‘El tomismo’, Segunda. Parte, Capítulo VIII, EUNSA, Pamplona 1989, p. 438.

[iv] ‘La Gran Moral’, I, XIII (en Aristóteles, ‘Moral’, Espasa-Calpe Argentina SA, Buenos Aires 1945, p. 46).

[v] ‘De Civitate Dei’, XIV, 28.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:

Alejandro A. Tagliavini

Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

Avatar de Alejandro A. Tagliavini