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El Espejo de la Autocracia Moderna Naím frente al Fenómeno Bukele

Hay formas antiguas de matar una democracia: un golpe, un decreto por la fuerza, tanques en la plaza. Y hay formas nuevas, más eficaces, más limpias en apariencia, donde el enemigo de la república llega elegido, habla de salvación y desmonta los límites desde dentro. Moisés Naím lo advirtió con una frase que debería leerse como se lee un parte médico: «En todo el mundo las sociedades libres se enfrentan a un enemigo nuevo e implacable». La palabra clave no es «enemigo», sino «nuevo». Porque lo nuevo no es la ambición de poder; lo nuevo es el método.

El fenómeno Bukele, en El Salvador, se ha convertido en el laboratorio más nítido de esa autocracia moderna que Naím disecciona en La revancha de los poderosos. Un laboratorio, además, incómodo para la región, porque sugiere una tesis peligrosa: que la eficacia puede usarse para desplazar a la ley, que la seguridad —cuando al fin llega— puede justificar el debilitamiento de los límites diseñados para impedir que el poder se vuelva absoluto.

El hecho reciente es conocido. Un país asfixiado por pandillas encontró, en un corto periodo, una reducción visible del miedo cotidiano. El ciudadano vio aparecer algo que había dejado de creer posible: control territorial. Sería deshonesto negarlo. Pero la columna republicana no está obligada a celebrar resultados; está obligada a preguntar por el costo institucional. Porque cuando el Estado recupera la calle, la pregunta inmediata no es «¿quién ganó?», sino «¿qué contrapeso se debilitó en el camino?». La diferencia entre una república y un caudillismo exitoso empieza exactamente ahí.

Naím ofrece una brújula para leer este tipo de procesos sin caer en insultos ni fanatismos. Su tesis no analiza personalidades; analiza sistemas. El poder, dice, hoy se presenta en una forma nueva y maligna: la del autócrata que llega elegido y luego va desmontando los frenos desde dentro. Para hacerlo, opera con tres herramientas que se refuerzan entre sí: populismo, polarización y posverdad.

El populismo no es una ideología; es una estrategia. Una manera de ordenar el país en un relato simple: arriba, una élite corrupta; abajo, un pueblo virtuoso; en medio, un líder redentor. Ese relato no triunfa por su precisión, sino por su utilidad. Justifica la concentración de poder como un acto moral: no se acumula poder por ambición, se acumula para «limpiar», «rescatar», «liberar». En El Salvador, esa narrativa se construyó contra «los mismos de siempre» y funcionó con precisión quirúrgica. La política dejó de ser administración de diferencias y se convirtió en purga simbólica. El país ya no se dividió en proyectos; se dividió en culpables y redentores.

Una vez instalado ese marco, la polarización completa el mecanismo. Polarizar no es solo pelear en redes; es obligar a cada ciudadano y a cada institución a tomar partido. Si cuestionas, eres «enemigo». Si dudas, eres «cómplice». Si pides procedimientos, estás «defendiendo criminales». Cuando esa frontera cae, la república se vuelve una guerra cultural permanente. El adversario deja de ser oposición legítima y se convierte en amenaza existencial. Y cuando eso ocurre, el poder encuentra una autopista para actuar sin rendición de cuentas.

Aparece entonces el paso del ciudadano al fan. Ya no se evalúan políticas; se defiende una figura. Y cuando el líder rompe una norma, el fan no concluye que el líder falló; concluye que la norma estorba. Ese cambio psicológico —sutil, pero decisivo— es el gran triunfo del autócrata moderno: convierte la erosión institucional en lealtad política.

La posverdad completa el triángulo. No se trata solo de mentir; se trata de confundir. De saturar el espacio público con versiones diseñadas para que la realidad sea irreconocible. Si el ciudadano no puede distinguir verdad y falsedad, termina refugiándose en su bando. La posverdad no busca convencer; busca agotar. No busca demostrar; busca desorientar.

Aquí el precedente importa.

El punto nunca es el show; el punto es el engranaje del Estado. Por eso hay que traer la discusión al lugar donde se decide si un país sigue siendo república: la norma y el precedente. La pregunta que corresponde no es «¿me gusta Bukele?», sino «¿qué ocurrió con los límites?». Porque el poder siempre se expande. La república existe para que esa expansión no destruya al ciudadano.

Naím identifica un instrumento especialmente eficaz para desactivar contrapesos sin romper la legalidad de forma burda: las maniobras normativas de apariencia legal. Parecen legítimas, suenan técnicas, se justifican en nombre de la eficiencia, pero su efecto es reducir controles. La técnica es elegante: no prohíbes la independencia judicial; cambias las piezas del tablero para que esa independencia deje de operar. No cierras medios; generas presiones hasta que la crítica se autocensure. No cancelas elecciones; controlas árbitros, reglas y condiciones para que el resultado sea predecible.

El caso salvadoreño ilustra esta mecánica con transparencia didáctica. En mayo de 2021, la nueva Asamblea Legislativa afín al Ejecutivo destituyó a los cinco magistrados de la Sala de lo Constitucional y al Fiscal General en una sesión nocturna. Jurídicamente, el procedimiento tuvo apariencia de legalidad; políticamente, eliminó el principal freno al poder presidencial. Meses después, en septiembre, esa nueva Sala reinterpretó la Constitución para habilitar la reelección presidencial inmediata, contraviniendo el artículo 152 considerado cláusula pétrea. No hubo golpe. Hubo arquitectura normativa ad hoc. La república no se clausura: se le baja el volumen.

Aquí conviene una analogía doméstica. El contrapeso es como el seguro de la casa: no evita que vivamos, evita que un incendio lo consuma todo. El límite existe para que quien tiene la firma no haga lo que le plazca. Si el límite se debilita porque «urge», mañana también se debilitará porque «conviene». Ese es el camino de la rana hervida: los cambios graduales se aceptan porque el agua ya era insoportable, hasta que un día la sociedad descubre que cambió de régimen sin darse cuenta.

Algunos responderán con pragmatismo: «pero funciona». Es una frase peligrosa, porque confunde resultado inmediato con sostenibilidad institucional. El orden puede ser real y aun así ser frágil si descansa en el culto a una persona y no en un sistema. El perfil técnico importa. Pero la lealtad política importa más. Y cuando la lealtad política se vuelve el criterio de selección institucional, la república se convierte en maquinaria de voluntad personal.

Una república no se mide por su capacidad de imponer orden un año; se mide por su capacidad de corregirse sin colapsar cuando el poder se equivoca.

Aquí conviene sumar una mirada económica. La inversión necesita reglas predecibles, justicia confiable y límites claros al poder. Cuando los contrapesos se debilitan, la economía puede experimentar un entusiasmo inicial, pero ese entusiasmo tiene fecha de caducidad. La inversión no olvida. La primera vez que un empresario descubre que la ley ya no es un límite sino un instrumento discrecional, la confianza se evapora. La libertad económica, igual que la política, no sobrevive sin instituciones que protejan al débil del fuerte, incluso cuando el fuerte es popular.

Naím, en el fondo, nos recuerda algo que los pueblos olvidan cuando se cansan: que la democracia no muere solo cuando la prohíben; muere cuando la gente deja de necesitarla. Muere cuando el ciudadano concluye que discutir es un lujo y que el debido proceso es un estorbo. Y ahí el autócrata moderno gana sin disparar: gana con consentimiento.

La pregunta final no es si el modelo produce resultados inmediatos, sino si esos resultados pueden coexistir con una república sana. El criterio es simple: si el gobernante puede cambiar las reglas que lo limitan, ya no hay república. Hay gestión eficiente, quizás. Hay orden, quizás. Pero no hay Estado de Derecho. Y sin Estado de Derecho, el ciudadano no tiene derechos; tiene concesiones revocables.

Si el espejo salvadoreño enseña algo a la región es esto: el éxito del poder es el momento exacto en que más necesita límites. Y la tarea del ciudadano republicano no es aplaudir ni demonizar, sino vigilar. Porque cuando la eficacia se convierte en coartada y la popularidad en permiso, la democracia no cae de golpe. Se vacía. Y cuando se vacía, ya es tarde para reclamar lo que voluntariamente se entregó.

Continuará…

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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