
¿Y quién es la derecha?
Generación de Cristal
La política mundial lleva ya unos siglos dividiéndose en derecha e izquierda. El concepto nació en la Asamblea Constituyente durante la Revolución francesa. Los más conservadores, por azares del destino, se sentaron a la derecha, mientras que los progresistas a la izquierda. Desde entonces, hemos dividido las tantas visiones políticas que existen en esas dos, y, sin embargo, no queda muy claro qué significan. Unos afirman que, por ejemplo, el III Reich era el epítome de la derecha más radical; los otros que, en realidad, deberían considerarse hasta socialistas. En Guatemala, Semilla se define —o solía hacerlo— como socialdemócrata. Están, por eso, solo ligeramente a la izquierda del centro, pero ¿por qué? ¿Por demócratas o por no ser “tan radicales? ¿Qué los hace ser de izquierda?
Al leer qué se consideraba derecha e izquierda a lo largo de los siglos y las décadas, encontramos que, con frecuencia, la cosas se dan la vuelta. Se critica hoy a la derecha por antidemocrática, con ejemplos como Bukele y Trump. No se recuerda, claro, que Marx, Engels y Lenin describían a esta como «la extensión del dominio de los burgueses». ¿Ellos son de izquierda por antidemocráticos o a pesar de ser antidemocráticos? Quién sabe. Un marxista ortodoxo como el Che Guevara rechazaría de burgués —es decir, de derecha— al progresismo occidental, y aun así ambos son de izquierda. ¿No estamos frente a una contradicción? ¿Cómo puede ser que un mismo término se defina de formas opuestas?
Que quede claro que las contradicciones no son únicas a la izquierda. Me atrevería incluso a decir que el ciudadano de derecha promedio incurre en más todavía. La derecha más popular en Latinoamérica es hoy, con seguridad, Milei, Bukele y Trump… Un libertario, un autócrata y un personaje que no me pienso atrever a clasificar. Solo las menciones deberían hacer saltar todas las alarmas. Asumamos que, dentro de todo, pudiéramos clasificar a todos como derecha al mismo tiempo. ¿Qué significaría entonces ser de derecha? ¿Estar a favor de un mercado regulado, como el de Trump; o uno libre, como el de Milei? ¿Dar discursos hablando maravillas del control de precios, como Bukele; o discursos criticándolo, como Milei?
Y, a pesar de la incoherencia, tantísimos de derecha apoyan a los tres al mismo tiempo. Por supuesto, tienen sus similitudes que se usan para justificar que es posible defender de forma coherente a los tres. Por ejemplo, van en contra de los valores woke o progresistas y a favor de los valores conservadores. Muy bien, pero el problema está en que ser «de derecha», en teoría, significa mucho más que solo rechazar el posmodernismo. Incluye una serie de principios y valores, formas de ver la moral y los derechos, la economía y la política, y un largo etcétera de visiones. Un conjunto que hoy está enmarañado donde cada parte no se sigue lógicamente de la anterior, llegando hasta a contradecirse. Nadie puede definirse ni de izquierda ni de derecha, en su sentido popular, sin ser incoherente por la propia definición.
Qué es ser de izquierda o de derecha no tiene un significado muy definido. Existen como términos, en realidad, por mera practicidad. Si analizamos qué permanece como parte de derecha e izquierda a lo largo de los siglos, encontramos que lo único que permanece es la propia división. Son ambas vasijas llenas de aquello que el contexto les entregue. Y, claro, no como división pensada y bien definida en un contexto: de ser así no se encontrarían contradicciones tan directas. A decir verdad, definimos lo que es de derecha e izquierda solo por una lógica automática de asociación. El ambientalismo es de izquierda porque lo promueven partidos de izquierda. ¿Por qué son partidos de izquierda? Pues porque defienden cosas de izquierda. Esas cosas son de izquierda hoy, pero no ayer ni mañana. Lo son en Guatemala, pero no en España y Chile. Son términos coyunturales, no son más que vasijas.
Sin importar cuántas columnas escriba yo y tantos otros sobre el rechazo a los términos, estos no dejarán de usarse. Para ambas posturas es necesaria alguna forma de distanciarse del contrario. La «moraleja» de la reflexión no está en dejar de utilizarlos. Sería inútil intentarlo y, aun lográndolo, dudo que cambiara algo. Me parece que el problema no está en el término específico de derecha e izquierda, sino en que la división es nuestra forma natural de pensar. Buenos y malos, comunistas y fascistas, conservadores y progresistas; toda nuestra forma de pensar se construye por opuestos, y no seré yo quien lo cambie. El mensaje único de este artículo es la necesidad de empezar a pensar qué defiendo yo como individuo, y no a qué grupo pertenezco. Dejar, por tanto, de diseñar nuestro pensamiento conforme a las categorías que existen, tratando de encajarlo a la fuerza. Quizás el único mensaje, aun si no explícito, del artículo es el siguiente: no te enlistes antes de saber qué guerra estás peleando.

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