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Iglesia y Dignidad

Antropos

La historia de un país, de una familia o agrupación social, está llena de controversias que se originan por diversas razones o afectos. Esto ha hecho que el ser humano se preocupe por encontrar las formas de convivencia, a fin de perpetuarse como especie, ganándole así el pulso a la guerra como forma de acabamiento de la vida.

Bajo esta perspectiva tan compleja, me parece que se pueden explicar los debates y enfrentamientos que se han dado en torno a múltiples tópicos y problemas. Sólo las dictaduras, por medio de la coacción impositiva, pueden imposibilitar por un tiempo la existencia del disenso.

De ahí que, para convencer al otro, sea necesario la lógica del razonamiento. Las argucias, por ejemplo, sólo se explican como falsedades que se auxilian con argumentaciones falaciosas. Esto nos indica qué escamoteando la realidad, negamos desde «nuestra propia verdad» la capacidad que tienen algunas instituciones, como la Iglesia, de trascender prácticas contrarias a la dignidad humana.

Ciertamente la historia del judeo-cristianismo tiene aristas, como el antropocentrismo arrogante, que muestran desde algunos textos bíblicos ese carácter dominante del hombre sobre su entorno; tal es la cita bíblica que dice: «Sed fecundos, multiplicaos, llenad la Tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo… (Ge.1,28); «sed el miedo y el pavor de todos los animales de la Tierra, ellos están en vuestras manos» (9,7), o bien, las profundas heridas causadas desde concepciones intolerantes a otras formas de pensar y sentir, como fue la Inquisición o la conquista de América.

Existen, sin embargo, otras interpretaciones que se han posicionado en el seno de la Iglesia, superando el enclaustramiento de los textos sagrados, al reconocer que al ser humano en su creación divina se le dio la función de protector y cultivador del jardín del Edén, tomando en cuenta que hemos entrado a la era de la vida en la que el hombre y la mujer están integrados con la creación y su creador. Esto significa que debería prevalecer el principio de ser con y no el de ser sobre la naturaleza.

Estas corrientes renovadoras de la fe cristiana fortalecen el criterio ecuménico de apoyarse en lo «verdaderamente humano», como basamento de una práctica religiosa que alimente la dignidad de la humanidad en sus más altos valores. Me parece que este cambio es fruto de muchos años de reflexión teológica, tal es el ejemplo del Concilio Ecuménico y de los Encuentros del Episcopado Latinoamericano, al comprender qué si no se renuevan, su presencia será marginal frente a los embates de la problemática espiritual y ante la creciente religiosidad civil.

En esta perspectiva entendemos la posición que asumió hace algún tiempo la Conferencia Episcopal de Guatemala, en torno a problemas sociales y ambientales. Es un mensaje vigente en el que han optado por los pobres, al igual que el cristianismo primitivo, lo que a su vez los conduce a la defensa de la naturaleza porque incluye al ser humano. Esto significa que frente a una concepción que prioriza el desarrollo y el progreso alrededor de los intereses de lucro, contrasta la posición de la Iglesia que no sólo considera la finitud de los recursos naturales, sino que «lo sagrado impone límites a la manipulación del mundo, fundamentales para la salvaguarda de la Tierra». Si el ser humano aspira a vivir con plenitud, habrá que pensar en el bienestar de las aguas, las plantas, los animales, los microorganismos, porque todos constituyen la comunidad socio cósmica.

Esta toma de posición que tuvo en su momento la Conferencia Episcopal se basa en el criterio de lo que sostuvo el papa Juan Pablo II, al afirmar que «el signo más profundo y grave de las implicaciones morales inherentes a la cuestión ecológica es la falta de respeto a la vida, como se ve en muchos comportamientos contaminantes». Compartimos esa necesidad de revitalizar y renovar las religiones para que asuman la experiencia y compromiso con una visión holística e integradora de la defensa del ambiente que facilite viabilizar la fraternidad humana.

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