
Interculturalidad
Antropos
El pensador costarricense Arnoldo Mora ha dicho reflexivamente que desde los griegos sabemos que la palabra es la que caracteriza al ser humano, porque la palabra instaura la humanidad que hace posible el diálogo. Bajo esta perspectiva cabalmente Sartre, explica que la palabra es un “acto intencional” que supone un otro, una alteridad. Y ese conjunto de relaciones interpersonales es lo que define y constituye lo humano del hombre, lo que hace que exista humanidad. Por eso, dice Mora, al hablar de diálogo intercultural, en el fondo, estamos planteando una cuestión fundamental que debe asumir permanentemente cada generación, sobre todo al inicio de una nueva época, tal como construir lo humano hoy en nuestra sociedad.
En tal sentido, siguiendo la línea del pensamiento de Mora, la primera cuestión que debemos plantearnos es la de saber cuál es la coyuntura histórica que hoy vive la humanidad, precisamente cuando ha finalizado la guerra fría y de sus cenizas ha surgido un mundo homogenizado a cuya cabeza está una superpotencia planetaria. Sin embargo, en medio de un momento histórico en donde las corrientes el mercado hegemoniza los destinos de la humanidad, emerge paradójicamente el papel de las culturas, entendiendo la cultura como la expresión de las sensibilidades colectivas, su manifestación simbólica, así como la estructuración axiológica, que se concreta en una jerarquía de valores que subyace y legitima a una sociedad.
Todo esto ha generado dice Mora desde el pensamiento filosófico, una toma de conciencia de los propios límites que caracteriza al ser humano. Esta autoconciencia de los límites surge entre otras razones por la presencia de un otro, que es un alguien. Esa alteridad es lo que está poniendo en crisis la hegemonía planetaria de occidente, al consolidarse por la exigencia del reconocimiento ese alguien que se denomina tercer mundo como sujeto histórico frente a la cultura occidental. Y es que este sujeto histórico constituye el 85% de la humanidad. Lo que se interpreta como la apertura de un nuevo concepto de ciudadanía marcado por contextos diferentes y valores culturales que arrancan de la mismidad histórica de los pueblos. Efectivamente bajo circunstancias diferentes del mundo europeo, las sociedades del tercer mundo están construyendo su propia ciudadanía, sin perder obviamente los grandes valores universales que le han dado contextura humana, a la humanidad. Por eso pensar la democracia en nuestra sociedad sobre la base del reconocimiento de la diversidad cultural, significa conectarnos desde lo mas intimo de la otredad, en un nuevo concepto de ciudadano en donde desde la diferencia, podamos tender los puentes de un proceso intercultural que nos abra las compuertas de un ideario ético en el que se privilegie el diálogo, la solidaridad, la confianza y el respeto a nuestra propia humanidad.




