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El pueblo de Esteban

Evolución

“El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.” “Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito … así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí.”  “Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces … porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar…”.

Con frases como éstas y con su peculiar genialidad Gabriel García Márquez describe nuestra latinoamericanidad, nuestra idiosincrasia, nuestra realidad. Nuestra permanente tragedia que, en nuestra vida, y en nuestras muertes, es más trágica y dolorosa que la ficción, y que supera cualquier exageración mágica de la imaginación. Muertes que aceptamos como parte de nuestras vidas, muertes que llegan a quienes buscan una mejor vida. Quedan retratados en estas frases nuestro sufrimiento y nuestro espíritu, nuestra indolencia y nuestra resignación; así como toda la ironía que les acompaña. La ironía de nuestras desdichas que se originan en nuestra ignorancia y apatía, pero que muchos perpetúan con su cínica hipocresía.

Tras la más reciente tragedia los escuché pronunciar palabras de conmiseración y enunciar denuncias de indignación que, para ser honesto, me sonaron más a diatribas políticamente correctas que a expresiones de genuina condolencia por un profundo sufrimiento ajeno, sobre todo porque no tienen noción de sus causas. Y luego pensé: son estos mismos infelices, que quieren dar la apariencia de estar del lado de las víctimas, los que por décadas y sistemáticamente han venido promoviendo las ideologías destructivas que mantienen a nuestros países en la sempiterna pobreza y sin oportunidades para quienes aspiran a una mejor vida, muchos de quienes toman la decisión de aventurarse en busca de procurar una mejor vida para sus familias, así sea corriéndose el riesgo que les cueste la propia. Y, al final, la más trágica ironía de todas es que vivimos en un rincón privilegiado por su simpleza, por las bondades de su naturaleza y por el espíritu de su gente por salir adelante, pero que al mismo tiempo se aferra a ideologías destructivas y trasnochadas, socialistas, estatistas y mercantilistas. Y que tampoco comprende que es la promoción y respeto a la empresarialidad y al emprendimiento, al fomento y respeto a la inversión y, en general, a la libertad económica, el único camino que existe para su desarrollo y progreso. Y mientras no lo asimilemos, seguiremos siendo ese pueblo que se avizora desde grandes buques, desde los cuales “señalando el promontorio de rosas en el horizonte” seguirán diciendo en catorce idiomas “miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir bajo las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde mirar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban”.

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Alejandro Baldizón

Abogado y Notario, catedrático universitario y analista en las áreas de economía, política y derecho.

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