
Cuando el odio anuncia la guerra
Poptun
La semana pasada, conversando con un grupo de amigos, surgió un tema que en los últimos meses ha estado en boca de muchos: la posibilidad de que estemos viviendo los prolegómenos de una Tercera Guerra Mundial. A primera vista podría parecer una exageración, una visión fatalista, pero al analizar con más cuidado lo que está ocurriendo en el mundo, el paralelismo con lo que sucedió previo a la Segunda Guerra Mundial resulta escalofriante.
En aquel entonces, los relatos históricos y los análisis posteriores coinciden en señalar que el caldo de cultivo estaba marcado por el nacionalismo exacerbado, el desprecio por los acuerdos internacionales, el resurgimiento del racismo y la instrumentalización del odio hacia determinados grupos sociales. Hoy, lamentablemente, el escenario no es muy distinto.
Basta observar cómo los Estados, especialmente las grandes potencias, actúan bajo una lógica de “hacer lo que se les da la gana”. Israel, Rusia, Estados Unidos y otras naciones, cada una en su propio tablero geopolítico, desafían sin mayor obstáculo las normas internacionales que alguna vez se concibieron para garantizar la paz. Los organismos multilaterales parecen debilitados, incapaces de ejercer autoridad, y los países más pequeños son sometidos bajo la ley del más fuerte, esa misma ley que históricamente ha conducido a la humanidad a enfrentamientos de proporciones devastadoras.
Pero no es únicamente la política internacional lo que refleja esta similitud. También hay un componente social que preocupa: el incremento del odio y la intolerancia hacia sectores históricamente vulnerables. Lo vemos en el resurgimiento del racismo, en el señalamiento contra comunidades ideológicas, religiosas o políticas, y en la peligrosa normalización de la violencia contra los colectivos de la diversidad sexual, quienes en las últimas décadas habían logrado avances significativos en materia de derechos. Ahora, en un abrir y cerrar de ojos, sus derechos se han debilitado y se han convertido nuevamente en blanco de ataques y discursos de odio que encuentran eco en una sociedad cada vez más polarizada.
Y surge entonces la pregunta: ¿quiénes siguen en la lista? Lamentablemente, todo apunta a que las mujeres. Aunque se piense que la lucha por los derechos de las mujeres ya alcanzó un punto irreversible, la realidad nos recuerda que nada está ganado de manera definitiva. Basta mirar las redes sociales: en ellas se difunden ataques contra mujeres que se atreven a opinar, a disentir, a ocupar espacios de poder o, simplemente, a existir bajo sus propios términos. Se descalifica con saña a actrices, cantantes, políticas o activistas, muchas veces responsabilizándolas de problemas que, en realidad, tienen raíz en la conducta de los hombres. Sin embargo, la crítica y la burla recaen sobre ellas, mientras la violencia masculina es relativizada o incluso celebrada.
La sociedad digital amplifica este fenómeno. Lo que antes quedaba en conversaciones privadas ahora se multiplica en memes, publicaciones y comentarios que normalizan la misoginia y promueven un ambiente hostil contra las mujeres. No es un asunto menor: se trata de un retroceso cultural que, de no detenerse, podría derivar en la erosión de los derechos conquistados con tanto esfuerzo por generaciones anteriores.
Lo mismo ocurre con otros colectivos. El odio hacia cualquier grupo que desafíe el pensamiento hegemónico se ha intensificado. Se construyen narrativas que los deshumanizan, se les acusa de ser enemigos sociales, se justifica la violencia contra ellos y, en casos extremos, se aplaude incluso su eliminación física. Ese patrón es exactamente el que condujo al mundo a las catástrofes del siglo XX: primero se siembra el miedo, luego se señala a los culpables, y finalmente se justifica lo injustificable.
De ahí que la advertencia de un funcionario de Naciones Unidas resuene con fuerza: “los derechos humanos están agonizando”. No se trata de una metáfora poética, sino de una constatación de la realidad. Los derechos, que deberían ser la base inquebrantable de cualquier sociedad democrática, se erosionan día a día ante la indiferencia o el aplauso de quienes creen que nunca les tocará ser la próxima víctima.
No estamos, pues, frente a una exageración. El paralelismo histórico nos obliga a reflexionar con seriedad. Antes de la Segunda Guerra Mundial también se pensó que la humanidad había aprendido la lección de la Primera. También se creyó que existían límites que nadie osaría cruzar. Sin embargo, esos límites se rompieron y la devastación alcanzó a millones de vidas inocentes. Hoy, nuevamente, vemos cómo las fronteras morales y jurídicas se desdibujan, cómo el odio vuelve a ser un instrumento político y cómo los discursos de exclusión encuentran terreno fértil.
La pregunta no es si estamos siendo fatalistas, sino si estamos siendo realistas. Y la respuesta es que, con los hechos sobre la mesa, debemos aceptar que la humanidad se encuentra en un punto sumamente peligroso. Callar ante estas señales sería repetir los errores del pasado. Reconocerlas, en cambio, puede ser el primer paso para impedir que la historia vuelva a escribirse con sangre.
La tarea, entonces, no es solo de los líderes políticos, sino de cada ciudadano. La forma en que nos expresamos, lo que compartimos en redes sociales, la manera en que tratamos a quienes piensan distinto o a quienes pertenecen a colectivos históricamente marginados, son factores que, aunque parezcan pequeños, contribuyen a construir una sociedad más justa o, por el contrario, a preparar el terreno para la barbarie.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar el sentido de la dignidad humana como principio rector. No basta con recordar los horrores del pasado en ceremonias conmemorativas: debemos evitar que ese pasado se convierta en nuestro futuro inmediato. Si dejamos que la indiferencia, el odio y la violencia nos gobiernen, entonces sí estaremos escribiendo, paso a paso, las primeras páginas de una nueva guerra mundial.

Le invitamos a leer más de la autora:



