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Cuba y la Cubastroika: ¿puede el cambio ser real esta vez?

Zoon Politikón

La cadena que promete para este 19 de marzo la caída de Díaz-Canel, cinco mujeres tecnócratas en el poder y 500 mil millones de dólares en inteligencia artificial para el Mariel no va a cumplirse tal como fue escrita. Pero descartarla sin más sería un error. No porque sea creíble —no lo es— sino porque revela algo que los hechos verificados confirman: Cuba está en el punto de mayor fragilidad estructural de su historia reciente, algo se está negociando, y la pregunta que importa no es cuándo cae Díaz-Canel sino si el cambio que viene será real o será, una vez más, un reacomodo de élites que deja a la sociedad cubana exactamente donde estaba. Esa es la pregunta que vale la pena hacerse hoy.

Conviene entender primero qué está ocurriendo dentro de Cuba, porque es ahí donde se juega lo esencial. El régimen enfrenta una crisis de funcionamiento sin precedente desde los años noventa. Tres meses consecutivos sin importar combustible. Apagones que afectan a la mayoría del territorio durante más de doce horas diarias. Aeropuertos paralizados. Hoteles cerrados o consolidados. Jornada laboral reducida a cuatro días en empresas estatales. Una contracción acumulada del PIB del 11% desde 2020. Las remesas de la diáspora —no el Estado, no la planificación central— sostienen a millones de familias. El peso cubano se desploma. Y el 13 de marzo, algo inédito: Díaz-Canel admitió públicamente que funcionarios cubanos mantienen conversaciones con la administración Trump, rompiendo semanas de desmentidos. Cuba liberó 51 presos políticos como gesto de apertura. La presión ha llegado a un punto en que incluso el aparato oficial no puede seguir negando lo que es evidente. Lo que estos datos describen no es solo una crisis de gobierno: es el saldo de seis décadas en que la población cubana ha pagado con su libertad, su bienestar y su futuro el costo de un régimen que nunca gobernó para ella.

Desde una perspectiva histórica, Cuba ha sobrevivido crisis severas antes. El Período Especial de los noventa fue devastador —caída del PIB de más del 30%, escasez generalizada, colapso del transporte— y el régimen lo atravesó. ¿Por qué esta vez podría ser diferente? Por la combinación de tres factores que en los noventa no coincidieron simultáneamente. Primero, la fuente de sustitución: en los noventa llegó el turismo y luego Venezuela con petróleo subsidiado. Hoy Venezuela ya no puede proveer, Rusia está ocupada en Europa del Este y China muestra cautela ante el endeudamiento acumulado. No hay salvador externo a la vista. Segundo, el desgaste de legitimidad: las protestas del 11 de julio de 2021 marcaron un quiebre generacional. Una sociedad que durante décadas procesó el malestar en silencio ha aprendido que puede salir a la calle, y esa memoria no se borra. Los incidentes violentos que diversas fuentes reportaron en Morón en marzo de 2026 —incluida la quema de símbolos del partido y enfrentamientos con la policía— son síntoma de una fractura que se profundiza. Tercero, la estructura del poder real: GAESA, el conglomerado militar que controla buena parte de la economía dolarizada, ya no tiene incentivo para sostener indefinidamente un modelo que se hunde. Los militares cubanos son también empresarios, y los empresarios, por definición, calculan.

Ante esta coyuntura, la pregunta crítica no es si habrá una transición —la presión acumulada hace inevitable algún tipo de transición— sino quién la conduce y en beneficio de quién. Y aquí está el nudo central que el rumor viral ignora con su optimismo desbordado. Cuba no tiene una oposición interna ampliamente organizada capaz de liderar ese proceso. Figuras como José Daniel Ferrer o Rosa María Payá tienen presencia simbólica importante, pero carecen de la estructura territorial y la base social que tuvo, por ejemplo, Solidaridad en Polonia. La sociedad civil cubana existe —en iglesias, en redes informales, en comunidades que han aprendido a sobrevivir al margen del Estado— pero ha operado durante décadas bajo represión sistemática y sin espacio legal de organización. Esto significa que cualquier apertura que no construya deliberadamente espacio para esa ciudadanía terminará siendo negociada entre las élites del régimen y los actores externos, con la población cubana como espectadora del acuerdo que define su futuro.

En ese sentido, Washington es un factor determinante pero no el protagonista de lo que ocurra en Cuba. La presión estadounidense —bloqueo de petroleros, sanciones sobre GAESA, declaraciones de Trump sobre un acuerdo inminente— ha acelerado la crisis y abierto una ventana de negociación. Pero la historia latinoamericana enseña que las transiciones diseñadas exclusivamente desde afuera y negociadas con las élites del régimen tienden a producir renovaciones de fachada, no transformaciones estructurales. El modelo que parece estar sobre la mesa puede producir una Cuba con mejor conectividad y sin Díaz-Canel. Pero con las mismas estructuras de poder económico operando ahora bajo nuevas formas societarias. Sería una modernización real en algunos aspectos y una continuidad profunda en los que más importan para la vida cotidiana de once millones de personas.

Por tanto, la pregunta que debería guiar el análisis de los próximos meses no es si Trump anuncia un acuerdo o si Díaz-Canel es reemplazado por una tecnócrata. Es si el proceso que se abra incluye condiciones mínimas para una transformación genuina: liberación de todos los presos políticos —no 51, sino los más de mil que organizaciones como Prisoners Defenders documentan como detenidos—, espacio legal para la organización política plural, mecanismos de rendición de cuentas para los actores que han ejercido la represión, y participación real de la sociedad civil cubana —incluida la diáspora— en el diseño del proceso. Sin esas condiciones, lo que vendrá será una Cubastroika: apertura económica con las mismas élites recicladas, alta conectividad y baja ciudadanía. Modernización económica sin libertad política. Y los cubanos, que han sido víctimas de su propio régimen durante 67 años y que merecen algo cualitativamente distinto, tienen derecho a que quienes analizan su situación los vean como sujetos de su propio destino, no como piezas de un tablero geopolítico.

¿Qué es lo que está en juego? El rumor del 19 de marzo expresa con ingenuidad lo que millones de cubanos sienten con urgencia: que el tiempo del régimen se acaba y que el cambio es posible. Esa intuición es correcta. Lo que el rumor no dice —porque los bulos nunca dicen las cosas difíciles— es que la diferencia entre un cambio real y un cambio de fachada no la decide el calendario ni la fecha de un anuncio. La decide quién está en la mesa cuando se negocia, con qué poder de veto y en nombre de quién. Si la sociedad cubana no está en esa mesa, el resultado ya está escrito. Y lo habrán escrito otros.

Nota del autor: Este artículo se basa en información verificada al 16 de marzo de 2026 (CNN Español, CiberCuba, Bloomberg, Infobae, La Región) y en el análisis prospectivo Proyecto Cuba Libre, de uso público.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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