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Descomunal error de Donald Trump 

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1. Liberalismo y comercio

Un principio esencial del liberalismo es la libertad de intercambio económico entre seres humanos que residen en un mismo país, y entre seres humanos que no residen en un mismo país. El intercambio entre quienes residen en un mismo país es llamado comercio interior. El intercambio entre quienes no residen en un mismo país es llamado comercio exterior. Por supuesto, el comercio exterior puede ser más complejo que el comercio interior. Empero, la esencia del comercio es la misma: el libre intercambio de bienes. Entonces, por ejemplo, el comercio entre quien reside en Guatemala y quien reside en Alemania debe ser tan libre como el comercio entre un quetzalteco y un huehueteco que residen en Guatemala. 

2. No hay comercio internacional

No hay comercio internacional, es decir, comercio entre naciones. Las naciones no comercian. Comercian seres humanos, que son individuos concretos que libremente intercambian aquello a lo cual confieren menos valor por aquello a lo cual confieren más valor. La nación llamada Guatemala no vende café a la nación llamada Alemania; ni la nación llamada Alemania vende automóviles a la nación llamada Guatemala. Individuos guatemaltecos venden café a individuos alemanes; y Alemania no consume ese café, sino los alemanes. Individuos alemanes venden automóviles a individuos guatemaltecos; y Guatemala no se transporta en esos automóviles, sino los guatemaltecos. Es decir, las naciones no exportan ni importan bienes, sino los exportan y los importan individuos concretos. 

3. Restricción del libre comercio

La autoridad gubernamental puede intervenir con el fin de restringir el comercio, el cual, entonces, ya no es libre comercio. Modalidades de restricción son las cuotas de importación y los tributos sobre los bienes importados, llamados aranceles. Las cuotas prohíben que los ciudadanos importen libremente la cantidad de bienes que demandan y que pueden pagar, aunque sean más baratos y mejores que los bienes llamados nacionales. La protección equivale a obligar a los ciudadanos a comprar preferentemente esos bienes llamados nacionales, aunque sean más caros y peores que los bienes importados. 

El fin de esas modalidades de restricción del comercio es proteger el interés privado de los productores llamados nacionales. Se imponen, pues, cuotas y tributos sobre la importación de bienes, no para el beneficio de todos los miembros de la sociedad, sino para el beneficio privado de algunos. Son cuotas y tributos que equivalen a conceder privilegios, obra de la degeneración del poder público y de la destrucción del derecho. Son privilegios que el liberalismo detesta y clama por abolirlos.

4. Teoría de la ventaja comparativa

Los hechos económicos demuestran que ningún país ha prosperado por restringir la importación de bienes, sino demuestran que la libertad de importación ha sido una condición necesaria de la prosperidad, tanto como lo ha sido la libertad de exportación.

La teoría económica explica esos hechos. Adam Smith argumentó que las naciones pueden prosperar, no porque fomentan la exportación de bienes y restringen la importación, sino porque comercian libremente y cada una de ellas produce solamente los bienes en los cuales tiene una ventaja absoluta, que consiste en una mayor productividad.

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Adam Smith (1723-1790).

Empero, advino la teoría de la ventaja relativa, generalmente llamada ventaja comparativa, según la cual el productor dedicado a producir solamente la clase de bienes en la cual su productividad es mayor, se beneficia más que aquel que se dedica también a producir la clase de bienes en la cual su productividad es menor. Esta teoría también es llamada teoría del costo comparativo: es más beneficioso dedicarse a producir bienes cuya producción es menos costosa.

El economista y empresario David Ricardo expuso la teoría de la ventaja comparativa en su obra Principios de Economía Política y Tributación, publicada en el año 1817. 

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David Ricardo (1772-1823).

Ricardo argumentó que, aun en el caso de que un productor de bienes sea, con respecto a otro productor, más productivo en todas las actividades económicas a las que ambos se dedican, también se beneficia más dedicado solamente a la actividad en la cual su productividad es mayor. El historiador y economista James Mill, en su obra Elementos de Economía Política, publicada en el año 1821, replanteó la teoría. El economista y filósofo John Stuart Mill, que era hijo de James Mill, en su obra Principios de Economía Política, publicada en el año 1848, expuso más ampliamente la teoría.

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John Stuart Mill (1806-1873).

El matemático, físico y computólogo Stanisław Marcin Ulam planteó al economista Paul Samuelson este desafío: mostrar una teoría de la ciencia social que fuera verdadera pero no evidente. Samuelson mostró “la teoría de Ricardo de la ventaja comparativa”; y dijo que era “lógicamente verdadera y no era necesario demostrarle su verdad a un matemático.” No era evidente; prueba de lo cual era que miles de hombres importantes e inteligentes no habían sido capaces de comprender la teoría por ellos mismos o por explicaciones dadas a ellos.”

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Stanisław Marcin Ulam (1909-1984). Paul Samuelson (1915-2009).

La ventaja comparativa es causa de división del trabajo, la cual es causa de especialización; y la especialización incrementa la productividad y, por consiguiente, la producción; y se reduce el costo de los bienes destinados al consumo final y se incrementa la riqueza. Mediante el libre comercio exterior, la ventaja comparativa posibilita que los ciudadanos de una nación adquieran de los ciudadanos de otra nación, aquellos bienes que ellos producirían con un costo mayor, y puedan dedicarse a producir aquellos bienes que ellos producen con un costo menor. La diferencia entre el costo mayor de producirlos y el costo menor de importarlos equivale a un aumento de riqueza. 

5. Donald Trump atenta contra la ventaja comparativa

Supuesto que, en la comunidad de naciones, la ventaja comparativa provoca su beneficio solamente mediante el libre comercio exterior, es decir, mediante la libre importación y la libre exportación, la pretensión del presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump, de restringir el comercio exterior mediante el incremento de los tributos sobre los bienes importados, con el fin de provocar en esa nación una fantástica explosión de prosperidad, es un error descomunal. 

Efectivamente, es imposible que un atentado contra la ventaja comparativa pueda provocar tal explosión de prosperidad. Inversamente, hubiera sido un atino genial haber eliminado todos los tributos sobre los bienes importados; y proponerle, por ejemplo, a los ineptos políticos, a los negligentes tecnócratas y a los torpes burócratas de la Unión Europea, eliminar esos tributos, destruir las aduanas y emprender una nueva era de la economía: una economía de libre comercio entre todos los ciudadanos del mundo.

Ese error de Donald Trump es el error económico más grande en que ha incurrido un presidente de Estados Unidos de América. Su propósito es que Estados Unidos de América sea nuevamente grande; y pretende que lo será porque mayores tributos sobre la importación protegerán la producción nacional de bienes, incentivarán a quienes exportan bienes a Estados Unidos de América, a producir tales bienes en esa nación; y aumentarán las oportunidades de trabajo. Entonces ha de ocurrir aquella explosión de prosperidad. 

Empero, ninguna protección arancelaria de la producción llamada nacional de bienes y servicios puede provocar prosperidad. ¿Acaso tal protección podría convertir a Afganistán en un país próspero? Ninguna protección arancelaria puede convertir a quienes exportan bienes a una nación, en productores llamados nacionales que producirán bienes mejores y más baratos. Es decir, puede aumentar el número de productores protegidos; pero no el número de ciudadanos beneficiados. ¿Tal aumento es prosperidad? Ninguna protección arancelaria puede aumentar las oportunidades de trabajo en función de la demanda del mercado laboral, sino artificialmente, con salarios subsidiados por los ciudadanos que son víctimas de la protección arancelaria. ¿Tal subsidio del trabajo es prosperidad?

6. El triunfo de Donald Trump que yo celebré

Celebré el triunfo de Donald Trump en la última elección presidencial; pero lo celebré porque fue un triunfo sobre la demencia socialista y la obra moralmente corruptora de los miembros dirigentes del Partido Demócrata. Y luego lo celebré porque extrajo a Estados Unidos de América de ese pantano ideológico llamado Acuerdo de París destinado a combatir una ficción llamada cambio climático antropogénico. Y porque lo extrajo también de ese antro que pretende ser un ministerio universal de la salud, llamado Organización Mundial de la Salud. Y porque redujo su aporte financiero a esa innecesaria y costosa burocracia militar llamada Organización del Tratado del Atlántico Norte. Y porque destruyó un instrumento principal del gobierno de Estados Unidos de América, de intervención en los asuntos internos de países como Guatemala: la Agencia Internacional para el Desarrollo. 

Empero, mi liberalismo no puede celebrar el ataque que Donald Trump ha emprendido contra el libre comercio, mediante un incremento de los tributos sobre bienes importados. Reitero que tal ataque es un error descomunal, que tendrá que ser corregido por él mismo o por el próximo presidente.

Post scriptum. Donald Trump se ha jactado de que los nuevos tributos arancelarios han incrementado en miles de millones de dólares el tesoro público de Estados Unidos de América. Empero, ese dinero no proviene de quienes exportan bienes a esa nación, porque ellos no pagan los tributos arancelarios. Proviene del patrimonio privado de los ciudadanos de Estados Unidos de América que adquieren bienes importados sujetos a aquella tributación. 

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