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El Señor Arévalo o dos años de catástrofe presidencial

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El pasado 15 de enero el Señor Bernardo Arévalo cumplió dos años de ejercer la Presidencia de la República, que fue adjudicada a él fraudulentamente en el proceso electoral del año 2023. Tal ejercicio presidencial ha sido catastrófico. 

Sucesos importantes de esa catástrofe han sido el absurdo aumento del presupuesto financiero general del Estado. La licenciosa expansión de la burocracia gubernamental. El descomunal incremento de la deuda pública. El inaudito deterioro de las principales vías terrestres. Los pésimos servicios portuarios aéreos y marítimos. El decreto de aumento de salarios, creador de incuantificable cesantía laboral. La victoriosa y próspera criminalidad. El producto de esos sucesos ha sido el aumento del costo de producción, intercambio y consumo de bienes.

Presuntamente durante el gobierno del Señor Arévalo ha mejorado la educación y la salud. Empero, mejorar la educación no es remodelar edificios escolares. Los edificios son el medio. No son el fin. Persisten los peores servicios de educación pública. Presumo que el Señor Arévalo no querría que sus nietos o bisnietos estudiaran en escuelas públicas. Mejorar la salud no es meramente construir más edificios o alquilar más edificios para brindar servicios públicos de salud. Tales edificios son el medio. No son el fin. Y persisten los peores servicios públicos de salud. Presumo que, en caso de enfermedad, el Señor Arévalo no quería él mismo curarse en un hospital público.

Aunque durante sus dos años de gobierno el Señor Arévalo hubiera logrado que los servicios públicos de educación y de salud fueran los mejores que hayan sido suministrados en la historia de Guatemala, ninguna de las funciones que la Constitución Política adjudica al Presidente de la República conciernen a salud o a educación. Las primeras funciones son cumplir y obligar a cumplir la ley, brindar seguridad pública, conservar el orden público y “ejercer el mando de toda la fuerza pública.” Precisamente el Señor Arévalo no ejerce ese mando, ni brinda seguridad pública y, por consiguiente, no ejerce su primera función: cumplir y obligar a cumplir la ley, sino ejerce la función opuesta: no cumplir ni obligar a cumplir la ley.

Presuntamente fue un éxito del gobierno del Señor Bernardo Arévalo haber logrado la eliminación y la reducción de aranceles impuestos por el gobierno del presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump, sobre productos que empresarios de Guatemala exportan a esa nación. Empero, no fue un éxito. Para lograr la eliminación y reducción de aranceles el gobierno de Guatemala tuvo que adquirir compromisos impuestos por el gobierno del presidente  Donald Trump. Por ejemplo, tuvo que adquirir el compromiso de eliminar obstáculos no arancelarios sobre productos que empresarios de Estados Unidos de América exportan a Guatemala.

La economía del país ha crecido durante los dos años de gobierno del Señor Arévalo; pero ha crecido tanto como en el gobierno de presidentes anteriores. Es un crecimiento que no depende de regímenes presidenciales, sino del emprendedor que aprovecha las oportunidades que el mal gobierno no elimina; y para aprovecharlas calcula una proporción de beneficio y costo que compense el riesgo de pérdida. Inspirado en el economista Claude-Frédéric Bastiat (1801 – 1850), se debe reparar en el crecimiento que no ha habido a causa de un mal gobierno. Por ejemplo, durante los dos años de gobierno del Señor Arévalo, el pésimo estado de las carreteras y los pésimos servicios de los puertos aéreos y marítimos, y la licenciosa inseguridad pública, han de haber impedido una inversión extranjera llamada directa, superior a la del año 2023, cuyo valor fue de casi 1,600 millones de dólares. Entonces la cuestión importante no es solamente el crecimiento que ha habido durante los dos años de gobierno del Señor Arévalo, sino el crecimiento que no ha habido por su mal gobierno. 

En los casos en que es evidente el ejercicio catastrófico de la presidencia, el Señor Arévalo ha tenido que convertirse en un fabricante de excusas, como sus antecesores. La excusa predilecta es que heredó gravísimos problemas, cuya solución requiere un tiempo de cien, quinientos o mil años. Por ejemplo, a causa de que durante cuarenta o cincuenta años no hubo suficiente inversión pública en construcción o reconstrucción de carreteras, o en modernización de puertos marítimos y aéreos, reconstruir una carretera principal requiere cien años; y aumentar la eficiencia de los puertos marítimos y aéreos requiere un tiempo de quinientos o mil años. 

Una excusa predilecta complementaria es el desempeño de la Jefe del Ministerio Público y Fiscal General, Señora Consuelo Porras. Según el Señor Arévalo, por culpa de ella persiste la corrupción. Por culpa de ella ha aumentado la criminalidad. Por culpa de ella él tiene que dedicar precioso tiempo a defender la democracia e impedir que una conspiración patrocinada por ella lo derribe. Es precioso tiempo que no ha podido dedicar a resolver grandes problemas nacionales, sino a preservar la democracia, y preservarla es que él conserve el poder presidencial. Tengo la impresión de que también acusa a la Señora Porras de obstruir la seguridad de las cárceles, y de patrocinar motines carcelarios, y cooperar con el escape de reos. Me disculpo por esta digresión: el Señor Arévalo actuó tan obstinadamente para destituir a la Señora Porras, o para obligarla a renunciar, que provocó la impresión de que, para él, gobernar era dedicarse a lograr esa destitución o esa renuncia. Fracasó y debió resignarse a esperar que finalice el tiempo durante el cual legalmente ella debe ejercer la Jefatura del Ministerio Público y la Fiscalía General. 

Consumados los dos primeros años de ejercicio de la usurpada presidencia, el Señor Arévalo anuncia que su gobierno ejecutará decenas, centenas o miles de obras públicas viales, portuarias marítimas, portuarias aéreas y hasta ferroviarias, algunas con la cooperación del gobierno de Estados Unidos de América. Anuncia que se ejecutarán esas obras, cuando pudo comenzar a ejecutarlas en el comienzo mismo de su gobierno, y evitar que la economía de la nación perdiera decenas o cientos de miles de millones de quetzales solamente por aumento del costo del transporte terrestre y del comercio exterior por medio de puertos aéreos o marítimos. No aludo al aumento del costo provocado por la inseguridad pública, sobre la cual nada importante ha anunciado el Señor Arévalo. Es un mayor costo en la economía del individuo, de la familia y de la empresa agrícola, industrial, comercial y financiera. Me disculpo por esta nueva digresión: el pasado 15 de enero, cuando el Señor Arévalo debía presentar el informe sobre su segundo año de gobierno, se ocupó más en anunciar lo que hará que en informar sobre lo que ha hecho, como si hubiera querido decir que no hay que preocuparse por lo que ha sucedido sino hay que consolarse con lo que sucederá.

El Señor Arévalo ha declarado que, durante su gobierno, ha habido progreso económico y social. Según él, «la política solo tiene sentido si sirve para transformar la vida de las personas. Eso es lo que estamos haciendo, transformando las vidas de la gente y cumpliendo con los cambios a los que nos comprometimos.» Reconozco no ser mentalmente apto para observar, o contemplar o comprobar, esa maravillosa transformación de la vida de los guatemaltecos; y envidio la aptitud mental de quienes pueden observarla, contemplarla o comprobarla. Reconozco ser apto solamente para observar, contemplar o comprobar que el gobierno del Señor Arévalo ha sido catastrófico.

¿Por qué reprobar el gobierno del Señor Arévalo, si, en sus dos primeros años, no ha sido peor que el gobierno de presidentes anteriores, entre ellos Alfonso Portillo Cabrera, Óscar Berger Perdomo, Álvaro Colom Caballeros, Otto Pérez Molina, James Morales Cabrera y Alejandro Giammattei Falla? Que no haya sido peor no lo exime de la reprobación. Empero, hay un motivo por el cual el Señor Arévalo merece más reprobación que ellos. El motivo consiste en que él pretendió ser salvífico mesías, luminoso redentor del pueblo y renovador de primaveras políticas; y suscitó la expectación de que él comenzaría una nueva era de la historia de Guatemala. Aquellos presidentes no tuvieron tal pretensión ni suscitaron tal expectación. Fueron tan moderados en el prometer como mediocres en el gobernar; pero el Señor Arévalo fue tan licencioso en el prometer como igualmente mediocre ha sido en el gobernar. 

Post scriptum. El gobierno del Señor Arévalo es para mí, con evidencia similar a la de un axioma, el gobierno de la ineptitud. Es el gobierno de la irresponsabilidad. Es el gobierno de la negligencia. Es, para mí, una maldición nacional, que el mismo régimen jurídico o pseudo jurídico del Estado obliga a tolerar.

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