OpiniónColumnas

Gobierno & corrupción: son inseparables

Sueños…

Estamos en uno de esos momentos de la historia en que todo cambia, y la incertidumbre es tan inmensa que preferimos continuar la rutina hacia un final desbocado. Los analistas internacionales se aterran ya que nos enfrentamos a una gran variedad de crisis simultáneas. El Covid-19 con su conjunto de impactos negativos, que ya ni los tomamos en cuenta. El cambio climático que ya no es una amenaza para la existencia de la vida en el planeta, sino que se tragó ya miles de especies. Y, el aceleramiento del conflicto global entre superpotencias hace que nuevamente la espada de Damocles se blanda sobre el cuello de la vida en el planeta.

El humano sigue sin discernir qué es la realidad, que al comprenderla podría generar un mundo de coexistencia y tranquilidad para todos los seres vivos, y qué es el mundo imaginario de mitos que lo llevan a la lucha por el poder, el consumo vicioso y la destrucción. Algunos creen que estamos en un punto de inflexión. Falso. Un punto de inflexión significa una escogencia. Una salida hacia el progreso, con la protección de la vida salvaje en la mitad de los territorios del planeta, creando un futuro donde todos los seres vivos (no solo los humanos), puedan vivir con tranquilidad y seguras de sus medios de vida, con la prosperidad limitada por el derecho del resto de seres vivos. Con una pobreza media compartida por todos los humanos; que los recursos naturales no se destruyan y el control del calentamiento global.

La segunda opción sería continuar nuestro camino de auge productivo, mejora de las tecnologías, uso de recursos financieros y tecnológicos para destrozar el ambiente, en el margen de una mayor incertidumbre, con aceleramiento cósmico de la desigualdad, ninguna importancia a la destrucción de la naturaleza y fomentar la pobreza como control de la visión social, orientados al encarrilamiento y la destrucción por aumentos estúpidos del conflicto militar con armas más sofisticadas y crueles.

Pero esas dos salidas no existen. Solamente continuar el sistema capitalista, eficiente y competitivo, que nos lleva al abismo. No hay salida, el humano no es capaz de valor el conflicto y resolverlo socialmente. La mayoría prefieren la rutina del ocio, el trabajo asalariado, la droga, el consumismo y las parodias políticas. Los grupos hegemónicos, relativamente conscientes con confían en corromper cualquier movimiento alternativo. Es fácil corromper a las élites intelectuales y sindicales y los movimientos sociales. Todos sucumben a las dádivas del sistema, que intenta quebrantar su fuerza revolucionaria con un mejoramiento temporal de su situación. Y, lo logran.

Solo hay una autopista, la productividad y eficiencia de los mercados, y un muro gris que nos espera, como especie, para estrellarnos en el momento apoteótico. Los movientos de cambio que han surgido en los últimos 200 años se orientan a poner fin a los cambios lo más pronto posible, al obtener pequeñas reformas del sistema. La utopía, como tal inalcanzable, sería un movimiento de todos los humanos hasta descartar la dominación del poder militar y financiero, hasta la conquista, por la democracia representativa y popular del poder del Estado, hasta que los derechos humanos no trasciendan a todos los países del mundo.

No se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva. Ya que la sociedad actual muestra enormes avances en política fiscal, monetaria y comercial. El mundo se concentra en la capacidad de generar estabilidad financiera y comercial, pero por períodos cada vez más cortos, el éxito de los economistas y los bancos centrales es efímero. La planificación no es posible en un sistema concentrado en una única bandera: maximizar las ganancias.

El Banco mundial y el Fondo monetario internacional sonríen y se extasían ante momentos en que las autoridades económicas logran controlar la inflación, reducen los porcentuales de pobreza extrema, impulsan una revolución tecnológica en telefonía móvil y aumentan el acceso a servicios básicos. Las academias se abrazan entre sí por éxitos que no duran nada.

El Banco mundial afirma en su página de estos días que una estimación popular de la corrupción es que más de 2,6 billones de dólares, o el 5 % del PIB mundial, se mueven alrededor de este cáncer político-social. El narco ha de mover, tanto en comercio, lavado y crímenes una cantidad superior.

Con tanto dinero en el mundo, por qué no se resuelven los problemas. Por qué muchos países siguen teniendo el desafío de satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos, cuando nadan en dinero, extraído de impuestos, remesas o endeudamiento. Por qué se enfrentan a problemas de gobernabilidad no resueltos, que son síntoma de corrupción, ineficiencia, clientelismo político y ceguera ante los problemas del resto de humanos y de la naturaleza.

No existe alternativa de inflexión cuando no se logra mejorar, por siglos, la calidad de los servicios, ni crear condiciones para mejorar la seguridad de los puestos de trabajo y los medios de subsistencia de sus ciudadanos, ni construir equidad y cohesión social. Cuando las capas de dirigentes sociales e intelectuales se venden por mejoras solamente en los sectores de la gestión pública.

La realidad es que la mayoría de las veces los niños no asisten a la escuela, la atención de la salud se deteriora. Volvemos a lo mismo, la dirigencia prefiere la tranquilidad social con altos niveles de ineficiencia, mala calidad de servicios, corrupción y el crimen organizado que ya domina estructuras de la institucionalidad. Que genera desconfianza y baja credibilidad en los políticos y las instituciones.

Con ingenuidad el Banco mundial, nos dice que “a pesar de años de progreso económico, en 2020, la mayoría de las personas vivían en uno de los 76 países donde su gobierno gastó menos de $3.44 per cápita por día, mientras que los países más ricos gastan más de $60.00 por día.” En realidad, no es “a pesar de”, sino que el sistema motiva ese resultado.

Marc Augé nos dice que el olvido es necesario para la sociedad y para él el individuo. Según él “hay que saber olvidar para saborear el gusto del presente, del instante y de la espera, la propia memoria necesita también el olvido: hay que olvidar el pasado reciente para recobrar el pasado remoto.” El argumento es tentador. Somos sociedades en que pasajes violentos de violación de los derechos humanos, de confrontaciones irracionales y crímenes espantosos no nos dejan soñar el futuro, ni construir el presente.

Area de Opinión
Libre emisión de pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:

Cristobal Pérez-Jerez

Economista, con maestría en política económica y relaciones internacionales. Académico de la Universidad Nacional de Costa Rica. Analista de problemas estratégicos, con una visión liberal democrática.

Avatar de Cristobal Pérez-Jerez