Hoy día de nuestras Madres
Antropos
Todas las personas tenemos recuerdos dulces, alegres, afectivos, amorosos, disciplinarios de nuestras madres. Si reparamos a describirlas, no nos alcanzarían los días, las semanas, ni los meses. Algunos que las hemos perdido, nos volcaríamos en llanto, tristeza y sobre todo en alegría por tantos años que vivimos bajo el manto de la felicidad de su cobijo.
Como son tantas las cosas que quisiera contar, ahora me gustaría decirle a mis amistades, familiares y lectores, aquel momento en el cuál siendo estudiante de la antigua Escuela Normal Central para Varones, fui parte de un conglomerado estudiantil de una huelga de hambre que hicimos para derrocar al director de este centro educativo, por autoritario y falta de conocimiento de los principios medulares del acto educativo.
Nosotros, los de entonces, fuimos una patojada con conciencia crítica, formada por grandes maestros considerados entonces, como lo más granado de la intelectualidad guatemalteca acompañado por nuestro origen pueblerino, hijos de obreros, campesinos y maestros. Esto nos abrió el camino de la rebeldía frente a todo tipo de mansedumbre y de abusos autoritarios de carácter dictatorial.
Bajo la campana que colgaba de una viga en el amplio corredor de la Escuela Normal, se escuchó el tin tan sonoro y de las aulas salimos en una estampida para hacernos presentes ante los discursos de nuestros líderes estudiantiles. El rumor ya se sentía en cada uno de nosotros, acerca del descontento generalizado por los desmanes autoritarios de su director. La idea fue convocar a una huelga de hambre indefinida, hasta que renunciara de su cargo y nombraran a una persona conocedora de educación y sobre todo, de respeto a las sanas aspiraciones. Inquietudes e ideales juveniles.
Los discursos fueron incendiarios como un concurso de oratoria. Tanta fue la euforia, que ese mismo día tomamos varias aulas y como arte de magia, aparecieron colchonetas para recostar nuestro cuerpo y aguantar con la huelga de hambre.
Paso un día, y como relámpago, apareció sorpresivamente la Policía Militar Ambulante, una de las más temidas por su agresividad en aquellos tiempos. Esta atendió al llamado de las autoridades con el objetivo de golpear nuestro esfuerzo y por la fuerza, desalojarnos de aquellas aulas que eran nuestras. Tiempo después, un agente de este cuerpo de seguridad del Estado, paisano mío, me dijo con una sonrisa en su cara, esta frase que me causó con el tiempo, hilaridad: “ustedes parecían garrobos acostados en colchones viejos”.
A empujones de sus fusiles, nos fueron desalojando a cada uno, colocándonos en la puerta de la Escuela Normal. Ahí, estaba mi madre esperando a su hijo. Me sonrió desde que caminaba hacia la calle. Me tomó de un brazo, y entre cariños y regaños, me condujo hasta la casa, un resguardo seguro ante cualquier eventualidad.
Cabalmente, de lo que no estuvimos informados, fue que nuestros progenitores ya estaban enterados de la huelga de hambre de los normalistas y de las acciones militares del gobierno de turno en contra de nosotros los huelguistas. Por ello, entre cejas fruncidas y afecto, nos abrazaron. Obviamente, no fuimos silenciados y el movimiento estudiantil se fortaleció hasta lograr la caída del director tirano. Un hermoso recuerdo, de lo que es la rebeldía juvenil y el afecto de nuestras madres protegiendo a sus propios hijos. Hoy lo recuerdo en honor de todas las madres y de la mía en especial que nos ilumina desde el cielo mismo.

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