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LAS VOCES QUE LA REPÚBLICA FUE SILENCIANDO

Ventana Cultural

Por años nos hemos preguntado qué significa realmente el “yo” cuando lo decimos. Parece una palabra simple, pero encierra una de las preguntas más antiguas de la humanidad: quién habla cuando hablamos de nosotros mismos.

La filosofía, la psicología y la espiritualidad han intentado responderla desde distintos ángulos. Sigmund Freud, por ejemplo, convirtió ese “yo” en una pieza clave para entender la mente humana. Pero las lenguas originarias de América ya lo habían pensado de otra manera, mucho antes de cualquier teoría moderna.

Como recordábamos en la columna anterior, Rafael Lara Martínez señala que lenguas como el náhuat, el ch’ortí’, el lenca y el cacaopera no concebían la identidad como algo rígido. El “yo” no era solo quien actúa o habla, sino también quien recibe la acción o se mueve en zonas intermedias de la experiencia. Es decir, la identidad no era una caja cerrada, sino un proceso vivo. Y ahí ya hay una lección profunda: una lengua no solo nombra el mundo, lo interpreta.

Desde esa base surge una pregunta inevitable: ¿qué pasó con esas voces que durante siglos dieron nombre a estas tierras?

A menudo se piensa que las lenguas originarias desaparecieron con la llegada de los españoles. La realidad es más compleja. No hubo un corte brusco, sino un proceso largo, lento y silencioso que se extendió durante siglos y terminó de configurarse con la formación de las repúblicas en los siglos XIX y XX.

Las lenguas no desaparecen de golpe. Rara vez lo hacen. Suelen transformarse o ceder espacio cuando cambian las estructuras políticas, económicas y culturales. La historia lo demuestra una y otra vez.

El Imperio romano, por ejemplo, convivió con múltiples lenguas mientras el latín funcionaba como lengua de administración. Con el tiempo, ese latín evolucionó hasta dar origen a nuevas lenguas: el español, el francés, el italiano, el portugués o el rumano. En Mesoamérica, el náhuat funcionó durante siglos como lengua de intercambio entre pueblos distintos, sin borrar por completo las lenguas locales. Y en los Andes, el quechua articuló buena parte del sistema incaico, mientras otras lenguas como el puquina sobrevivían en paralelo hasta su desaparición progresiva.

Durante la colonia, el español fue sobre todo la lengua del poder: de la administración, de la Iglesia y de los centros urbanos. Pero la vida cotidiana seguía hablándose en múltiples lenguas originarias. Incluso los misioneros aprendieron varios de esos idiomas y dejaron gramáticas y vocabularios que hoy son testimonio de esa diversidad.

El cambio profundo llegó después de la Independencia. Las nuevas repúblicas apostaron por un modelo de identidad nacional basado en una lengua común: el castellano. La escuela, el Estado, el comercio y la vida pública reforzaron ese camino. Y así, poco a poco, las lenguas originarias comenzaron a perder espacio en la vida cotidiana.

El proceso es conocido, aunque pocas veces se dice con claridad: primero dejan de enseñarse, luego dejan de escribirse, después dejan de transmitirse en la familia. Al final, sobreviven solo en la memoria de algunos hablantes o en la comprensión pasiva de las nuevas generaciones.

La visión monolingüe no fue inevitable. Fue el resultado de decisiones históricas y de proyectos de nación que privilegiaron una sola lengua como símbolo de unidad.

Pero este proceso no fue igual en todo el continente. En países como Guatemala, México, Perú o Paraguay, las lenguas originarias no solo sobrevivieron, sino que mantienen millones de hablantes y, en algunos casos, reconocimiento oficial junto al español. América Latina no es un mapa lingüísticamente uniforme: es un mosaico desigual, con historias muy distintas.

En contraste, en gran parte de Centroamérica —y especialmente en El Salvador— la tendencia monolingüe se consolidó con mayor fuerza, aunque en las últimas décadas han surgido esfuerzos importantes de recuperación y revitalización.

Lo que se pierde con una lengua no es solo vocabulario. Se pierde una forma de mirar el mundo. Cuando una lengua desaparece del espacio público, también cambia la manera en que nombramos el territorio, la memoria y hasta la identidad.

Muchos nombres antiguos siguen ahí, escondidos en la geografía: en ríos, montañas y pueblos. Otros se transformaron o fueron sustituidos. Pero todos hablan, de algún modo, de una historia que no empezó con la República.

Las voces que la República fue silenciando no desaparecieron del todo. Siguen presentes, aunque a veces no las escuchemos. Están en los nombres, en las palabras cotidianas y en los rastros que resisten el paso del tiempo.

Pero su supervivencia no basta. Una lengua no vive solo porque aún se pronuncie, sino porque sigue siendo necesaria en la vida de quienes la heredan. Recuperarlas no es un gesto romántico ni un regreso al pasado. Es una decisión sobre el futuro: qué queremos recordar como sociedad y qué estamos dispuestos a dejar atrás.

Porque la historia no se escribe solo con lo que se impone, sino también con lo que se deja perder. Y en ese silencio largo que atraviesa nuestra historia republicana queda una pregunta abierta, incómoda y necesaria: si fuimos capaces de olvidar tantas voces, ¿seremos todavía capaces de volver a escucharlas?

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Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

El arte siempre lo llevé de la mano con la literatura, me dediqué al teatro, a la danza por más de quince años, y a las artes marciales, ahora soy miembro de diferentes asociaciones y academias de poesía: Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana, donde participo con crítica literaria, Academia Nacional e Internacional de Poesía de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, América Madre, Unidos por las Artes, Movimiento Literario de Centroamérica, y locutora de la radio el barco del romance con el programa Una Ventana al Mundo, donde hablo de los viajes, la historia y la cultura, recito poemas y leo cuentos o fragmentos de otros autores y propios.

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