
Los pañuelos rojos (Parte 2)
Teorema
Gustavo Adolfo Díaz López esperaba el momento de iniciar las más tormentosas declaraciones públicas que militar alguno hubiera hecho ante la población civil. Desde un escenario improvisado, el exmiembro de Inteligencia Militar se dirigió durante cuarenta minutos al pueblo de Guatemala (por su extensión, el mensaje hubo de ser transmitido en dos partes). Entre sus manos, nervioso por estar frente a cámaras, jugaba un papel donde había anotado el orden de su exposición mientras recordaba los obstáculos que hubo de vencer para llegar a este momento.
Al principio había encontrado difícil aceptar la idea de ser desleal a su trabajo anterior, a sus antiguos superiores, a la información secreta que le había sido confiada. Fue después, cuando estableció que no tenía alternativa, que tenía que escoger entre lo anterior y ser desleal a su Patria, a su pueblo, a su bandera, a su concepción del Ejército y al respeto por sí mismo.
Esta decisión no formaba parte de lo que en forma concreta había aprendido en la Escuela Politécnica o en el CEM, pero sí estaba basada en las enseñanzas, que hablaban de un Ejército noble y digno, enseñanzas y principios que ya le habían costado los galones de Teniente Coronel. Las dudas habían quedado atrás, ahora todo estaba claro, todo encajaba perfectamente, incluso los viejos ideales del cadete en busca de heroísmo.
Sabía que estaba exponiendo no solo su seguridad sino también la de su esposa e hijos. Lo había consultado con ella, mujer cuyo temple y valor siempre había admirado. Ella había respondido: Haz lo que tengas que hacer, no me gustaría tener como esposo a un hombre que vive en arrepentimiento, por no haber hecho lo que debía hacer. He sufrido temor por ti cuando has marchado a las montañas en defensa de nuestro país, que amo tanto como tú. He aprendido de ti, a ver los intereses de la Patria por encima, incluso, de los de nuestra familia.
Cuando el camarógrafo ordenó: ¡Luces! y Gustavo empezó a hablar, lo hizo pausadamente y con toda tranquilidad. El nerviosismo inicial había desaparecido. Antes de entrar en combate contra las patrullas insurgentes, siempre le sucedió que el temor natural se desvanecía y una frialdad absoluta lo invadía. La sensación era como la de verse desde fuera, mientras actuaba maquinalmente. Esta vez le sucedió algo semejante.
El camarógrafo había hecho un acercamiento, entonces poco usual. El rostro de Díaz cubría gran parte de la pantalla. Se podían advertir los cambios en sus expresiones conforme hablaba. Reveló gran parte de los planes secretos del Alto Mando Militar y del Gobierno. La lucha contra la guerrilla había pasado a un segundo plano. Ahora, el Ministro Gramajo giraba órdenes de adoctrinamiento a la población, contrarias a nuestros principios patrios. Gustavo Díaz llevaba un pañuelo rojo prendido en el alma. Ningún televidente consciente de sus deberes para con la Patria pudo dormir tranquilo aquella noche ni la siguiente, ni muchas otras después.
En mi recuerdo quedó grabada, hasta la fecha, la imagen de Gustavo a quien se le había secado la boca. Le alcanzaron un vaso con agua, pero no se dio cuenta, no lo tocó siquiera. Hablaba sin detenerse. En la comisura de sus labios se veían restos de una espumilla blanca, que hacían aún más dramático su esfuerzo. Frente al televidente estaba un héroe de carne y hueso. Uno que, en un esfuerzo supremo, exponía todo por Guatemala. Alguien que le hacía sentir parte de un país hermoso con una historia valiosa y que contagiaba los deberes ineludibles para con la Patria.
El gobierno prohibió el uso de los pañuelos rojos, lo que no fue suficiente ni para que se dejaran de usar, ni para detener su influencia en el proceso de reivindicación moral que se había iniciado en la población. Las palabras del mayor Díaz, cuya veracidad jamás fue puesta en duda por miembros del Ejército o negadas oficialmente por el Gobierno, siguieron martillando la mente de los ciudadanos. Los demás implicados en el movimiento del once de mayo tuvieron una expresión pública más discreta pero no por ello menos valerosa. El régimen se mostraba indefenso ante el contundente fervor patrio que aquellos ejemplos habían generado.
El patriotismo es el gran enemigo de los gobiernos autoritarios y mediocres.
Las causas que condujeron al levantamiento habían sido obvias. Lo que entonces nunca supimos fue por qué había fracasado. Se especuló sobre un delator, un traidor dentro de la Fuerza Aérea. También se dijo que Gramajo, Ministro de la Defensa, temía que los oficiales patriotas pudieran desarrollar actos de insurrección en contra suya y del régimen. En su prevención había establecido puntos de vigilancia en todas las carreteras del país. Las dos versiones podrían ser una sola o las razones ser otras. Es frecuente que, en vez de corregir las causas, las instituciones se preparen para enfrentar las consecuencias. Así podría estar sucediendo ahora, 36 años después.
Roberto Castillo, después de oír las declaraciones de Gustavo Díaz apagó el televisor, al igual que muchos otros guatemaltecos. Se sentía más solo, más desprotegido que nunca. Antes de irse a dormir pasó, como de costumbre, por el cuarto de sus pequeños hijos, los tapó bien y les dio un beso en la frente. Al contemplarlos pensó que tenía una nueva obligación para con ellos, una obligación mayor que la de proporcionar vestido, educación y alimento; sentía el compromiso de proveerles una Patria donde vivir. Sabía que, para conseguirlo quizá tendría que pelear, tal vez morir, y que eso habría de suceder pronto.
Roberto siempre había sido un hombre pacífico, las necesidades que surgieron al formar una familia lo habían impulsado a superarse. Sus únicos enfrentamientos habían sido consigo mismo, buscando ser un individuo responsable, un buen padre, un buen esposo. Ahora sabía que eso había cambiado, que acaso tendría que morir o ser muerto, pero sus siempre eludidas obligaciones cívicas debían ser atendidas. Se sentía acongojado, las ideas sobre la muerte lo hacían sentir temeroso. Pero, en su fondo había adquirido la convicción del deber. Sabía lo que necesariamente tendría que hacer para poder seguir viviendo, para no sentirse avergonzado ante la mirada dulce de sus hijos. Roberto había sido cautivado por el poder de la verdad, del honor, de la dignidad, había sido cautivado por el poder de los pañuelos rojos.
Otros ciudadanos, como Roberto Castillo, también adquirieron conciencia de tener un compromiso con la Patria. Jamás habían sido héroes y no pretendían serlo, eran los mismos de antes, ahora animados por principios más elevados y nobles. Parecía que el guatemalteco estaba pronto a cambiar, predispuesto a convertirse en un ardiente creyente de los eternos valores morales, en un decidido forjador de mejores condiciones para su pueblo, en un determinado luchador por los auténticos intereses patrios. Aquellos días parecían haber creado un guatemalteco nuevo, uno en radical, terca oposición a la demagogia. Un hombre que encarnaría en sí mismo, la vocación individualista, justa y libre de un pueblo cuyo momento había llegado. Un hombre que parecía prepararse para alzar la voz y hacer que el mundo la escuchara.
El presidente Cerezo ya no reía, aquella risa que desestabilizó su propio gobierno había desaparecido de sus mandatarios labios. Los ministros estaban serios, nerviosos, buscando poner a salvo sus ahorros de todo un régimen. El proceso de renovación parecía haberse iniciado. Su desarrollo pudo ser una revolución popular, incluso, una revolución sangrienta.

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