Meditaciones sobre creencia y ética
Logos
La creencia puede ser verdadera o puede ser falsa. Es verdadera la creencia en aquello que es. Es falsa la creencia en aquello que no es. Me parece lícito suponer que quien cree pretende que su creencia es verdadera; y no me parece lícito suponer que alguien pretenda que su creencia es falsa, o que tenga una creencia de la cual sabe que es falsa.
Nadie puede ejercer poder coercitivo para obligar a desistir de una creencia o para imponer una creencia. Galileo, por ejemplo, jamás desistió de creer que la Tierra giraba en torno al Sol. El tribunal religioso que lo juzgó y lo condenó solo lo obligó a decir que había cometido un error. Empero, decir no es lo mismo que creer; y uno no necesariamente cree lo que dice, ni necesariamente uno dice lo que cree.
Precisamente porque nadie puede ejercer poder coercitivo para obligar a desistir de una creencia o para imponerla, una autoridad gubernamental no puede prohibir determinadas creencias religiosas e imponer una creencia religiosa oficial. Esa autoridad solamente puede prohibir que sea profesada públicamente una creencia religiosa no oficial, y hasta puede prohibir que sea profesada privadamente. En general, la autoridad gubernamental puede prohibir los actos en que se manifiesta una determinada creencia; pero no puede obligar a desistir la creencia misma ni puede imponer una creencia.
La creencia puede influir extraordinariamente en nuestra propia vida, en la vida del prójimo, en la sociedad y en el acontecer de la humanidad. Aduciré tres heterogéneos ejemplos de influencia de la creencia.
Primero. La creencia del navegante Cristóbal Colón, según la cual la Tierra tenía forma esférica, influyó en que emprendiera, en dirección hacia Occidente, la búsqueda de una nueva ruta comercial entre Europa y Oriente. No era necesario, entonces, navegar en dirección oriental con el fin de arribar a tierra occidental. Por supuesto, si Colón hubiera creído que la Tierra era plana, no hubiera emprendido la búsqueda de una nueva ruta en dirección occidental; pues en esa dirección arribaría solamente a tierra occidental.
Segundo. La creencia en que el poder de los reyes era otorgado por Dios influyó en la creación de despóticas y abominables monarquías. Por supuesto, los reyes tenían interés en que los súbditos tuvieran esa creencia. Hasta hubo filósofos que la defendieron. Es el caso del filósofo de la política Robert Filmer (1588-1653), quien, en su obra Patriarcha o el Poder Natural de los Reyes, publicada en el año 1680, expuso la creencia según la cual los reyes tenían un poder absoluto y, por tenerlo, solo ellos podían ser libres. Filmer argumentó que Adán había sido el primer rey del mundo y había tenido poder absoluto; y los reyes sucesores había heredado ese poder. John Locke (1632-1704), en su obra Primer Tratado sobre el Gobierno Civil, publicado en el año 1690, se propuso demostrar que la creencia de Filmer era falsa.
Tercero. La creencia según la cual el ser humano es libre por naturaleza y no por voluntad de un rey, influyó en que los súbditos de las trece colonias del reino de Inglaterra en América del Norte, se rebelaran. Inspirados en esa creencia, los súbditos se declararon independientes, emprendieron la guerra contra el reino inglés, convirtieron las colonias en Estados, fundaron una república llamada Estados Unidos de América y finalmente, en el año 1781, derrotaron al reino inglés. En el año 1783, en París, la nueva república y ese reino celebraron un convenio de paz.
Nadie puede ejercer poder coercitivo para obligar a desistir de una creencia o para imponer una creencia; pero éticamente deberíamos tener creencias de cuya verdad presunta hay una prueba. Es decir, no deberíamos tener determinada creencia solo porque es nuestra creencia, o porque es una creencia que hemos profesado durante mucho tiempo. Tampoco deberíamos tener una determinada creencia porque estamos convencidos de que es verdadera; pues la convicción no garantiza que la creencia es verdadera. Quienes creían que la Tierra era plana podían haber estado convencidos de la verdad de esa creencia; pero era una creencia falsa. La prueba de la verdad de una creencia puede consistir en una demostración. Por ejemplo, quien, como el antiguo geómetra griego Euclides (325-265 antes de la Era Cristiana) cree que no hay un número primo que sea el mayor, puede demostrar que no hay tal número primo. Euclides lo demostró.
Cada quien debe ser juez de la verdad o la falsedad de sus creencias; pues no tiene que haber jueces que juzguen sobre esa verdad o falsedad, y autoricen las creencias que, según ellos, son verdaderas, y no autoricen aquellas que, también según ellos, son falsas. Es decir, ninguna persona ni algún grupo de la sociedad, ni un legislador, un juez o un gobernante, debe poseer el estatus de ser juez de aquello que tendría que creerse o no creerse. Empero, éticamente ser juez de las propias creencias requiere de una prueba de la presunta verdad de esas creencias.
Metafóricamente podemos afirmar que nos gobiernan nuestras propias creencias. Nos gobiernan, es decir, actuamos según lo que creemos. Entonces, por ejemplo, alguien que cree que el alma es inmortal, actúa según esa creencia; y alguien que cree que el alma es mortal, también actúa según esa creencia. El límite del gobierno de nuestras propias creencias es la naturaleza de las cosas. Quiero decir, por ejemplo, que no puede gobernar la creencia en que el ser humano es volador, porque evidentemente no es volador; o no puede gobernar la creencia en que el fuego es frío, porque evidentemente no es frío. Precisamente porque, en sentido metafórico, nos gobiernan nuestras propias creencias, es importante la verdad o la falsedad de ellas, y la prueba de su presunta verdad.
La ética reclama una crítica racional de la creencia. La crítica consiste en investigar la verdad o la falsedad de la creencia, y la validez de la prueba de su presunta verdad; y en distinguir entre verdad, falsedad y utilidad de la creencia. La racionalidad consiste en el predominio de la razón; lo cual significa que la crítica no debe ser influida por estados sentimentales, emocionales o pasionales, o por deseos o apetitos, o por la propensión psicológica a tener determinadas creencias. Es una racionalidad ideal. Quizá es imposible lograrla; pero es posible aproximarse a ella, con la mayor honestidad intelectual. El principio de esta honestidad es no engañarse a uno mismo; lo cual, según la advertencia de Ludwig Wittgenstein (1889-1951), es algo de lo más difícil que puede haber en el mundo.
Post scriptum. Quien está tan ocupado que no puede buscar alguna prueba de la verdad de su creencia; o quien ociosamente se abstiene de esa tarea, o quien considera que es suficiente sentir la fuerza vivificante e irresistible de su íntima convicción, atenta contra la ética de la creencia.
Sub post scriptum. Estas meditaciones son meramente preliminares. Es necesario lograr una mayor precisión de los conceptos de creencia, verdad y falsedad; y definir los concepto de prueba y ética de la creencia.

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