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Mi País

Del Escritorio del General

Hablar de las tristezas, de los desengaños y de las frustraciones que vivimos en nuestro país no es un tema trillado. Al contrario, es un deber ciudadano. En un proceso de fortalecimiento democrático, poner sobre la mesa las inconformidades y exigir respuestas no significa pesimismo, sino un acto de dignidad. Se trata de ejercer el derecho de petición, de manifestación y de crítica constructiva, porque solo así se mantiene viva la democracia.

Hoy resulta necesario recordar estos temas, justo cuando empiezan a surgir figuras políticas que buscan protagonismo de cara a las próximas elecciones. Ellos se presentan como salvadores, pero muchas veces son simples aspirantes al poder, disfrazados de líderes. Por eso urge un diálogo abierto entre ciudadanos, un espacio para comprender el verdadero sentido de la democracia: cada cuatro años se nos convoca a elegir a quienes tendrán la enorme responsabilidad de gobernarnos. Ese voto no es un trámite, es una decisión de enorme peso que puede definir el rumbo del país.

Muchos consideran que criticar es un acto inútil, pero la crítica, cuando es constructiva, es un servicio a la patria. Como columnista, asumo la obligación de aportar elementos que ayuden a los ciudadanos a reflexionar y a decidir con más claridad.

En la actualidad, abundan las comparsas políticas en redes sociales. Vemos a personajes demagógicos abrazándose frente a las cámaras, regalando dádivas, repartiendo promesas imposibles o pretendiendo debatir los “grandes problemas nacionales” con discursos vacíos. El resultado es siempre el mismo: el ciudadano humilde otorga un voto de pobreza y, al final, su calidad de vida no mejora.

Jean-Jacques Rousseau advertía que el pueblo, muchas veces, prefiere “pan” antes que libertad. Esa metáfora cobra sentido en un contexto de agotamiento social, donde la gente busca sobrevivir más que construir futuro. Y en esa desesperación, la demagogia se expande como un festín, corrompiendo la inocencia política de los ciudadanos con mentiras y falsedades.

La oclocracia, el gobierno de las masas manipuladas, gana espacio en medio de este caos. Los demagogos no tienen escrúpulos: carecen de ética, de honestidad y de verdadera visión de Estado. Su único propósito es enriquecerse y perpetuar su poder mediante el clientelismo. Así, se van apropiando de segmentos de la población que dependen de sus dádivas, convirtiendo la política en un mercado de favores y no en un proyecto de nación.

Por eso, la reflexión es urgente: debemos discutir, conocer y evaluar a los candidatos antes de entregarles el voto. El país necesita hombres y mujeres con seriedad, con honestidad y, sobre todo, con capacidad de liderazgo y visión. Solo así Guatemala podrá enfrentar sus verdaderas necesidades: hambre, educación, salud, seguridad y tranquilidad social.

La inseguridad es hoy una de las mayores amenazas. La violencia golpea todos los rincones del país y genera miedo, incertidumbre y desesperanza. Esto no es normal, ni debemos acostumbrarnos. Las autoridades electas tienen la obligación constitucional de proveer seguridad, justicia, salud, transporte y bienestar generalizado. Cuando incumplen, fallan no solo a sus votantes, sino a la esencia misma de la democracia.

Es momento de pensar en la construcción de una nueva República, cimentada en el cumplimiento real de los objetivos sociales y en el despertar de la conciencia ciudadana. No se trata de seguir a quienes hablan bonito, cantan, bailan o regalan lo imposible; se trata de elegir a quienes tengan visión, disciplina y compromiso para dirigir la nación con honestidad y responsabilidad.

Caminemos con dignidad, con amor por Guatemala y con un liderazgo auténtico, que responda a las demandas de nuestro pueblo. Caminemos firmes, hacia la derecha, hacia la reconstrucción nacional que ya comienza a abrirse camino.

Adelante, con espíritu de vencedores.

La reconstrucción nacional avanza, caminemos por la derecha.

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Francisco Bermudez Amado

General de División ex Ministro de la Defensa, Analista político.

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