
Ninguno, salvo los niños, es inocente
Mi Esquina Socrática
Tengo 97 años y estoy retirado de todas mis obligaciones habituales, excepto por una muy personal que a continuación expongo.
Soy católico apostólico y romano y lo he sido toda mi vida y quiero hacer pública por primera y única vez mi indignación hacia todos aquellos que se han manifestado en contra del Estado de Israel y de su pueblo en su momento tal vez el más crítico y decisivo, aunque no el más ominoso, aquel presidido doblemente por la ideología marxista o por la otra no menos venenosa del nacismo.
Me refiero aquí al asalto, desde el punto de vista moral, sin justificación alguna, hasta muy cobarde y éticamente indefendible de los miembros de la organización terrorista “Hamás” en contra de inocentes y pacíficos israelíes.
Además, quiero hacer mención del injustificable silencio del Papa Francisco ante tanto horror iniciado por esa agrupación genuinamente de sello diabólico.
No menos incluyo en esta condena a los jóvenes universitarios muy mal orientados que les sirven de caja de resonancia en sus canallescas manifestaciones contra el Estado de Israel.
Este momento figurará asimismo en la historia como uno muy particular y doloroso para la conciencia de cualquier descendiente moral de nuestro patriarca Abraham. Y quedará por siempre como un recordatorio involuntario de nuestra debilidad en cuanto meros seres humanos.
Por todo ello, nunca podremos perdonarnos nuestro silencio ante tantos horrores tan mal intencionados. Y tanta irresponsabilidad colectiva nos marcará para siempre como hijos de aquella primera pareja que metafóricamente nos expulsó de todo Paraíso.
Y así, de nuevo, el silencio nos es menos inocente desde que salimos de nuestras cuevas de trogloditas.
Que Dios nos ayude una vez más a salir de este primitivismo ético, y empezaría por ese hombre falible que tan ineptamente nos representa de momento en la defensa contra esa renovada degeneración moral conocida con el nombre árabe de “Hamás”.
El silencio puede ser a veces el equivalente al oro; y otras tantas en nombre alternativo de la estupidez y de la maldad.
Escoja, Papá Francisco, donde quiere ser encerrado para siempre en esa nuestra historia desde la supuesta caída de Adán.
Que Dios bendiga muy en especial en este momento al pueblo y a las Autoridades de Israel.

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